Vamos ilusionados este jueves al Teatro del Ateneo parisino, no sólo porque este teatro nos ha dado muchos buenos espectáculos (esta temporada han sido más bien pocos, porque ha habido varios resbalones, fuerza es reconocerlo), sino sobre todo porque se trata de la exhumación de un intermezzo barroco, una de esas operitas bufas 1 a la manera de La serva Padrona de Pergolesi (anterior de hecho a esta) que a menudo se intercalaban entre dos actos de una opera seria, un poco para desempalagar.
El compositor, Francesco Gasparini (1661-1727), rara vez está presente en las programaciones actuales, pero el mero hecho de saber que dirigió l'Ospedale della Pietà mientras Vivaldi trabajaba allí, o que el mismísimo Alessandro Scarlatti le confió la educación musical de su hijo Domenico, ya les da a entender a ustedes que no fue personalidad marginal en su época.
El pasado jueves 9 de abril de 2026 el público llenaba prácticamente la sala del Athénée: no sólo es que en París puede haber un publico que tiene curiosidad por todo, es también que el Théâtre de l'Athénée ha sabido fidelizarlo a base de espectáculos interesantes y de un buen trabajo de relaciones públicas.
Ay, nuestras esperanzas acabaron por irse al traste. Ya sabíamos que Vincent Dumestre no es un músico fiel 2. Entendámonos, es necesario siempre que haya una parte de recreación en la interpretación musical, y se ha de tener en cuenta el público ante el cual la representación concreta tiene lugar. De ahí a interpolar otras músicas de otros compositores sin hacerlo notar en el programa o donde sea, hay un trecho. De ahí a inventarse músicas a la manera de hay un trecho. Usted nos ha vendido un intermezzo de Gasparini, y queremos escuchar música de Gasparini y no las peregrinas invenciones del señor Dumestre y compañía.
El caso es en cierto punto similar al de la reciente Cendrillon de Pauline Viardot representada en este mismo teatro hace pocas semanas: como se trata de una obrita de apenas tres cuartos de hora, se alarga la obrita en cuestión a base de números espúreos en vez de presentarla conjuntamente con otra de mismas dimensiones en un programa doble.
En concreto, en este (muy) fallido Avaro se alarga la cosa con gags que se pretenden graciosos, añadiéndose una suerte de parodia de «Agitata da due venti» de la Griselda de Vivaldi mientras otros dos personajes nos asestan una serie de gags igualmente aburridos.
También un señor disfrazado de anciana nos endilgará una serie de cancioncillas de mala muerte a la manera de canciones populares italianas. No sólo las cancioncillas nada tienen que ver con la obra de Gasparini, sino que además su relación con la historia relatada está traída por los pelos, y que, para colmo, son largas (aquello no acaba de acabar, como dicen los franceses en estos casos), repitiendo constantemente misma letra y misma música. Y, guinda sobre el pastel, encima son pretenciosas.
Como muestra, un botón: en el texto de Salvi, se llega a la frase, «chi non ha non è», haciendo alusión a cómo el dinero es fundamental en el escalafón y la consideración sociales. La frase es repetida en dúo cinco o seis veces. De acuerdo. Pero es que, a renglón seguido, el señor disfrazado de anciana, pensando que el público es idiota, aprovecha para hacer una cancioncilla de plañidera barata diciéndonos que está muy mal que consideremos a la gente sólo por su dinero y que eso no está bien. O sea, moralina tonta de la más tonta. Y aquello dura una eternidad.
La cosa no acaba ahí. No sólo aquello está hinchado a base de malos remiendos, gluten, edulcorantes y conservantes, es que cuando llegamos a la obra de Gasparini en sí, tampoco mejora la cosa.
Eva Zaïcik, estupenda intérprete, canta en estilo, con una voz siempre bien colocada, sin dificultad ninguna ni con las ornamentaciones ni con agudos ni graves, con buen fraseo, y además con sentido y con gracejo, Pero por desgracia no podemos decir lo mismo de Victor Sicard. Barítono apreciable, de voz bonita y bien impostada, al que hemos aplaudido en otras ocasiones, Sicard está aquí muy mal dirigido, tanto actoralmente como musicalmente. Debe representar a un viejo y no vemos sino a un joven disfrazado, debe hacer gracia y ninguno de sus gags hace reír, y sobre todo, le pega a todas las consonantes como si se tratase de una ópera verista, convirtiendo cada una de sus intervenciones en un suplicio para el oído.
La orquesta, Le Poème Harmonique, fundada por quien la dirige, Vincent Dumestre, tampoco hace nada para que aquello mejore: suena blanda como plastilina, ahí no hay ni brío ni picardía ni ná. En sus intervenciones aburre.
O sea que sólo se salvan la cantante, Eva Zaïcik y la escenógrafa, Louise Caron, que idea un espacio funcional y atractivo visualmente. Pero el resto...
Oficialmente el espectáculo dura unos ochenta minutos. A mí me pareció que duraba tres horas.
1. En puridad L'avaro nace antes de que se utilice la denominación Ópera bufa
2. Dumestre es el autor del disco Aux marches du palais, cross-over disfrazado de música medieval a partir de canciones del acervo popular francés
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