El Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor, op 83, de Johannes Brahms se erige como uno de los logros más monumentales del repertorio para ese instrumento. Esta obra maestra épica, tan llena de pasión y fuerza, así como los tres Intermezzi op 117 de Brahms, han sido reunidos en este álbum por el pianista Francesco Piemontesi, junto con la Gewandhausorchester de Leipzig, bajo la égida del maestro Manfred Honeck (sello PENTATONE Music, de Baarn, Utrecht, Países Bajos).
A menudo calificada de sinfonía con piano obbligato , la composición trasciende la forma tradicional del concierto, combinando la grandeza sinfónica con momentos íntimos propios de la música de cámara. La pieza abarca cuatro movimientos y no tres, y a diferencia de muchos otros conciertos, este tiene un alcance mucho más vasto, ya que el piano y la orquesta suelen entablar profundas conversaciones musicales en lugar de limitarse a poner de relieve al solista.
Brahms compuso su Segundo Concierto para piano entre 1878 y 1881, casi dos décadas después de su Primer Concierto para piano. Para entonces, Brahms se encontraba en la cima de su capacidad creativa, seguro de su voz, como pianista y como compositor. Es famosa la escueta e irónica descripción que hacía el autor ante un amigo suyo:
pequeñísimo concierto para piano con un minúsculo atisbo de scherzo .
Tras la tormenta desatada por su Primer Concierto para piano, Johannes Brahms regresa a un enfoque más sereno, comenzando su primer movimiento (Allegro non troppo) con un solo de trompa, modesto a la par que majestuoso, muy romántico y casi weberiano, que establece un tono de lirismo expansivo.
Esta apertura, sin embargo, da paso gradualmente a una atmósfera bastante violenta, atemperada por un sutil diálogo entre el solista y la orquesta. El piano entra con una serie de arpegios en cascada, iniciando esa conversación que fluye y refluye con ternura y grandiosidad heroica.
El extenso primer movimiento requiere un director que domine por completo la estructura a gran escala de la obra. , un excelente director de Brahms, se encuentra en plena forma, revelando una gran riqueza de detalles mientras guía al escucha a través de cada movimiento, clarificando la construcción sinfónica del concierto.
Es en el segundo movimiento (Allegro appassionato), que contrasta marcadamente con el primero, por su violenta intensidad, en el que irrumpe un estado de ánimo impetuoso, casi fantástico, en este Concierto; ardiente e inquieto, impulsado por la complejidad rítmica y la expresión apasionada, características de Brahms.
El tercer movimiento, un onírico Andante, es quizá el corazón emocional de la obra; es impresionante apreciar cómo solista, director y orquesta se escuchan atentamente e interactúan entre sí. Un tierno solo de violonchelo introduce una de las melodías más exquisitas de Brahms, un aire de música de cámara, antes de que el piano responda con belleza introspectiva. Tal vez el oyente pudiera temer que esa entrada inicial quedara eclipsada por la magnífica interpretación del violonchelo. Mas su arpegio ascendente posee una ternura conmovedora.
Este movimiento se percibe como un momento de quietud en medio de la grandiosidad. Es admirable la facilidad con la que comparte protagonismo con los solistas de la orquesta. La interpretación logra transmitir una honda sensación de arrepentimiento, como si Brahms buscara comprender y aceptar sus pérdidas personales.
La poesía yacente aquí transporta al escucha a un estado de emoción y contemplación que solo se consiguen cuando la música es genuinamente sincera y llega a profundidades abisales. Los tempos son ideales, e incluso, en este tercer movimiento, genera un impulso constante. Honeck logra una interpretación delicada, de gran riqueza sonora y llena de energía, por parte de la legendaria e impresionante Gewandhausorchester de Leipzig.
El movimiento final (Allegretto grazioso) es alegre y vivaz, voluble y etéreo; su trayectoria es lúdica. Brahms parece evocar con él un imaginario cuento folclórico húngaro. Su tema secundario tienta a la orquesta a un estado de ánimo más oscuro y reflexivo.
Mas la atlética y precisa articulación de Piemontesi contrasta esa opacidad. Los pasajes técnicos más difíciles se interpretan con brillantez, pero no llaman la atención sobre sí mismos.
El piano (Steinway D 274) baila junto a la orquesta en un elegante juego de encanto desenfadado y brillantez técnica e invita a los oyentes a deleitarse con la genialidad de la música en sí.
Los solos de los instrumentistas son asombrosos: basta con escuchar la trompa al comienzo del primer movimiento y el solo de violonchelo en el Andante. Más adelante, en este mismo movimiento, se puede apreciar el delicado diálogo entre Piemontesi y el clarinete, como si el oyente fuera testigo de una íntima conversación entre dos viejos amigos. Una interpretación de primera clase en toda la regla.
El toque sensible y flexible de Piemontesi resulta ideal para esta obra; su enfoque introspectivo extrae hasta la última gota de lirismo. En su interpretación encuentra una alegría mendelssohniana cautivadora, aunque manteniendo una potencia y fuerza constantes. Francesco Piemontesi sumerge literalmente al escucha en el resplandor y la agilidad de la música misma.
Francesco Piemontesi junto con la Gewandhausorchester de Leipzig dirigida por Manfred Honeck dominan con maestría la obra; esculpen con igual destreza el impresionante aparato orquestal concebido por Brahms para este Segundo Concierto para piano, que sigue siendo una obra maestra atemporal, una obra que exige lo máximo a los intérpretes y recompensa a los oyentes con una experiencia musical inolvidable. Tanto si se lo escucha por primera vez como si se lo vuelve a escuchar con oídos renovados, este concierto es un testimonio del genio y la humanidad de Brahms.
La Gewandhausorchester está sin duda impresionantemente muy bien en esta grabación, pero la riqueza sonora, cual exquisito mármol de Carrara, ha sido captada magistralmente en la gran sala auditorio de la Gewandhaus de Leipzig por el ingeniero de sonido Johannes Kammann; su sensibilidad para la música de cámara, su capacidad de escuchar e interactuar tanto con el solista Francesco Piemontesi como con el director Manfred Honeck y los músicos del colectivo, es maravillosa.
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