En 2026 celebramos el 40 aniversario del debut de Matthew Bourne, un imaginativo coreógrafo cuya compañía, New Adventures, combina desenfadadamente el ballet, la danza contemporánea, la danza teatral y el teatro musical. Entre sus numerosos bestsellers se cuentan Sleeping Beauty, Nutcracker!, Edward Scissorhands, Play Without Words (que aún recuerdo vivamente desde 2002), Swan Lake (presentado en el Teatro Real recientemente), y las tres actuales: Cinderella, The Car Man, y The Red shoes.
Clasificar a Bourne como un especialista en remakes sería una miopía tan imperdonable como aplicar esta etiqueta a Clint Eastwood o a Quentin Tarantino. Al igual que ellos, Bourne es un creador extraordinario que concibe perspectivas novedosas sobre los estándares y construye sólidamente sus narrativas con una técnica sólida y un competente equipo técnico. Sólo así es posible que su compañía, New Adventures, mantenga hasta tres espectáculos en escena simultáneamente (para el próximo verano está anunciada la reposición de Car Man del 2000, que realizará una intensa gira por Gran Bretaña durante más de cinco meses).
The Red Shoes parte de la película homónima de Michael Powell y Emeric Pressburger, además de incorporar elementos del cuento de Hans Christian Andersen y de Coppelia. Bourne concibe The Red Shoes como una excursión añorante por los recorridos de la danza en la época de la Guerra Fría, una etapa que le interesa especialmente, con abundantes paradas en la fascinante historia del Sadler's Wells Theatre.
Este viaje por las memorias de la danza le permite combinar y saltar libremente los muros desde los mundos de Ninette de Valois (1898-2001), la gran dama del Sadler's Wells, a los de Maurice Béjart y Yuri Grigorovich; de Roland Petit a Pina Bausch; de José Limón a Martha Graham, con encantadores guiños e interpolaciones a iconos de la historia de la danza tan diversos como la exquisita Doris Humphrey, los espectáculos más burdos del cabaret, Nijinsky bailando Jeux, o la inclusión de un fragmento amplio de la famosa The Sylphides de Chopin/Glazunov.
Además el triángulo amoroso de la bailarina, el compositor y el empresario es un tópico que muy sabiamente sirve de pretexto para que se introduzca ballet dentro del ballet, como he visto recientemente en An American in Paris de Wheeldon, si bien Bourne lo introduce entre el primer y segundo acto, y Wheeldon lo hace como culmen.
Este cosmos dancístico se intersecta visualmente con una miriada de alusiones y citas fílmicas que se desarrollan a una velocidad vertiginosa que a menudo retrasa su identificación hasta que ya han pasado. En manos de muchos otros grandes artistas el resultado tendería a la confusión sino al caos, pero la excelencia de Bourne consigue que todo fluya como un río y todo nos parezca nítido y transparente como el agua fresca.
Un amigo, espectador avezado de teatro musical, me comentó que no estaba seguro de haber comprendido la historia pero que The Red Shoes era maravilloso. Valoración que me hizo reflexionar que mi intención primera de atender a la infinidad de detalles e identificar las fuentes de los mismos, sólo serviría para confundir a mis lectores, pues sería un discurso sobre la identidad de los árboles y no sobre la belleza del bosque.
Experimentar la perfección es uno de los lemas de Bourne y para eso se precisa un paisaje visual y sonoro coherente, variado y sin la más mínima fisura, que alimente la imaginación de los espectadores, incentive sus expectativas, les sorprenda y sobre todo les emocione. En The Red Shoes los decorados, la iluminación y la música no sólo están imbricados sino que se retroalimentan. Destacaría especialmente la música, con la omnipresencia de Bernard Herrmann, que es una fuente de sugerencias y recuerdos.
Inmersos en ese paisaje evocativo, desarrollan su labor los miembros de la espléndida compañía de New Adventures que nos proporcionan una última sorpresa cuando al salir a saludar descubrimos que son sólo un puñado de bailarines (diecisiete, creo) que han ido variando tanto sus papeles y caracteres que parecían muchos más. Así por ejemplo, cuesta creer que el burdo número del cabaret 'egipcio' -en el sentido más babilónico del término- sea bailado por los mismos que minutos antes se mostraron como delicados bailarines al estilo Roland Petit. Y entre ellos la inmensa Cordelia Braithwaite bailando el agotador papel de Victoria Page, la protagonista, flanqueada por Andy Monaghan (Boris Lermontov) y Dominic North (Julian Craster).
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