Finalmente, el Teatro Colón de Buenos Aires inició su exigua temporada lírica de seis espectáculos en su escenario y una ópera en concierto fuera de sede. Para esta apertura se eligió el programa doble de las dos óperas cortas más famosas, pero en orden mutado respecto a lo habitual.
Varias fuentes indican que fue en Nueva York, en 1893, cuando se consumó un matrimonio lírico que perdura hasta hoy. El viejo Metropolitan las ofreció juntas el 22 de diciembre de 1893 en el orden que el Teatro Colón las está ofreciendo en este inicio de la Temporada Lírica 2026: primero Pagliacci -idea muy razonable ya que su prólogo sirve de preámbulo a los sentimientos de la nueva escuela italiana- y luego Cavalleria rusticana.
El programa doble se impuso en casi todos los teatros del mundo, pero en el orden inverso al perdurable experimento norteamericano. En nuestro Teatro Colón se las apreció por vez primera en la misma velada en la Temporada de Primavera de 1910, ofrecida por la Compañía de Ópera Española que dirigía Juan Goula.
El Teatro Colón presentó un espectáculo con versiones razonables, con una escena grandilocuente pero distractiva, muy buena dirección musical, coros de excelencia y un elenco con demasiados altibajos que no permitieron subir la vara. A pesar de todo Leoncavallo y Mascagni lograron otra vez la magia y el fervor del público.
Hugo de Ana en su cuádruple función de director escénico, escenógrafo, vestuarista e iluminador intentó unir las obras desde un plano cinematográfico utilizando un recurso usado infinidad de veces, esto es, la simulación de la filmación de un filme. Una cámara en el lado derecho del escenario indica que se es espectador de una película o de la filmación de una película, algo que resalta la silla del director, con el nombre “Fellini” en Pagliacci y con “Visconti” en Cavalleria. Pero la cámara y la silla no permanecen en toda la acción sino en algunos momentos. Lo del filme sirve para justificar, quizás, la solución del “Intermezzo” de Cavalleria, con proyecciones de una procesión en Sicilia reelaboradas con Inteligencia.
La escenografía es grandilocuente con una gran pared de piedra con andamios y el frente de una Iglesia semiderruida, con utilización hasta el hartazgo del escenario giratorio que determina dos planos: la plaza para los coros y escenas de conjunto y otro espacio más íntimo para los protagonistas, la puesta abusa de multitud de figurantes -más en Pagliaci que en Cavalleria-, y lo actoral de los protagonistas no parece demasiado marcado y atento a la diversidad de las actuaciones que parecen haber sido dejados a su suerte. Sirva como ejemplo las sobreactuaciones del tenor que encarnó a Canio y los exagerados gestos tanto de Santuzza como de Turiddu.
Los vestuarios parecen de la Italia pobre de la década de 1940 o 50, con poca variedad cromática, particularmente desfavorecida resultó Nedda con su vestuario de una pobreza extrema, es verdad que es una compañía ambulante pero no son pordioseros.
Con todo Hugo de Ana conoce a la perfección las posibilidades del teatro Colón y los gustos de sus abonados y no defraudó a la mayoría del público; aunque la pléyade de figurantes en Pagliacci confundió y quitó el foco de la acción, y en Cavalleria el coro estático, y las actuaciones de los dos protagonistas principales exageradas y que resultaron, finalmente, risibles.
Beatrice Venezi concertó con altura y dominio de la parte, logrando una versión musical de vuelo y estilo. La maestra italiana buscó siempre el equilibrio entre el foso y la escena acompañando adecuadamente a los solistas y al coro. Muy bien planteados los dos intermedios de las partituras, con mejor prestación en Pagliacci que en Cavallería, quizás porque las proyecciones de la puesta en escena quitaron protagonismo a la orquesta y la atención se desvió de lo musical.
Puntales de la representación fueron tanto el Coro Estable (siempre dirigido por Miguel Martínez) como el Coro de Niños (preparado de esta temporada por Mariana Rewerski) con prestaciones de alta calidad.
Figura indiscutible de la noche fue en barítono Fabián Veloz como Tonio y Alfio. Compuso con adecuado perfil a los dos personajes, con perfecta compenetración, actuación adecuada, bello registro lírico con tintes dramáticos, línea de canto depurada y proyección sin fisuras. Se restituyó a Tonio la frase final de Pagliacci (La commedia è finita), que Fabián Veloz interpretó no con el grito tradicional sino casi susurrada en un excelente efecto musical y teatral.
El tenor Santiago Martínez como Beppe demostró que no existen roles pequeños cuando hay profesionales de fuste. Con su bello registro, emisión cuidada y refinamiento expresivo, fue nuevamente uno de los puntales del elenco.
Muy correcta la Nedda de María Belén Rivarola con alguna nota velada, pero con buena prestación general. El Silvio de Ramiro Maturana evidenció buenas dotes y adecuada línea de canto.
Tanto Guadalupe Barrientos (Mamma Lucia) como Javiera Barrios (Lola) fueron adecuadas a sus respectivos roles. No desentonaron los campesinos de Mariano Crosio y Ariel Casalis. Los restantes protagonistas resultaron irregulares y con ello bajaron el nivel de la representación.
Liudmyla Monastyrska (Santuzza) tiene gran volumen y potencia, pero ha perdido homogeneidad en el registro. Su emisión resultó irregular, pasa de frases con gran belleza a agudos descontrolados. Verdaderamente desconcertante para una cantante de gran carrera internacional.
Pero los grandes problemas fueron los tenores. El ucraniano Denys Pivnitskyi ofreció un Canio exaltado tanto en lo vocal como en lo actoral, con un italiano errático y esquiva afinación, pero con gran volumen que debería controlar adecuadamente. Igualmente superó a su colega coreano Yonghoon Lee (Turiddu) que tiene buen material, pero una emisión irregular y nula capacidad actoral que lo lleva a la sobreactuación permanente.
En suma: una apertura de temporada razonable con la expectativa de noches mejores.
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