El Doric String Quartet es quizá el cuarteto de cuerda británico más destacado del momento, por lo que su tercera incursión en la obra de Ludwig van Beethoven desde 2023 reviste gran importancia ante la conmemoración del 200º aniversario de su muerte en 2027 (sello Chandos Records, de Colchester, Essex). El conjunto esta integrado por Maia Cabeza (I. violín), Ying Xue (II. Violín), Emma Wernig (viola) y John Myerscough (violonchelo).
Lo especial de este álbum (Vol. 3, con 2 CDs) es que guía al escucha a través de los tres períodos creativos de Beethoven —temprano, medio y tardío— y reúne precisamente aquellas obras en las que el genio universal y gran maestro de Bonn ya comienza a dejar atrás la fase correspondiente.
El Cuarteto para cuerda nº 3 -el primero de los que escribió Beethoven para su op 18 y con el que el comienza esta nueva entrega- es una obra luminosa, llena de ternura y de energía prometeica. Así ocurre con el Allegro, interpretado a un ritmo trepidante, con un toque de humor en ciertas frases, con una escansión tensa, sobre todo en los violines I () y II (Ying ).
El Andante con moto posee una gran transparencia y un refinamiento sonoro envidiable, especialmente en el violín I de Cabeza, que, por cierto, está muy solicitado a lo largo de toda la obra. El breve Allegro que le sigue ofrece una finura similar, y el trío central, con su entrelazamiento de notas, adquiere de nuevo un aire moderno.
El Presto, a un ritmo frenético, salta por todas partes sin tregua. Las diferencias dinámicas se respetan magistralmente, desde imperceptibles pppp hasta generosos forte. El bajo danzante también está muy bien concebido.
El esquema elegido por los cuatro músicos ofrece una visión esencial de las diferencias existentes entre los tres períodos creativos del compositor. Esta audaz empresa la lleva a cabo el Doric String Quartet con un éxito excepcional. Lo que entrega es un verdadero tesoro.
Beethoven compuso sus dieciséis cuartetos de cuerda entre 1800 y 1826. El período temprano, el de la imitación, agrupa a los seis primeros cuartetos. Le sigue el ciclo medio, la época de la creación dentro de los marcos antiguos, pero de liberación progresiva (cuartetos 59, 74 y 95). Y por último, la serie tardía, la de la conquista de nuevas formas, desde el op 127 hasta el op 135.
De facto, y con mayor precisión, todas estas fases se pueden agrupar en dos que contraponen los once primeros a los cinco últimos. La primera, anterior a 1817, ya muestra un estilo muy personal, que aúna objetividad y novedad, con la aparición del scherzo, que sustituye al minueto de Joseph y Wolfgang Amadé ; y la segunda, en la que la temática está más desarrollada, con una sucesión de movimientos más o menos similares, haciendo hincapié en el ritmo y, sobre todo, en el uso de la forma de la variación.
Y, es necesario reconocerlo, hay en todo ello un cierto hermetismo celoso, fruto de los conflictos internos del músico. Para su recorrido a través de todos estos álbumes publicados, el Doric String Quartet opta por un esquema más transversal, lo que a menudo hace más patente la diferencia entre los distintos períodos creativos. El sello ha seguido esta metodología en los tres álbumes publicados, si bien se aleja a veces un poco del orden cronológico de los conciertos.
El Cuarteto nº 3 op 59 que le sigue es el más heroico y también el más sinfónico. Tras la Introduzione, el Allegro vivace lo inicia el primer violín con un estilo que recuerda a un cuarteto de Haydn. Los cuatro dan prioridad a un impulso rítmico magistralmente controlado, sobre todo en los violines I y II. El Andante con moto quasi Allegretto destaca por el extraño pizzicato forte del violonchelo de John Myerscough, que da inicio a una larga frase dolorosa.
El cuarteto prefiere el encanto de la confidencia íntima al sentimentalismo. El Menuetto supone el resurgimiento de un estilo que se creía desaparecido en Beethoven, y el trío destaca por su dinamismo. El Allegro final alcanza una potencia sonora extrema: su apasionado tema fugado los músicos lo interpretan prestissimo, al igual que muchos de sus colegas de otros cojuntos de cuerda similares. Es tan inexorable, tempestuoso e ininterrumpidamente exaltado que deja al escucha sin aliento.
El disco compacto número uno también incluye el Cuarteto op 74, el de las arpas (1809), el Décimo, que supuso un punto de inflexión en la obra del maestro. Desde la efusión hasta el vigor, el primer movimiento (Poco adagio – Allegro) combina estos contrarios en una interpretación especialmente destacada del Doric Quartet. Hay quienes creen que el final ha inspirado, sin saberlo, a generaciones de bateristas de rock.
El Adagio se entrelaza como una melodía infinita que se encuentra en el Beethoven tardío, misteriosa, suavemente quejumbrosa; inmediatamente cantarina bajo los arcos de los cuatro, entre los que destaca la viola llena de colorido de Emma . El Presto, por el contrario, es casi combativo, algo que los cuatro muestran con un ritmo trepidante; y una elocuencia que deja sin respiración al oyente.
El Allegretto con Variazioni – Un poco più vivace - Allegro marca una ruptura, esta vez apacible, con su tema luminoso y dúctil, declinado en seis variaciones que a su vez presentan contrastes. La quinta, llevada por el primer violín de Maia Cabeza, que salta alegremente; la última, casi sinfónica, que anuncia a Franz y su Octava Sinfonía, La Grande.
