Estudios fonográficos

El auténtico “Espartaco” de la música soviética

Andreu Ripol
Aram Jachaturián Spartacus Aram Jachaturián Spartacus © 1975 by Melodiya
0,0006209

Ya se ha comentado en otras ocasiones que, en los años setenta y ochenta, todavía en plena época del telón de acero, las grabaciones oficiales de los sellos de Europa del Este llegaban a España (si es que llegaban) en cuentagotas, y cuando por fin aparecían importaciones de estos catálogos, el aficionado podía sentirse de lo más feliz, invadido por títulos curiosos, raros, inaccesibles, amén de interpretaciones magistrales, aunque con una calidad de grabación, por lo general, no tan magistral, y unas presentaciones ciertamente pintorescas, muy alejadas del impacto comercial que solían presentar las discográficas occidentales. 

El sello Melodiya, marca discográfica oficial de la Unión Soviética, y poseedora, junto a Hungaroton y Supraphon (los sellos oficiales de Hungría y Checoslovaquia), de uno de los tres grandes catálogos procedentes del bloque del Este, es un buen ejemplo de este embrujo tan especial con el que las discográficas del Segundo Mundo lograban envolver al público del Primer Mundo. Vamos a hablar un poco de este sello, situándolo en la época mencionada, para después centrar nuestra atención en un par de sus títulos más emblemáticos.

Como ya se ha dicho, Melodiya fue el sello oficial del estado soviético, diseñado y patrocinado por el Ministerio de Cultura de la URSS, comenzando su andadura a principios de los años sesenta, y gozando, apenas diez años más tarde, de un catálogo con más de 1.200 discos, en su mayoría de música clásica, pero también de música pop, folclórica e infantil. Dentro del apartado clásico, siempre tuvo la pretensión de recuperar obras de autores rusos poco conocidas y de potenciar la obra de jóvenes compositores soviéticos del momento como Shchedrin, Schnittke, Denisov o Sviridov

También apostó por los intérpretes más destacados del país, algunos ya conocidos en occidente, y las más brillantes agrupaciones corales y sinfónicas, como el Coro y la Orquesta del Teatro Bolshoi de Moscú, la Orquesta del Estado de la URSS o la Orquesta Sinfónica de Leningrado. Realizó varios acuerdos comerciales con algunas compañías europeas o norteamericanas, en especial con Eurodisc y EMI, lo cual no llegó a ser un gran revulsivo para tener más presencia en los mercados occidentales.

No es mi pretensión desplegar un listado inacabable de títulos del catálogo soviético, ya que tendremos ocasión de ir comentando distintos discos en artículos posteriores, así que me limitaré a señalar las grandes y más significativas líneas, y, en este sentido, lo primero que se debe mencionar de los inicios de Melodiya, es su colaboración con el Teatro Bolshoi, que le llevó a realizar una serie de grabaciones de las óperas y ballets más importantes del repertorio ruso, algunos de ellos con poca presencia en los catálogos occidentales. 

Me estoy refiriendo a títulos como Boris Godunov, El Príncipe Igor, Yevgeni Oneguin, las dos óperas de Glinka o las más significativas de Rimsky-Korsakov. También se puede destacar la primera integral de las 15 sinfonías de Shostakovich, repartidas entre las batutas de, nada menos, que Kondrashin, Mravinski, Svetlanov, Barshai y el propio hijo del compositor, Maxim Shostakovich. 

Y no sólo de música rusa vivía nuestro catálogo, sino que, aprovechando el potencial de los grandes solistas del país, también nos dejó míticas versiones del gran repertorio, como un insuperable Clave bien temperado de Bach interpretado por Sviatoslav Richter, un espléndido recorrido por las sonatas románticas para violín y piano en las manos de David Oistrak y Lev Oborin, o también varias grabaciones del gran Mstislav Rostropovich, entre las que podemos incluir el Concierto para violonchelo de Schumann bajo la batuta de Gennadi Rozdestvensky, o la Sinfonía Concertante de Prokofiev dirigida por Kurt Sanderling.

Y si nos referimos a la música para ballet, uno de los géneros más queridos en Rusia, la vinculación entre Melodiya y el Teatro Bolshoi creció todavía más, y más allá del universo operístico. Los grandes ballets de Chaikovsky y Prokofiev fueron grabados por la orquesta del teatro moscovita, así como algunos de Minkus, y de otros de autores contemporáneos. Pero, probablemente, el gran acontecimiento del género en nuestro sello fue la grabación completa de uno de los ballets más largos, brillantes y espectaculares del siglo XX, además plenamente encuadrado en los más puros cánones del realismo socialista. 

Me estoy refiriendo a Spartacus, de Aram Jachaturián, compositor armenio, considerado uno de los pilares de la música soviética junto a Prokofiev, Miaskovsky, Kabalevsky y el gran Shostakovich, de quien fue íntimo amigo.

