El programa de esta velada de la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la égida de Jakub Hrůša con la actuación de la violinista Julia Fischer estuvo íntegramente dedicado a la música de tres compositores checos, por este orden: Vítězslava Kaprálová, Josef Suk y Bohuslav Martinů. En la línea músicogenealógica, Kaprálová fue alumna de Martinů y este alumno de Suk.
dirigió en la Filarmónica de Berlín, colmada de público, sendas obras de ellos que combinan la tonalidad característica de la música checa con el lenguaje sonoro del siglo XX: Bohuslav , en su Primera sinfonía, compuesta en 1942 durante su exilio en Estados Unidos, evoca su patria perdida mediante melodías populares tradicionales y ritmos de danza, al tiempo que celebra el comienzo de una nueva etapa en su vida. La nostálgica Suita rustica (1938) de su alumna Vítězslava se basa en temas folclóricos, y también la apasionada Fantasía para violín y orquesta de Josef , con como solista, está influenciada por la inconfundible música checa.
Alumna de Vítězslav Novák y Václav Talich, además de Martinů, Vítězslava Kaprálová podría haber sido una de las compositoras más destacadas del siglo pasado de no haber fallecido de fiebre tifoidea a los 25 años. Su Suita rustica en tres movimientos (Allegro rustico; Lento – Vivo – Lentro; Allegro ma non troppo) muestra a una joven compositora cuya personalidad musical ya se adivinaba claramente. El pianista Rudolf Firkušný describía su temperamento como “impredecible”, y lo mismo puede decirse de su música, que fluye casi siempre de una manera totalmente natural y acertada, pasando de una idea a otra con increíble destreza.
Tras el gran éxito de su Military Sinfonietta, que ella misma dirigió en el Festival de la Sociedad Internacional de Música Contemporánea de 1937 en Londres, su editorial, Universal Edition, le pidió a Vítězslava Kaprálová otra obra orquestal.
En solo nueve días, la compositora y directora checa completó la Suita rustica, que sin duda se inspiró en Petrushka de Igor Stravinski. Kaprálová ya había conocido la obra de Stravinski cuando era estudiante en Brno (volvió a sentirse atraída por ella cuando se trasladó a París, donde el ballet fue estrenado por los Ballets Rusos de Serguei Diaghilev en 1911, con Vaslav Nijinsky en el papel protagonista) y más tarde estudió la partitura a fondo en Praga.
Cuando la compositora recibió una consulta de la editorial en octubre sobre el avance de la obra, interrumpió de inmediato su trabajo en otros proyectos para cumplir con el plazo de la editorial, que exigía que la suite estuviera terminada para el 15 de noviembre. Su ritmo de trabajo fue notable: los bocetos de su Suita rustica (subtitulada Suite de canciones y danzas populares checas) se terminaron el 2 de noviembre y la orquestación se finalizó el 10 de noviembre.
Kaprálová dedicó la obra al musicólogo Otakar Šourek en agradecimiento por su inestimable ayuda para conseguir la aprobación de la renovación de su beca en Francia. Al final, Universal Edition no publicó la suite, una decisión bastante desconcertante dados los numerosos y atractivos momentos de exquisito lirismo e inocente exuberancia que presenta la obra.
Generados a partir de préstamos folclóricos, estos momentos se contraponen a un trasfondo de recursos modernistas, que recuerdan a Petrushka de Stravinski, cuyo grado de influencia es deducible de la propia obra.
La orquesta Berliner Philharmoniker la tocó ahora por primera vez (el jueves 4 de junio de 2026) y bajo la firme batuta de Jakub Hrůša. El acento checo en la obra de Kaprálová es sumamente distintivo en esta Suita Rustica, basada en seis canciones y danzas populares, con un movimiento central que rinde homenaje a Antonín Dvořák, pero está claro que también sentía una gran afinidad por Bedřich Smetana, así como por Claude Debussy y Béla Bartók.
Si en el primer movimiento se trata de melodías tradicionales de Moravia y Eslovaquia, el segundo movimiento, con un llamativo furiant, una forma de danza que también utilizó con frecuencia Antonín Dvořák en sus Danzas eslavas, rinde honores a su gran compatriota. El tercer y último movimiento, por su parte, muestra más claramente la proximidad a Stravinski y culmina en una fuga a cuatro voces que, al igual que las armonías a menudo “extrañas”, demuestra que Kaprálová supo jugar con los clichés de forma muy humorística en esta obra.
