Como aperitivo de este magnífico concierto de cámara, Maxim Emelyanychev y la WDR Sinfonieorchester interpretaron en el auditorio del histórico Palacio de los Festivales de Viersen la Obertura de Ruy Blas, op 95, de Felix Mendelssohn Bartholdy.
La pieza, compuesta en Leipzig en 1839 para preceder a la obra de Victor Hugo, y encargada de una manera que no fue del agrado del compositor, es una auténtica obra maestra para orquesta; brillante, como cabía de esperar, e intensa, como la Obertura Coriolano de Beethoven, en la que se inspira.
comenzó con gran entusiasmo los acordes iniciales, y la delicadeza del conjunto se hizo evidente de inmediato en la hermosa y juguetona frase de las cuerdas. ¡El toque distintivo de la Orquesta Sinfónica de la WDR (Radiodifusión del Oeste de Alemania) era innegable! Esto se notó aún más dada la inusual disposición de los músicos: contrabajos en el centro y al fondo, violonchelos en el centro y violines I y II a cada lado, produciendo un sonido pleno y transparente a la vez.
Fue una experiencia concertística fascinante. Dirigiendo a manos libres (sin batuta), Emelyanychev se sumergió por completo en la música y en sus peculiaridades, hasta alcanzar una intensa y profunda interpretación de , con gran riqueza de matices y transparencia.
Hace 187 años, Felix Mendelssohn Bartholdy se encontraba en Leipzig trabajando en la partitura de esta Obertura en do menor, op 95. Entre el 5 y el 8 de marzo de 1839 se dedicó a ella, a pesar de que, en realidad, ya había rechazado el encargo. El Fondo de Pensiones del Teatro (“una institución muy buena y benéfica”, explicaba Mendelssohn en una carta a su madre) quería presentar la obra teatral de Víctor Hugo Ruy Blas como función benéfica, y había pedido al famoso compositor y director de orquesta de la Gewandhaus de Leipzig una obertura y una romanza (“porque se esperaba una mayor recaudación si mi nombre figuraba en el título”).
Pero Mendelssohn consideraba el texto de Hugo “tan abominable e indigno [...], como no se puede creer”. Así que rechazó al menos la obertura, por falta de tiempo, según escribió. Los encargantes, sin embargo, fueron astutos, apelaron a su honor como compositor y lograron que Mendelssohn pusiera también esta obertura sobre el papel en cuatro días.
El elevado número del opus se explica por el hecho de que no se publicó hasta después de la muerte de Mendelssohn (en una versión ligeramente revisada). Y es que Mendelssohn seguía sin soportar la obra literaria en la que se basaba, precisamente Ruy Blas de Víctor Hugo, aunque apreciaba mucho su propia música, llena de tensión. Y continuaba en la carta a su madre:
En el próximo concierto la repetiremos a petición del público; pero entonces no la llamaré obertura de Ruy Blas, sino del fondo de pensiones del teatro.
Robert Schumann elogiaba a su colega y amigo Mendelssohn por haber logrado con la Obertura de Ruy Blas una:
Schumann, quien aún no había llegado a componer para orquesta en aquella época, admiraba el estilo sinfónico de Mendelssohn, que parecía tan ligero y que, de hecho, no tenía parangón. Sin embargo, apenas dos años después, a principios de 1841, también él, el compositor de obras para piano y Lieder, daría el salto a la gran sinfonía.
El hecho de que Maxim Emelyanychev dirija a la Orquesta Sinfónica de la WDR con precisión y pasión resulta ser una auténtica suerte. El director y el colectivo musical se compenetran a la perfección, algo que se percibe especialmente en los momentos en que la obra se acerca a texturas más vibrantes.
El Concierto para piano nº 5 de Ludwig van Beethoven, a diferencia de lo que sugiere su sobrenombre de “Concierto del Emperador”, no es una obra marcada únicamente por el heroísmo. Cuenta con momentos sorprendentemente suaves e íntimos. Emelyanychev presenta esta poderosa obra junto con el célebre pianista Alexander Melnikov.
Corría el año 1809 cuando Beethoven, rodeado por el estruendo de la guerra, compuso este concierto. Napoleón Bonaparte se encontraba con sus tropas a las puertas de Viena. Esto afectó al trabajo del compositor en dos sentidos. Por un lado, la situación económica de Beethoven se había vuelto precaria, ya que su mecenas, el archiduque Rodolfo de Austria, había abandonado la ciudad y ya no estaba disponible como fuente de financiación. Por otro lado, la conflagración bélica influyó directamente en el proceso creativo de Beethoven. El resultado fue una obra con una forma inusualmente novedosa para el género, en la que el solista alterna entre momentos heroicos y pacíficos.