Aram Jachaturián

Dedicaré la segunda parte de mi escrito a esta ilustre grabación, junto con la del otro gran ballet del autor, Gayané, presentadas en su momento en sendas cajas prototípicas de las ediciones discográficas soviéticas; rústica y sencilla su presentación, y con un libreto en el que se exponían diversas fotografías de la escenografía y de los bailarines, así como un texto explicativo en ruso y en inglés. La calidad sonora de la grabación, así como el prensaje de los discos, más que satisfactorios dentro de lo que se podía pedir. Y nada menos que cuatro elepés, llenando una duración de tres horas de música en la versión completa de Spartacus, que además incluía cuatro números que el compositor descartó para la versión definitiva de la obra.* En cuanto a Gayané, de duración algo más breve, tres discos ocupando casi dos horas y media de espacio musical.*

Jachaturián explica en el libreto de Spartacus su fascinación por los “héroes democráticos” de la historia, aquellos que lucharon por su libertad y la de sus pueblos, así como su vinculación con el mundo contemporáneo, sobre todo, claro está, con la ideología socialista. Así pues el compositor armenio eligió a un grande entre los grandes en lo que a la lucha por la libertad se refiere y, con este héroe en las manos, se lanzó a explotar sus mejores armas compositivas: su facilidad melódica y su capacidad como orquestador, en especial, para crear construcciones sinfónicas colosales y constituir ambientes empáticos y entusiastas que enseguida cautivan el espectador. Aunque su estreno en Leningrado (acaecido en diciembre de 1956) no despertó un gran entusiasmo, unos años después, ya en Moscú, en la sede del Teatro Bolshoi, se convirtió en una de las obras de cabecera del público soviético, y posteriormente triunfó en el resto del mundo. Sucedió esto en 1958 y, sobre todo, en 1968, contando Jachaturián en estas ocasiones con el apoyo de dos grandes maestros de la coreografía soviética: Igor Moiseyev y Yuri Grigorovich.

La grabación que se presentó con el sello Melodiya fue realizada en 1975, todavía en vida del compositor, bajo la dirección del maestro lituano Algis Juraitis. Una interpretación excelente, brillante, muy vitalista, que, en todo momento, no sólo respeta sino que acentúa, las potentes (por no decir en algunos momentos exageradas) líneas melódicas del maestro armenio. Los grandes adagios, en especial el conocido Adagio de Spartaco y Frigia, y el Requiem por el héroe caído, sentimentales, ampulosos, frente a los momentos de máxima euforia, con su brillantez tímbrica sin límites, el triunfo rimbombante de la iniciativa libertaria del esclavo tracio que osó enfrentarse al poder esclavista ejercido durante la época de la República Romana.

Por su parte, Gayané, obra compuesta varios años antes, es quien realmente marca la línea del genuino estilo jachaturiano, esa combinación de espectacularidad y emotividad que tan bien sabía explotar nuestro autor desde sus primeras obras y que alcanzó su apogeo en el Spartacus. En el caso de Gayané, la apología del régimen aparece aún más evidente, al situarse la acción en un koljós soviético de Armenia, mientras que la heroína absoluta del ballet es una mujer capaz de denunciar a su esposo corrupto y traidor al régimen. La música quizás no alcanza el fasto ni la intensidad spartaquianos, sin embargo muestra la cara más brillante del nacionalismo armenio, con la explotación de varios instrumentos y melodías extraídos del folclore de este país, que culminan, casi al final de la obra, en la vibrante y popular Danza del Sable. Esta grabación no fue interpretada por los miembros del sempiterno Teatro Bolshoi, sino por la Gran Orquesta de la Radio y Televisión Soviética bajo la dirección de Djansug Kajidze, alcanzando realmente las mismas cuotas de calidad que las de sus colegas del Bolshoi.   

En conclusión, cuando se realiza la escucha de la música, exenta de las piruetas de los bailarines, el oyente se encuentra con dos obras entretenidas, interesantes, cercanas ambas, en muchos momentos, al carácter de las bandas sonoras, repletas de ideas musicales algo desiguales (geniales algunas, agradables otras, algo aburridas y repetitivas las que menos), en sendas superproducciones musicales de este auténtico “espartaco” de la música soviética que fue Aram Jachaturián.

Notas

Jachaturián: «Spartacus» (ballet completo). Orquesta del Teatro Bolshoi de Moscú. Algis Juraitis (director). Grabación de 1975 del sello Melodiya, reeditada en cd por IMP Classics en 1992, en la serie “Live from the Bolshoi”. También se encuentra en el catálogo de Apple Music Classical desde 2008

Jachaturián: «Gayané» (ballet completo). Gran Orquesta Sinfónica de la Radio y TV de la URSS. Djansug Kajidze (director). Grabación de 1978 del sello Melodiya, reeditada en cd por BMG Classics en 1999, en la serie “Live from the Bolshoi”. También se encuentra en el catálogo de Apple Music Classical desde 2008

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.
🎂 Mundoclasico.com cumple 30 años el 1 de mayo de 2026

Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.

Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.

🙌 Registrarse ahora