La misma luz tenue. El mismo caminar por el escenario. Idénticos saludos. Vez tras vez, Sokolov se parece extraordinariamente a sí mismo. Y, sin embargo, cada uno de sus recitales es diferente a casi cualquier otra experiencia musical y es iniciático de la primera a la última nota. Y en cada recital ejerce un dominio abrumador, casi tiránico, sobre un público al que subyuga.
Creo compartir con toda la audiencia esa sensación de una profunda entrega a la musicalidad de Sokolov, a su piano y a su liturgia; también a su carácter purificador, no me atrevo a decir redentor, porque el sonido de Sokolov es extremadamente limpio. Un encuentro con un sonido como llegado de otro tiempo que se impone y se hace diálogo íntimo, rostro contra rostro, incluso en un espacio tan grande como Kursaal.
Comentarios