Alemania

Una risa monstruosa sobre el mundo entero

Juan Carlos Tellechea
Yannick Nézet-Séguin
Yannick Nézet-Séguin © 2026 by Berliner Philharmoniker
Berlín, domingo, 24 de mayo de 2026.
Gran sala auditorio de la Filarmónica de Berlín. Gustav Mahler, Sinfonía nº 3 en re menor. Solista Joyce DiDonato (mezzosoprano). Coro femenino de la Radio de Berlín. Niñas y niños del Coro del Estado y la Catedral de Berlín. Orquesta Berliner Philharmoniker. Director Yannick Nézet-Séguin. 100% del aforo.
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Gustav Mahler y la Orquesta Filarmónica de Berlín comparten una larga historia. El primer momento culminante fue sin duda el estreno de la Segunda Sinfonía completa, dirigida por el propio Mahler el 13 de diciembre de 1895. Desde entonces, las figuras más destacadas y carismáticas del mundo de la dirección orquestal han ofrecido programas dedicados a Mahler con la Berliner Philharmoniker (llevados también al disco bajo su propio sello).

La refinada representación de esta tarde de la monumental Tercera Sinfonía en re menor de Mahler por la Filarmónica de Berlín, fabulosamente cohesionada y dirigida con gran firmeza por Yannick Nézet-Séguin, con Joyce DiDonato como solista (en el cuarto movimiento), merece todos los elogios por su perfección instrumental e interpretativa.

Seres misteriosos

En el primer movimiento, marcado "Kräftig. Entschieden" (Fuerte. Decidido), Mahler parece poner en funcionamiento a todo el universo en una marcha irresistible, acumulando fuerzas enormes y contradictorias, sumergiendo constantemente increíbles imágenes sonoras en abismos insondables.

Las cosas se calman con el segundo movimiento,Tempo di minuetto / Sehr mässig (Tempo de minueto / Muy moderado), que despliega su tranquila atmósfera de serenida y paz en marcado contraste con el movimiento precedente.

El tercero, Comodo / Scherzando / Ohne Hast (Cómodo / Scherzando / Sin prisa), de una duración particularmente considerable (diecinueve minutos para ser exactos), rinde claramente homenaje al mundo secreto, inaccesible y salvaje del bosque y a los seres misteriosos (animales y otras deidades que lo habitan).

Ante la Cuarta

El cuarto movimiento, Serh langsam. Misterioso (Lentamente. Misterioso), recurre a la voz femenina (en este caso de Joyce DiDonato) y rinde homenaje a Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie del filósofo Friedrich Nietzsche.

El quinto movimiento (musicalmente muy cercano a los Wunderhornlieder) utiliza un coro infantil (Niñas y niños del Coro del Estado y la Catedral de Berlín), lo que le confiere a esta parte de la sinfonía un carácter claramente angelical, anticipando de alguna manera la futura Cuarta Sinfonía.

Por último, el imponente final, Langsam. Ruhevoll. Empfunden, es un vasto adagio directamente derivado de Anton Bruckner. Concluye la sinfonía en una atmósfera de contemplación y serenidad que Gustav Mahler solo recapturaría al término de esa Cuarta Sinfonía aún en embrión…(Dicho sea al margen, en el álbum del sello Berliner Philharmoniker Recordings se ha incluído la Sinfonía nº 4 de Mahler grabada en directo durante un concierto dirigido por Yannick Nézet-Seguin).

El mundo entero

En fin, la Tercera Sinfonía de Mahler es una especie de relato musical de la creación. Según el compositor:

Toda la naturaleza encuentra en ella una voz.

En ella se encierra incluso lo más íntimo y secreto, y así la obra narra historias de plantas, animales y personas, y del amor divino como forma suprema de todo ser.

