Dentro de la producción de Donizetti, el elixir, es una obra naïve, no solo por la simplicidad de sus melodías sino también por las características de sus personajes. Tal vez esta característica sea, de alguna manera, lo que ejerce en el público una atracción inevitable. Ver a ‘Nemorino’ manifestando emociones simples con un lenguaje campesino y rústico, con un esquema mental verdaderamente campesino, pero campesino de 1832, capaz de ser permanentemente crédulo, y una ‘Adina’ caprichosa y capaz de mutar sus sentimientos solo para lograr un final feliz, resulta tan inverosímil en el 2002 que lo refresca y embarca al asistente en ese juego de personalidades de forma tal, que es difícil manifestar algún sentimiento negativo hacia cualquiera de ellos. Ni ‘Dulcamara’ ni ‘Belcore’ son en ningún momento personajes que generen rechazo, sino…
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