Julia Fischer, una violinista (y ocasionalmente también pianista) de sorprendente virtuosismo, sensibilidad y un sonido extraordinariamente refinado, que lleva casi 30 años formando parte de la élite de solistas de este instrumento, es una música muy versátil. Además de sus actuaciones como solista con las grandes orquestas de todo el mundo, en ocasiones también asume la dirección de la orquesta desde el violín, ejerce como profesora en la Escuela Superior de Música y Teatro de Múnich y es una entusiasta intérprete de música de cámara.
A la hora de confeccionar el programa junto con Jakub Hrůša y los músicos de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Fischer se decantó por una de las joyas de la literatura para violín y orquesta que conoce muy bien (desde su infancia; la oyó por primera con 10 años de edad): la Fantasía en sol menor, op 24, de Josef Suk. Este fue alumno y yerno de Antonín Dvořák, y abuelo del famoso violinista Josef Suk (1929-2011), quien interpretó la obra para violín de Dvořák con especial dedicación y maestría.
Suk compuso inicialmente siguiendo los pasos de Dvořák, pero tras la muerte de este encontró su propio estilo. Él mismo era violinista y concibió la parte solista de su Fantasía en un solo movimiento, de 1902, con la intención de que resultara desafiante. Sin embargo, la pieza de 23 minutos recorre en ese único movimiento altibajos, capricios y momentos de calma; resulta cautivadora en sus diversos estados de ánimo, desde lo sentimental hasta lo exuberante.
El fallecimiento de Dvořák como de su hija Otilia (esposa de Suk) ocurrió entre 1904 y 1905 y fue un gran golpe para el compositor, quien quedó literalmente devastado. Desde entonces escribiría obras que reflejaban esos oscuros y graves momentos de su vida.
Quedarían atrás los tiempos más felices que refleja esta Fantasía para violín y orquesta en sol menor op 24, que comienza con una explosión de sonido enérgica, antes de adentrarse en un territorio bohemio gitano, en el que se aprecian influencias de Dvořák y algo del compositor y pianista húngaro Franz .
Es una obra de transición hacia ese lenguaje musical maduro que muestra a Suk en su camino desde el romanticismo nacional checo hacia la modernidad europea.
Formalmente, se inscribe en la tradición de la fantasía concertante desde Ludwig van . A diferencia de un concierto para solista, los temas musicales y las secciones formales están aquí concebidos con mayor libertad. Algunos pasajes parecen casi improvisados. La parte solista está elaborada con gran maestría. No cabe duda de que aquí había un violinista excepcional en acción.
Julia Fischer interpretó la Fantasía con extrema sensibilidad por los diferentes momentos de esa única sección, mientras que Jakub Hrůša hacía hincapié en el equilibrio y robustez de la parte orquestal, hasta alcanzar una verdadera armonía.
Los pasajes discretos e íntimos, así como los momentos radiantes del violín solista, estuvieron en las mejores manos con la solista y su Giovanni Battista Guadagnini de 1742. Fischer les imprimió una expresión especialmente sutil. En contraste, Hrůša dejó que la Orquesta Filarmónica de Berlín se luciera con los metales y los platillos. Como en un diálogo, el sonido sutil de la solista se enfrentaba al más áspero y, en ocasiones, estridente de la orquesta, aunque el violín siempre se imponía con su delicado sonido.
Los ecos de la música folclórica tradicional de Bohemia en la parte central recordaban el amor por la patria que caracteriza sobre todo a la Romanza de Dvořák, compuesta en la década de 1870. Irradiaba tranquilidad. El público se sentía transportado al idílico paisaje bohemio. Además del canto del violín solista, también contribuyeron a ello los suaves sonidos de la flauta.
Tras el intervalo, la Orquesta Berliner Philharmoniker volvió al escenario para interpretar la Sinfonía nº 1 de Bohuslav Martinů bajo la dirección de Jakub Hrůša, habitual invitado de la casa.
Para Martinů:
La música debe ser bella o no valdría la pena el esfuerzo.
El compositor checo creó alrededor de 400 obras, abarcando muchos estilos y géneros. Recibió la influencia de la música de (comenzó a componer tras asistir al estreno en Praga de Pelléas et Mélisande), Les Six, el jazz, Stravinski, así como de las melodías folclóricas de sus raíces bohemias y moravas.
En 2009, 50 años después de la muerte de Martinů, el director de orquesta Jiří Bělohlávek declaraba sobre él:
en su mejor momento, es irresistiblemente original, cosmopolita y checo a la vez.
Martinů opinaba que una sinfonía debía construirse a partir de elementos muy sencillos. En el caso de la Primera sinfonía (encargada por Serguei Kusevitski, quien dirigió a la Sinfónica de Boston en el estreno de 1942), se trata de un par de acordes —si menor y si mayor— que resuenan al comienzo de la obra (Moderato – Poco più mosso), se combinan con diversas escalas cromáticas y sirven de punto de partida para un tema melancólico de las cuerdas.
