El fantástico fresco que constituye la Jovanchina del enorme Mussorgski, última
de sus composiciones líricas más o menos terminada (y según algunos sólo un
magnífico torso, y si así fuese nos encontraríamos a algo sólo comparable a los
trabajos no terminados de Miguel Ángel) es, como suele ser su caso, un canto de
dolor por una Rusia que hace daño infiriéndoselo de paso a sí misma, en la que
todos tienen razón (la suya) y todos se equivocan creyendo estar en lo cierto
pero viviendo en la mentira, todos se odian y procuran aniquilarse
recíprocamente tomando como excusa un concepto de patria remoto y cada vez más
problemático: las similitudes con el mundo de hoy, y no sólo la Rusia actual, o
la de ayer o la del pasado, resultan tan perturbadoras como preocupantes.
Ejemplo máximo, el lamento por la pobre patria se ponga en labios de un
feroz…
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