Gustav Mahler era un adicto al trabajo; su carga laboral como director de orquesta en el Teatro de Hamburgo era casi sobrehumana. Para componer, se retiró durante las vacaciones de verano de 1895 y 1896 a una austera cabaña a orillas del lago Atter. Mientras daba forma allí a su Tercera sinfonía, escribió a la cantante Anna von Mildenburg, muy cercana a él:

Imagina una obra tan grande en la que, de hecho, se refleje el mundo entero.

¡Oh, Hombre! ¡Ten cuidado!

Como una fuerza primigenia, ocho trompas abren la sinfonía con una llamada de atención. La materia prima motivacional choca en bloques, en un agitado empuje y acuciamiento, hasta que estas fuerzas parecen domesticarse al final del movimiento en el júbilo de la naturaleza vivificada. Domesticado y perfumado con la dulzura de la música de salón, se presenta el minueto de las flores.

El epicentro dramático de la obra es el tragicómico scherzo: tras la máscara de una inocente folcloricidad se esconde, según Mahler:

una risa monstruosa sobre el mundo entero.

El canto etéreo de una corneta de posta resonaba en una utopía onírica. Fue entonces que cantó Joyce DiDonato. Llevaba ya una hora sentada en la parte trasera izquierda del escenario, detrás de la orquesta y cerca de la sección de trompas. Comenzó, advirtiendo sabiamente:

O Mensch, gib acht («¡Oh, Hombre! ¡Ten cuidado!»)

¿Tal vez ante la caída en el pecado...? A partir de ese momento se esfumó toda superficialidad y sus palabras resonaron por encima de la orquesta. Al escucharla, los espectadores se sentían personalmente interpelados. Así, en el clímax de este concierto se resquebrajaba el universo idílico de Mahler al plantearse una cuestión real. Fueron estos instantes culminantes de la actuación.

Volumen sonoro

Pero la confesión, acompañada por el alegre «bim bam» del coro infantil, se convierte casi en un teatro de marionetas religioso. Solo en el movimiento final, cantado con intimidad, encaja todo lo que al principio era caos. Según Mahler, el amor puro encarna:

el nivel más alto desde el que se puede contemplar el mundo.

Yannick Nézet-Séguin presenta todo esto con un increíble amor por el detalle; todos los efectos se muestran pulidos, con arrebatos como melodías seductoras al mejor estilo de un encantador de serpientes. Cuando se inicia una marcha parece como si toda una banda de música se pusiera en camino.

El propio Mahler es desmesurado, no omite ninguna emoción, lo sublime y lo banal se entrechocan. En la entrevista previa con Nézet-Seguin y DiDonato, realizada por la trompista Sarah Willis, el director habla sobre un intercambio de opiniones con el primer concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Daishin Kashimoto, advirtiendo este para que se pusiera cuidado en no elevar demasiado el volumen sonoro a riesgo de superar al de la mezzosoprano. Y así se tuvo en cuenta. El volumen de las palabras de DiDonato superó al de la orquesta.

Estallidos sonoros

Las presentaciones efectistas son insuficientes para Mahler, quien no compuso la obra por mera diversión, sino para retratar a un mundo con abismos. En la pieza, cada melodía está amenazada, cada momento de júbilo puede convertirse en una catástrofe. El director hace caso omiso de ello, se mantiene en una dimensión, yuxtapone todo, y a falta de una clara dramaturgia se vuelve prolijo.

Mas, como ocurre siempre, es un placer presenciar la interpretación de la Filarmónica de Berlín. Para cualquier orquesta, la Tercera de Mahler es como bailar en la cuerda floja sin red de seguridad debajo. Durante esta velada se apreciaba con regocijo el virtuosismo, la brillantez e incluso la agilidad de la Berliner Philharmoniker. Tocaba casi con desenfado disfrutando del desafío.

Los Filarmónicos de Berlín son capaces de hacer estallar el sonido, pero también de generar calidez y densidad, con suavidad, elegancia, delicadeza y colorido. Estallidos de aplausos y vivas fueron prorrumpidos por el público durante largos minutos inmediatamente después de que Yannick Nézet-Séguin bajara los brazos tras vibrar en el aire la última nota de la sinfonía.

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