Este inicio ofrece un microcosmos de las huellas musicales de Martinů: una sensación de anhelo y tensión nerviosa, amplios espacios abiertos, síncopas, el uso característico del piano dentro de la textura orquestal. La Primera Sinfonía es considerada generalmente como la reacción de Martinů ante la masacre nazi en la localidad checa de Lidice en junio de aquel mismo año.
La interpretación referente de Jakub Hrůša al frente de la Orquesta Berliner Philharmoniker, preparada a la perfección, sabe reflejar con maestría esa curiosidad apremiante y esa melancolía propias de Martinů, bebidas en la fuente primigenia de su sonido granítico.
Ese característico motivo reaparece más tarde en el tercer (Largo) y cuarto (Allegro non troppo) movimientos. Rítmicamente, Martinů trabaja en el primer movimiento con figuras de danza irregulares, como las que también se encuentran con frecuencia en Leoš Janáček y que son relativamente fáciles de realizar en el marco de un compás de 6/8.
Las disonancias melodiosas, que Martinů dominaba quizá como nadie, se combinan con timbres inusuales y texturas armónicas suaves para crear una mezcla orquestal con un aire impresionista. Precisamente la riqueza cromática de la partitura pone de manifiesto lo que Martinů había aprendido en París con su mentor Albert Roussel.
En el transcurso del movimiento cobra importancia un tema de los instrumentos de viento que comienza de la nada con un vaivén entre dos notas, para luego ir ganando contorno y convertirse en determinante para la sección final.
El segundo movimiento (Allegro – Trio. Poco moderato – Allegro come prima), un scherzo exultante, de estilo jazzístico, casi salvaje, es neoclásico, combina ritmos irregulares con elementos danzantes, mientras que el finale es urgente, teñido de toques de su patria checa.
Tiene mucho empuje, incluso cuando el oboe entona una melodía de estilo folclórico. La sección del trío, de estilo ländler, introducida por las flautas y los oboes con un aire pastoral, contrasta fuertemente con la parte principal, que en algunos momentos parece casi grandilocuente y avanza con ímpetu.
El profundo Largo que le sigue lleva a un mundo sonoro completamente diferente; tal vez sea uno de los movimientos lentos más bellos que Martinů haya escrito jamás. Los violonchelos y los contrabajos presentan inicialmente una idea que gira sobre sí misma, de la que se desarrolla luego, en las cuerdas agudas y los instrumentos de viento de madera, una melodía que parece no tener fin y que alcanza finalmente un primer clímax bajo los acentos marcados del piano.
A continuación, el movimiento se aclara, las figuraciones del piano ganan en ligereza y el corno inglés aporta un solo expresivo. Pero muy pronto este episodio da paso de nuevo al extenso canto fúnebre del inicio, que, tras otro clímax sonoro, se desvanece de forma conciliadora.
El finale se presenta ligero, danzante, rítmicamente marcado y rico en matices. Aunque este carácter se ve interrumpido una y otra vez por expresivos interludios, al final triunfan el ritmo, el tempo y el entusiasmo interpretativo.
Lo que llama la atención de inmediato en las sinfonías de Martinů y las hace tan atractivas es que a pesar de todas las adversidades del destino que sufrió (en primer lugar habría que mencionar la grave caída de 1946, cuyas secuelas le provocaron una pérdida parcial de la audición, vértigos y migrañas) no se convirtió, al parecer, en una carga opresiva; no dejó que su dolor se solidificara en un sonido plomizo y reaccionaba ante nuevos entornos y encuentros con curiosidad, apertura de espíritu e incluso, en ocasiones, con un carácter decididamente pícaro.
Desde el punto de vista biográfico, se señala que este carácter emocionalmente algo “por encima de las cosas” tal vez tenga que ver con el hecho de que, de niño, Bohuslav solía pasar mucho tiempo en el campanario de 36 metros de altura de la iglesia de San Jacobo de Polička, situada en la frontera entre Bohemia y Moravia.
Su padre trabajaba allí como guardián de la torre y bombero. Más tarde, Martinů confesaría que era ese espacio, esa perspectiva aérea:
la que siempre tengo ante los ojos y la que busco en mis obras.
Fue la comunidad municipal de Polička la que financió los estudios del joven en el Conservatorio de Praga con Josef Suk, y su Primera Sinfonía fue aclamada esta tarde tras la sólida interpretación de la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Jakub Hrůša. La grabación en vídeo puede verse en Digital Concert Hall.
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