El Concierto para piano n º 5 de Beethoven comienza (Allegro) con golpes fortissimo de la orquesta, interrumpidos por un piano que introduce el tema con vivacidad. La interpretación lírica y emotiva de Melnikov es un dechado de perfección técnica; ya sea en el conmovedor Adagio un poco moto como en el Rondo: Allegro, radiante y juvenil. Alexander Melnikov pone su toque ligero como una pluma al servicio de una interpretación clásica, fiel al texto musical. Tanto los pasajes suaves y poéticos como el final, más alegre, desenfadado y contagiosamente dinámico de Beethoven le salen con naturalidad.
Aunque gran parte del material se basa en progresiones armónicas muy sencillas, esa cualidad confiere al concierto una maravillosa sensación de estabilidad y arraigo. A sus 38 años de edad, Beethoven ya no pudo interpretar la parte de piano con motivo del preestreno en Viena y el estreno en Leipzig debido a una fuerte pérdida de audición. Por ello, el desconfiado compositor anotó él mismo con meticulosidad todos los adornos y, al final del primer movimiento, impuso una prohibición expresa de cadencias.
Maxim Emelyanychev, al frente de la WDR Sinfonieorchester, acompañó a Melnikov de forma impecable, sin alardes ni florituras ni experimentos, sino con una interpretación llena de espíritu y énfasis fluido: esta modestia, en el mejor sentido de la palabra, permitió a los espectadores sentir a Beethoven más profundamente que cualquier realce exaltado de lo que ya de por sí es inmensamente poderoso. Esto se aprecia especialmente aquí, cuando los músicos no buscan meramente el virtuosismo, sino la máxima expresividad con una interpretación contenida.
Para la segunda parte de este recital la Orquesta Sinfónica de la WDR bajo la égida de Maxim Emelyanychev incluyó en el programa la Sinfonía nº 3 en la menor, op 56, “Escocesa” de Felix Mendelssohn, estrenada en 1842 por la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig bajo la dirección del propio compositor. Con toda la atención puesta en los detalles y en los matices instrumentales, el director dejó que la opulencia sinfónica de esta obra, quizá la más importante de Mendelssohn, floreciera con deleite, al tiempo que trazaba un amplio arco a lo largo de los cuatro movimientos, narrativamente compactos. Fue una interpretación fascinante y conmovedora. El director cuidaba en todo momento la precisión, la diafanidad y el volumen sonoro de la orquesta.
Con un ondular especialmente impregnado de aromas naturales, Emelyanychev interpretó el famoso Vivace non troppo con las notas punteadas tan características del ritmo lombardo en la segunda nota. Pero también, con alguna que otra ráfaga tempestuosa, el director aportó mucha luz solar y, al final, un ambiente festivo apoteósico a las impresiones de viaje de Mendelssohn, plasmadas en sonido, de antiguos castillos cubiertos de musgo y de la capilla sin techo en la que una vez fue coronada María Estuardo como reina de Escocia.
La introducción, con su evocadora melodía, sonó de inmediato como un recuerdo melancólico de la desdichada María Estuardo. Su esencia resonaba también el tema principal, sencillo y elegíaco, que abría el Allegro un poco agitato en voz muy queda, susurrante, y que más tarde incorporaba evocadores pensamientos líricos.
Rica en matices, la exposición de esta Sinfonía nº 3 en la menor “Escocesa” de Mendelssohn parecía oscurecerse con un tono apasionado e inquieto, pero la acción se aclaró finalmente en el fluir de la lírica. El final conciliador lo volvió a constituir la melodía introductoria, interpretada con intensidad, con su salvaje melancolía. A continuación, como cuadro de ambiente alegre y divertido, siguió el Scherzo Vivace non troppo, un colorido juego de matices con melodías escocesas.
Pacífico y sereno, el tema principal del Adagio transmitió la cálida y suave armonía de este movimiento, al que el ritmo de marcha fúnebre del sombrío segundo tema contribuyó eficazmente a un cambio dramático de atmósfera. El finale en dos partes, Allegro vivacissimo, comenzó con un tema de estructura marcada, a modo de marcha, cuyo impulso enérgico desembocaba a menudo en una lírica elegíaca.
Un recuerdo aparentemente bélico dominó entonces la segunda parte, Allegro maestoso assai, donde un tema triunfal cobró forma sonora. El movimiento concluyó de forma pomposa y enérgica. Muchos gritos de “¡Bravo! ¡Bravo!”, cerraron este concierto con el público de pie ovacionando largamente a Maxim Emelyanychev y a la Orquesta Sinfónica de la WDR.
El mismo recital tuvo lugar un día antes en la Filarmónica de Colonia y este fue grabado en vídeo por la WDR y se lo puede ver en youtube, así como escuchar por la emisora de radio WDR 3 en su audición titulada “Konzert“ a partir del 30 de junio.
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