Alemania

Por la paz en el mundo

Juan Carlos Tellechea
Gautier Capuçon, Orquesta Filarmónica de Berlín y Kirill Petrenko,
Gautier Capuçon, Orquesta Filarmónica de Berlín y Kirill Petrenko, © 2026 by Berliner Philharmoniker
Berlín, sábado, 9 de mayo de 2026.
Gran sala auditorio de la Filarmónica de Berlín. Solista Gautier Capuçon (violonchelo). Orquesta Berliner Philharmoniker. Director Kirill Petrenko. Igor Stravinski: Suite del ballet «Pulcinella». Piotr Chaikovski: Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta, op 33. Ludwig van Beethoven: Sinfonía n.º 2 en re mayor, op 36. Bis del solista: “El cant dels ocells”, en la adaptación para violonchelo de Pablo Casals. Asistencia: 100% del aforo.
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Al término de una gira por Alemania y Austria, la orquesta Berliner Philharmoniker dirigida por Kirill Petrenko, con el violonchelista Gautier Capuçon, ofrecieron en la gran sala auditorio de la Filarmónica de Berlín un programa que quizá a primera vista pudiera parecer una serie de composiciones musicales inconexas.

Sin embargo, su vínculo descansa en el desarrollo de las nuevas formas de géneros musicales en los siglos XIX y XX, con Ludwig van Beethoven, Piotr Chaikovski e Igor Stravinski, presentados aquí en orden inverso al cronológico.

Stravinski

Aunque en la primera obra del programa, esta suite de Pulcinella —sutil mezcla del barroco de Giovanni Battista Pergolesi y la modernidad triunfante de Stravinski— se prescinde del clarinete, su ausencia queda ampliamente compensada por la importancia que Stravinski otorga a los instrumentos de viento. A Pierre Monteux -quien dirigió el estreno mundial de La consagración de la primavera en 1913 en el Théâtre des Champs-Elysées- se le encomendaría la primera ejecución de esta suite de Pulcinella el 22 de diciembre de 1922 a cargo de la Orquesta Sinfónica de Boston.

Stravinski incorpora a la obra de Pergolesi a otros compositores como Alessandro Parisotti, Carlo Monza, Domenico Gallo y el conde Unico Wilhelm van Wassenaer. Pese a estas aportaciones procedentes de horizontes diversos, Stravinski logra unificar estas corrientes dispares y hace surgir de este conjunto heterogéneo una construcción musical cautivadora en el plano orquestal. La obra se impondría firmemente en la Ópera de París con prestigiosos decorados firmados por Pablo Picasso, bajo la dirección de Ernest Ansermet el 15 de mayo de 1920.

Ingenio y humor

Con sonidos exquisitamente delicados, una tierna melodía de oboe, maravillosamente etérea (Albrecht Mayer), la Berliner Philharmoniker, magistralmente dirigida por Petrenko, abrió la serenata, acurrucada entre oleadas de cuerdas que se elevaban como niebla a través de sus sordinas. Una tarantela vertiginosa y una toccata brillante se sucedieron en un rápido torbellino, hasta que la gavota, con su delicada y angular gracia, condujo la música de nuevo a aguas más tranquilas, iluminando sus dos variaciones el origen de la danza con un doble significado. En el movimiento vivo, los trombones encontraron amplia oportunidad para un juego ingenioso y humorístico, hasta que, a partir de una línea lírica, todos los instrumentos se reunieron en un final delicioso.

Chaikovski

Las siete Variaciones rococó op 33 de Chaikovski, segunda obra de la tarde, acapararon aquí el protagonismo con la interpretación apasionada y emocionante del violonchelista Gautier Capuçon. No es solo pasión lo que cautiva, sino la profunda inteligencia musical del solista y de los músicos de la orquesta a lo largo de la partitura. Su cascada de tresillos en la Variación 1 suena excelente.

En las dos variaciones lentas (la tercera y la sexta) Capuçon brilla; con su fraseo natural y su tono cantado y sincero, se convierten en arias dignas de Eugene Onegin. Se escuchan desde susurros en la cuerda la aguda hasta frases melódicas de refinamiento clásico, con adornos de trinos y pasajes de octavas que exhiben un sublime gesto romántico. Kirill Petrenko es un acompañante magnífico en todo momento. Encanta escuchar cómo las notas agudas entrecortadas del primer fagot resaltan con tanta claridad en el estribillo recurrente que sigue al tema y a las diversas variaciones.

Chaikovski pensaba en su gran ídolo Wolfgang Amadé Mozart cuando escribió estas Variaciones. Bien podrían haber salido de su pluma. Capuçon las interpretó con exquisito encanto y elegancia, como si fueran una pieza de cámara. En los Filarmónicos de Berlín y en su célebre director, el solista encontró oídos atentos. Estos dieron los timbres más apropiados, sonidos elegíacos de las maderas y oscuros de las cuerdas.