El Cuarteto op 132, de 1823, y el op 135 completan el segundo disco compacto. El op 132 consta de cinco partes, con una pureza y una maestría en la escritura que aún desconciertan al público. Y esto ya desde el Assai sostenuto – Allegro – Adagio – Allegro – Adagio - Allegro, en el que el primer violín lanza alternativa y consecutivamente pasajes febriles o mesurados.
El Doric String Quartet explora con estilo territorios poco habituales y permite al escucha orientarse en este concentrado del pensamiento beethoveniano. El Allegro ma non tanto – L'istesso tempo – L'istesso tempo – Da Capo al Fine, salpicado de su eterno retorno del simple motivo de tres notas, revela la extraña tensión de este cuarteto de la última etapa. El trío suena como una musette, con un hermoso toque de humor.
En el extenso Molto adagio, los cuatro ven una música que abre las puertas de la eternidad, un himno de acción de gracias en dos partes: por un lado, una sección Adagio sostenuto que alimentan desde lo más profundo, con unísonos de las cuatro voces de un cantabile mágico.
Por otro lado, el Andante, en el que cada uno se despliega en un ritmo sincopado o se apacigua en una atmósfera celestial, que permite vislumbrar una prefiguración del Parsifal de Richard Wagner: allí donde todo parece congelarse, pero avanza imperceptiblemente hacia un todo. Las sonoridades del Doric String Quartet son catedralicias o evanescentes, y los silencios son, en sí mismos, música.
Aquí hay que darlo todo. El cuarteto británico se esfuerza en ello, y...¡vaya de qué manera lo hace! Este movimiento anuncia, las Alabanzas del Cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen. El Alla marcia alterna forte y piano, con bellas intervenciones de Maia Cabeza. Por último, el Allegro appassionato retoma la alegría de cantar, con un tema de magnífica melodía.
Los miembros del cuarteto trabajan intensamente el largo desarrollo ppp, que conduce a un potente episodio Presto en el que el violonchelo se eleva en su registro agudo. La coda es luminosa, como el final de este periplo iniciático a través de la obra de Beethoven, que concluye con el Cuarteto op 135, el decimosexto y último, más conciso que los demás de la postrer etapa y, quizá, de menor alcance.
El motivo juguetón del Allegretto no es más que el primero de una multitud de otros, con su cuota de imprevistos, muy bien dominados por el Doric String Quartet. El Vivace se eleva con una sonoridad etérea y un refinamiento magistral hasta el pppp más tenue. El Assai lento, que ofrece una meditación despojada, de una plenitud sobrehumana, parece surgir de la nada.
El cuarteto lo interpreta con moderación, como la frase del primer violín, dulcemente soñadora. El final, o el famoso teorema de la resolución difícilmente tomada, basado en el esquema de pregunta y respuesta Muß es sein? Es muß sein!' (¿Tiene que ser? ¡Debe ser!), bonita fórmula...es como una exhortación a reunir por fin todo el sentido moral de la humanidad.
Este consta de cuatro secciones encadenadas Allegro —Grave ma non troppo tratto – Adagio – Allegro – Grave ma non troppo tratto – Allegro – Poco adagio – Tempo I, que plantean la cuestión de la que surge una respuesta casi aliviada en un tema de marcha popular alegre. A continuación viene una fase casi sinfónica que contrapone las voces superiores e inferiores. El Doric String Quartet lo resalta, aunque sin excesos, como manda el espíritu británico; mientras, el allegro final avanza irreflexivamente.
Tal vez, algunas palabras más para concluir sobre la interpretación: en primer lugar, es dable destacar la formidable soltura con la que se ha escalado esta elevadísima cumbre, el fabuloso pulido instrumental, la generosidad del sonido, la intensidad del trazo y el refinamiento del gesto. A continuación, la cohesión y el equilibrio entre las voces, logrado gracias al esfuerzo de cada uno de los músicos por superarse; así como el uso de una amplia paleta en cuanto a colores y dinámica, hasta llegar a momentos dramáticos asumidos con naturalidad.
El sentido del ritmo y el marcado de los acentos mediante el respeto escrupuloso de las innumerables indicaciones de tempo que abundan en Beethoven; a lo que también hay que agregar el arte del silencio, que es, asimismo, musical. He aquí unas interpretaciones marcadas por una gran elegancia, típicamente británica, pero no fría, y por una ternura sin afectación, a cargo de cuatro músicos excepcionales: el tono radiante del primer violín de Maia Cabeza, al igual que su deslumbrante maestría en cualquier circunstancia.
Se sabe del carácter neurálgico que tiene el primer violín en un cuarteto de cuerda, mas el segundo violín de Ying Xue, es el verdadero pilar, el complemento indispensable, que también ofrece una sonoridad distinguida. La viola extravagante de Emma Wernig, colorida y expresiva, es esa voz media crucial en la formación del cuarteto. El violonchelo de John Myerscough, por último, profundo, cálido, tan refinado en los graves como lo es en los agudos el violín de Cabeza, se encuentra muy destacado en el otro extremo del espectro.
Quien escuche estos dos CD no solo disfrutará de cinco obras maestras, sino que experimentará cómo un genial creador reinventa un género pieza por pieza. La excelente grabación, realizada por el ingeniero de sonido Jonathan Cooper en el estudio de Potton Hall, de Dunwich, Suffolk, ofrece un aura sonora seductora y capta espacialmente las diversas voces en una imagen natural.
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