La Sächsische Staatskapelle de Dresde, dirigida por Daniele Gatti, y el violonchelista Gautier Capuçon fueron aclamados por el público esta tarde al final del concierto que ofrecieron en la Filarmónica de Essen, en el curso de una gira europea, con obras de Richard Wagner, Camille Saint-Saëns y Claude Debussy.
En este excelente programa, intepretó el Concierto nº 1 en la menor, op 33, para violonchelo y orquesta de , compuesto en 1872. El compositor francés, el primero en su país en reflejar el resurgimiento del violonchelo en la música orquestal del siglo XIX, exige un virtuosismo excepcional en la parte solista, a la vez que mantiene una gran fluidez, tanto para los instrumentos de viento como para las cuerdas que la acompañan.
Tras una época dorada inicial durante el Barroco tardío, y que abarcó posteriormente el Clasicismo, el violonchelo concertante experimentó un notable desarrollo en la Francia del siglo XIX gracias al impulso de grandes solistas como Auguste Franchomme, Jean-Louis Duport y Joseph Salmon. Gautier Capuçon, un violonchelista excepcional, lo revive en su repertorio con obras emblemáticas de Saint-Saëns y Édouard Lalo, a las que tal vez podría añadir -si quisiera- algunas rarezas como las Variaciones Sinfónicas de Léon Boëllmann.
El op 33 de Saint-Saëns celebra el Ars gallica, un retorno a la gran tradición francesa que se remonta a Jean-Baptiste Lully y Jean-Philippe Rameau, en respuesta a la entonces imperante ola wagneriana. Sus tres movimientos enlazados se despliegan en un Allegro non troppo concebido como una improvisación sobre su tema en cascada, que conduce a un romance y luego a un pasaje más agitado para el solista. El Allegretto con moto central retoma la refinada tradición barroca, con la parte solista fluyendo libremente y sin excesos hasta una breve cadencia.
Tras una frase del solista que vuelve al tema del primer movimiento, el final (“Un peu mois vite”) introduce nuevas melodías: una cavatina derivada, que se desarrolla en una sección más animada donde se evidencia el estilo operístico del compositor. A lo largo de toda la obra, la escritura sumamente expresiva para violonchelo ofrece al violonchelista amplias oportunidades para brillar y demostrar una interpretación noble en la más alta tradición francesa.
Gautier Capuçon, ovacionado por el público, de pie en la sala Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen, se sentó en medio de la sección de violonchelos de la orquesta para interpretar junto con sus colegas músicos el mundialmente famoso “Duo des fleurs” (Dúo de las flores) de la ópera Lakmé de Léo Delibes.
Esta versión para conjunto de violonchelos (1.1.6, 1.2.5) es un arreglo especial de Jérôme Ducros. En él, Capuçon asume la voz principal, mientras que los demás violonchelistas imitan el fondo orquestal flotante y la segunda voz vocal.
Más y más aclamaciones cerraron esta primera parte del concierto que comenzó con una emocionante y ferviente interpretación del Preludio de Los maestros cantores de Núremberg, WWV 96. La Sächsische Staatskapelle Dresden sonó maravillosamente, con el respaldo de una dirección suntuosa.
, quien el año pasado dirigió esta ópera en Bayreuth, desplegó un tesoro de sonoridades y la exuberancia de la partitura alcanzó un grado de plenitud poco común, a través de todas las secciones de la orquesta, entre las que destacaron las magistrales partes de las violas.
Nada parecía forzado en este toque fresco y con mucho humor; la música fluyó con inmensa naturalidad. Se decantó por tempos más que sostenidos, como si se quisiera eliminar de la partitura cualquier riesgo de redundancia que pudiera entrañar, encadenando los motivos para que encajaran unos con otros. Una vez más, logró con la orquesta Sächsische Staatskapelle de Dresde sonidos de una plasticidad maravillosa y una cohesión notable.
Otro tanto ocurrió con el Preludio del tercer acto de la obra escénica sacra Parsifal y La magia del Viernes Santo, WWV 111, de Wagner, un momento musical culminante que encabezó la segunda parte del concierto en la Filarmónica de Essen. Daniele Gatti dispuso el tempo y la dinámica con gran precisión. La platea disfrutó del sonido tranquilo y redondo de las trompas o de los solos de algunos instrumentos de viento-madera y de cuerda claramente diáfanos.
Mucho se ha escrito sobre Claude Debussy y los "Tres bocetos sinfónicos" de La Mer, destacando su originalidad, que no es estrictamente sinfónica, y su forma tripartita. El compositor de “Pelléas et Mélisande”, quien amaba apasionadamente el mundo marino, dijo tener:
innumerables recuerdos de él; esto es mejor, en mi opinión, que la realidad, cuyo encanto generalmente pesa demasiado sobre nuestros pensamientos.
Estos tres paisajes marinos marcan un punto de inflexión en el estilo del músico, hacia un enfoque más definido. Así concibe Daniele Gatti su ejecución al frente de la Sächsische Staatskapelle Dresden. Las líneas son limpias, los colores vibrantes, transmitiendo la inagotable interacción a través de ritmos marcados, transiciones definidas y una estructura precisa.
Tras su misteriosa apertura, el primer movimiento, “De l'aube à midi sur la mer – Très lent” (Del amanecer al mediodía en el mar), en el que Debussy imaginó un “Hermoso mar en las islas Sanguinaires”, avanza en un crescendo de gran dinamismo rítmico. Cuando el discurso se torna más sosegado, verbigracia con la entrada del corno inglés y las violas, adquiere una cualidad etérea, al igual que la peroración, y sus grandiosos clímax de metales suenan claros y nítidos.
En “Jeux de vagues - Allegro” (Juegos de olas), cuando el arte de dispersar timbres alcanza su máximo esplendor, Gatti orquesta cuerdas vibrantes, florituras de viento y arabescos del primer violín en un continuo hábilmente equilibrado. La acumulación de olas rompiendo, la carrera frenética, capturada aquí a una velocidad vertiginosa, culmina en una explosión final de impactante tensión. La Sächsische Staatskapelle de Dresde ofreció aquí su mejor trabajo.
En “Dialogue du vent et de la mer – Animé et tumultueux” (Diálogo del viento y el mar), cuyo título original iba a ser “El viento hace bailar al mar”, la tormenta, inicialmente contenida, desata gradualmente su fuerza, alternando entre ráfagas imponentes y momentos de calma, aunque no fugaces. Una visión que define claramente la escena en lugar de simplemente sugerirla.
El público se puso otra vez de pie para ovacionar largamente a la extraordinaria orquesta y su director, que agradecieron, sin más, de forma amable pero firme tanta efusividad.
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