La llegada al Klavier-Festival Ruhr del pianista Krystian Zimerman ha sido siempre un acontecimiento y una sorpresa para el público. Sin embargo, las actuaciones de este perfeccionista son ahora cada vez más raras. Él mismo es un individuo por demás excéntrico, único en tal grado de agudeza en la presente edición del evento, que va desde el 7 de mayo al 21 de julio próximo. Y a medida que pasan los años el artista se ha vuelto cada vez más raro.
Durante casi medio siglo, ha cautivado al público con su arte incomparable, su incansable exploración del sonido y su capacidad para lograr un silencio absoluto en una sala de conciertos abarrotada de espectadores. Pero entretanto, ha cancelado todas sus actuaciones en los Estados Unidos (excepto en Nueva York) por diversas controversias y solo mantiene compromisos en Europa (algunos) y en Asia (más numerosos).
Esta tarde en el auditorio de la Mercatorhalle de Duisburgo el pianista ha demostrado por qué casi no da conciertos. Prohibió a los organizadores del Festival de Piano del que profesionales de la prensa gráfica le tomaran fotografías durante el recital o al final del mismo. Ha empeorado su manía, convertida ya en persistente obsesión, según la cual teme (como el diablo al agua bendita) que los espectadores graben ilegalmente sus recitales.
La organización del evento tuvo que apostar a instancias suyas a dos guardias de seguridad en la sala para vigilar a la platea durante la actuación. Seguramente profesionales de otro campo muy diferente al de los fotógrafos podrían explicar lo que está pasando por la mente de Krystian Zimerman en esta última y crítica fase de su vida. Pero así y todo el público acude a presenciar sus conciertos y otra vez fue generosamente aclamado. Los espectadores que casi colmaban la sala parecían estar conscientes de que presenciaban la actuación de una leyenda viviente de los grandes concertistas de piano.
El programa de su recital-sorpresa, titulado Der Wohltemperierte Flügel. Präludien & Co aus 300 Jahren Musik (El piano de concierto bien temperado. Preludios y otras piezas de 300 años de música), incluyó fragmentos (ninguna obra completa) de Johann Sebastian , Frédéric , Claude , Clara y Robert , Serguei y George , entre otros. Parecía más un ensayo general que no un concierto; con pasajes de algunas obras más o menos difíciles, tocadas con su propio Steinway D en la sala de estar de su casa. Solo a los bises tocó algo un poco más acabado Deux Arabesques, L 66, Nº 1 en mi mayor y “Clair de Lune”, de la Suite Bergamasque de Claude Debussy.
Zimerman, cuyo único concierto en Europa en lo que va de 2026 ha sido este del Klavier-Festival Ruhr, parece haber dejado atrás aquellas interpretaciones que, por decir lo menos, alcanzaron la cima del logro musical. Su visión hace innegablemente cautivadora cualquier pieza que toque. Es más percepción que interpretación lo que presenta ante la platea, pues explora con entrega las facetas más ocultas de cualquier obra.
Tras un silencio prolongado, casi ensordecedor, Zimerman salió al escenario del auditorio acompañado de su propio instrumento meticulosamente preparado y recibido con un cálido aplauso. El Impromptu en do menor inicial se desarrolló a un ritmo fluido sin caer en el sentimentalismo. Las secciones a modo de dúo desprendían un sabor agridulce y un lirismo impecable, pero nunca rehuyó el destino ineludible que simbolizaban las recurrentes octavas en sol.
Zimerman se lanzó a interpretar el segundo Impromptu en mi bemol mayor tras hacer un gesto en broma al público para que se aclarara la garganta. Aquí, el legato se tejía como seda; el registro agudo de su Steinway brillaba con luminosidad. El tercero, en sol bemol mayor, irradiaba ternura, calidez y serenidad, mientras que el cuarto, en la bemol menor, contenía una buena porción de angustia en su sección central.
A juzgar por el número de fragmentos que ejecutó de cada uno de ellos, Bach, Chopin, Debussy y Rachmaninoff son sus compositores preferidos. Por lo visto, el jazz y Gershwin están en el límite de lo suyo. El fragmento del de este compositor cerró con frescura la primera parte del recital, pero tocado tan rápida y fugazmente que pasó casi desapercibido para los espectadores.
Obviamente, no hay una única respuesta a la secuencia de obras presentadas, más allá del patrón aparente de que cada tonalidad mayor fuera seguida por su relativa menor. El Preludio del compositor polaco Roman Statkowski, que rara vez se escucha, sirvió como una atractiva introducción a este fascinante viaje, conduciendo attacca al Preludio en do mayor de Bach, que parecía surgir del silencio.
Igual de intrigante fue la perfecta transición entre los Preludios nº 4 y nº 7 de Chopin. Los Preludios de Scriabin fluyeron con un rubato flexible, captando la cualidad cuasi improvisada inherente al lenguaje de este compositor. El Rachmaninoff reveló a Zimerman como un romántico consumado, mientras que los Minstrels de Debussy mostraron su otra faceta como ingenio versátil.
Nikolai Kapustin, al igual que Gershwin, inyectó asimismo ese refrescante toque de jazz al programa. La obra de Grażyna Bacewicz (concretamente el Largo de su Sonata para piano nº 2) se abrió de forma reflexiva con acordes inquietantemente reprimidos, poniendo en marcha una agitación que Zimerman desató con una intensidad intrépida.
El concepto de “Preludes & Co” del programa probablemente requiera alguna explicación. Al yuxtaponer obras que abarcan tres siglos, la selección exacta variaba. Zimerman explicaba que esta idea se inspiró en conversaciones con leyendas como Sviatoslav Richter y Wilhelm Kempff sobre la obsesión malsana por interpretar “obras completas”, así como en una reciente visita a una exposición que obligaba a los visitantes a explorar sin mapas. El propósito de Zimerman es el de que el público sienta que está emprendiendo un periplo con él a través de un programa desconocido:
un viaje que quizá ni yo mismo comprenda del todo.
Chopin es un músico al que Zimerman siempre ha admirado, desde que cautivó al público y al jurado del prestigioso concurso de Varsovia en 1975. Un maestro venerado, estudiado con paciencia, constantemente perfeccionado. El vigor expresivo solo se compara con su sensibilidad poética, destilada con maestría. Los formidables y demoledores planos sonoros se contrarrestan con una asombrosa suavidad de sonido en el pianissimo, sin mencionar un manejo igualmente notable de los silencios.
Refinamiento exquisito, dramatismo sobrecogedor, trascendidos por la limpidez de sus gestos: a lo largo de la velada, el gran pianista polaco ofreció una clase magistral de piano de cola, fugaz como un rayo. Como broche de oro, interpretó estas obras meticulosamente preparadas con partitura. Un mundo, sin duda, aparte, que le pertenece solo a él. Indudablemente, la esencia misma de su arte.
Tras las aclamaciones de la platea, sonaron a los bises la Arabesque nº 1 y Clair de lune de Debussy. Fue toda una revelación ver cómo estas obras tan manidas se transformaban en algo verdaderamente sublime; una clase magistral de control tonal: ese brillo nacarado, ese resplandor cristalino y ese caleidoscopio de colores en constante cambio...
Sin embargo, no se trataba solo del esplendor del sonido, sino también de cómo los propios timbres transmitían emociones, mientras Zimerman alcanzaba cotas pianísticas con las que la mayoría solo puede soñar.
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