Las más que efusivas aclamaciones del público tras esta exquisita y lírica interpretación fueron agradecidas por el solista con un bis: El cant dels ocells de Lluis Millet adaptada para violonchelo y popularizada fuera de Cataluña por Pablo Casals (nacido en 1856, se cumple su sesquicentenario, año en que Chaikovski escribió sus Variaciones), a modo de plegaria, como afirmó el propio Gautier Capuçon ante la platea:

Por la paz en el mundo.

Beethoven

La Sinfonía n.º 2, op 36, de Beethoven, que clausuró este concierto, la más exuberante de sus sinfonías, recibió una interpretación de ímpetu formidable, llena de alegría, extremadamente fluida en el Adagio molto – Allegro con brio inicial, con una energía casi cortante. Kirill Petrenko impregna el Larghetto de un lirismo sereno. El Scherzo. Allegro, el primero de su tipo compuesto por Beethoven, que sustituye al tradicional minueto de las sinfonías clásicas, rebosa vitalidad. El director, una vez más, realiza una transición fluida hacia el trío. En cuanto al final, Allegro molto, enfatiza sus sorprendentes efectos mediante marcados contrastes dinámicos y un tempo generalmente vertiginoso.

La clave de una interpretación, sobre todo de una obra fundamental, por no decir omnipresente, como una sinfonía de Beethoven, reside en renovar el interés, en transmitir una espontaneidad tal que parezca la primera vez que se escucha. Varios factores contribuyen a ello. En primer lugar, la interpretación instrumental, y en este sentido, la Orquesta Filarmónica de Berlín es inigualable, poseedora de un profundo conocimiento de Beethoven, fruto de una tradición forjada a través de innumerables interpretaciones bajo la dirección de directores de renombre y de diversa índole, tanto en concierto como en grabaciones.

Transparencia

Su característico sonido es fundamental: la transparencia y la delicadeza de sus cuerdas, con su brillo incomparable; sus translúcidas maderas, lideradas por el oboe; y su sección de metales, con una riqueza exclusiva de la Berliner Philharmoniker. Si bien la formación puede variar, el estilo permanece: una frescura sin igual, una precisión extrema en el ataque y, sobre todo, una homogeneidad que deja sin palabras al espectador.

La distribución instrumental de las cuerdas adoptada por el director es un buen ejemplo: los primeros y segundos violines se sitúan a ambos lados, los violonchelos en el centro izquierda y las violas en el centro derecha, con los contrabajos en el extremo izquierdo. Esta disposición espacial, lejos de ser arbitraria, permite un equilibrio perfecto de fuerzas y garantiza que la contramelodía de Beethoven alcance su máximo impacto. Finalmente, a lo largo de toda la interpretación, lo que podría sonar simplemente brillante se ve pulido por la orquesta con su reconocida pátina.

Consistencia

Por supuesto, la dirección de Kirill Petrenko es fundamental. Su batuta, con una claridad y transparencia excepcionales, atenúa la colosal magnitud de muchas obras beethovenianas. Revela, mediante tempos que tienden a ser rápidos, la centralidad de la fuerza motriz, especialmente en las primeras sinfonías, impregnadas de un pensamiento revolucionario. El ritmo se marca, casi palpitante en algunos pasajes, pero la textura siempre es diáfana.

La energía, a menudo desbordante, sustenta una visión que dista mucho de ser académica y alejada del patetismo. En consecuencia, la riqueza sonora resulta a menudo irresistible. No es que la dulzura que extrae de la sección de maderas, en particular, quede relegada a un segundo plano. Se mantiene con una consistencia admirable.

Maestría

Cabe destacar que, con instrumentistas del calibre de la Berliner Philharmoniker, no hace falta enfatizar la absoluta delicadeza del acabado sonoro. Si hubiera que resumir el estilo de Petrenko en una sola palabra, sería la dramaturgia en la secuencia de eventos, en la que la magnitud exige necesariamente cierta distensión, que Petrenko maneja con la maestría de un diestro director de orquesta y de ópera.

Las aclamaciones del público de pie en el auditorio se extendieron más allá de las tres entradas y salidas de rigor del director para agradecer a los músicos y a los espectadores, mientras recibía un ramo de flores que entregó de inmediato a una de las violinistas. Las ovaciones eran interminables. Al final, Kirill Petrenko, volvió a aparecer, solo sobre el escenario, para dar las gracias de forma personal a los más fieles y asiduos asistentes a sus conciertos.

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