Ante la inminente conmemoración del bicentenario de la muerte de Ludwig van Beethoven, el próximo 26 de marzo, el pianista Igor Levit interpreta su memorable ciclo de las 32 sonatas de Beethoven durante una gira por siete ciudades del estado federado alemán de Renania del Norte-Westfalia.
Esta tarde hizo estación por segundo día consecutivo en la gran sala auditorio Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen, abarrotada de un público que le ovacionó hasta el paroxismo tras cada una de las interpretaciones programadas.
El recital lo concluyó con la Sonata nº 23 en fa menor, 'Appassionata', op 57, que recibió una interpretación ardiente, donde las haya, al tiempo que llena de misterio. Suena como recién salida del horno. De esta lectura de rigor absoluto emanó una sensación de urgencia, de inevitabilidad, con acordes contundentes, una dinámica abierta con retumbos del bajo, que confirieron al desarrollo un aspecto colosal de cabalgata heroica. El desarrollo del primer movimiento, Allegro assai, es emocionante.
La relativa simplicidad liberadora del melodioso Andante con moto, que Levit siempre ilumina tanto en cuanto a textura como a emoción, se plasmó mediante un enfoque hierático y una progresión sabiamente ordenada.
Levit disfruta de los extremos a medida que avanza hacia el finale, pero es tal su concentración y esa sensación inquebrantable de lo ineludible sobre cómo se desarrolla, que nunca resulta forzado. Ese Allegro ma non troppo - Presto sedujo y dejó sin aliento a la platea por su volubilidad, aunque no enturbió la comprensión de cargado discurso.
No es algo improvisado, Igor Levit, valiente virtuoso y ferviente embajador del humanismo de Beethoven, se ha dedicado desde el inicio de su carrera a la obra del genio universal de Bonn. Las clases con Karl-Heinz Kämmerling en Hanover debieron de ser especialmente determinantes. Levit dice que aprendió mucho allí, sobre todo a comprender el texto y a desarrollar la disposición al riesgo.
Este proyecto conjunto de la Filarmónica de Essen, la Filarmónica de Colonia, la Konzerthaus de Dortmund, el Festival de Piano del Ruhr y Heinersdorff Konzerte de Düsseldorf cuenta con el patrocinio de Ina Brandes, ministra de Cultura y Ciencia del estado federado de Renania del Norte-Westfalia.
Levit narra los dramas pianísticos de Beethoven con la voz de hoy, como lo hiciera en 2019 con su serie de grabaciones bajo el sello Sony con una claridad cautivadora, pero también con un dominio casi excesivo de las piezas.
El primero de los dos días de recitales en la Filarmónica de Essen, abarcó desde la obra debut del compositor, que rendía homenaje a Wolfgang Amadé Mozart (nº 1), pasando por un lejano eco de la Revolución francesa envuelto en una marcha fúnebre (nº 12) y una alegría delicadamente cincelada (nº 25), hasta uno de sus primeros momentos culminantes; Beethoven dedicó la optimista Sonata Waldstein (nº 21) a aquel mecenas que en su día le deseó que obtuviera el espíritu de Mozart de las manos de Haydn. Es en esta Sonata en la que se manifiesta de manera modélica el Beethoven maduro, original que maneja con libertad el material formal clásico.
En su segundo concierto, Levit mostró cómo Beethoven ya desde muy temprano daba rienda suelta a un impulso revolucionario (Sonata n.º 5) y, al mismo tiempo, era capaz de mantener la luminosidad y la ligereza (en las que más tarde se numerarían como sonatas nº 19 y nº 20). Y presentó además cómo a una condensación virtuosa y experimental (nº 22) le siguió una pasión que rompe todos los límites (nº 23, Appassionata), con un potencial rebelde que casi dejó sin aliento al propio solista.
El hecho de que esté tan metido en estas piezas no es ninguna sorpresa, ya que lleva tiempo interpretando ciclos completos por todo el mundo. Como cabría esperar de un artista que combina una inteligencia aguda con un gran estilo técnico, resulta absolutamente fascinante. Además, es un ciclo en el que no hay piezas favoritas: Levit se entrega por igual a cada una de ellas. Esto no significa necesariamente que todo sea un triunfo, pero su atención al detalle es muy cautivadora.
En general, Levit aborda los grandes contrastes y los acentos insólitos que conforman la proverbial rebeldía de Beethoven de una manera más enérgica que expresiva; le gusta mostrar ambas facetas, y estas encajan a la perfección con su música, que suele tener un fuerte componente interpretativo.
En los movimientos rápidos, opta por tempos intensos y supera con soltura incluso pasajes complicados. En esta velada hubo tantas expectativas auditivas diferentes como temperamentos interpretativos. El Beethoven de Levit es firme, bien articulado y meditado; este pianista polifacético, dotado de un virtuosismo aparentemente sin esfuerzo y capaz de crear una atmósfera mágica, está completamente inmerso y seguro de sus ideas, y los resultados suelen ser atrevidos, tensos o incluso implacables.
Esas características se transmiten sin ninguna vacilación. Realmente, presenciar y escuchar a Levit interpretar a Beethoven no resulta aburrido ni un solo instante, también porque permite seguir con deleite cómo el temperamento del intérprete y el del compositor a veces confluyen de forma congenial y otras veces no tanto.
Beethoven también fue un virtuoso del piano. Sin embargo, lo que Igor Levit pierde en ocasiones, con ese impresionante control y esa precisión milimétrica, es el riesgo. O sea, la libertad de alargar las frases, de darles un toque más sorprendente en el momento.
Mas esta precisión tiene la ventaja de que la interpretación de Levit resulta diáfana y de que es capaz de llevar su sonido hasta un pianissimo extremo, algo especialmente impresionante en los pasajes rápidos. Sin embargo, la tendencia de Levit a adoptar tempi descabellados hace que, en ocasiones, apenas se oiga lo que realmente está tocando.
A Igor Levit no se le ocurriría un tratamiento sumamente desenfrenado de las cadenas de semicorcheas. Para él, el texto musical, las indicaciones de piano/forte, los acentos o las indicaciones de tempo son lo primero. Solo dentro de ese marco se permite algunas libertades.
La precisión de Levit al interpretar el texto musical se manifiesta, por ejemplo, en el escaso uso que hace del pedal, al contrario de muchos otros pianistas que cubren todo con una generosa dosis de reverberación. No es el caso de este virtuoso concertista, que siempre corta últimas notas de forma nítida.
En los movimientos lentos se puede apreciar por qué las actuaciones en directo de Igor Levit son tan únicas. El Adagio molto de la Sonata nº 5 en do menor op 10 nº 1, con la que comenzó este recital, tiene una auténtica serenidad en su alma, lo que hace que el Finale: Prestissimo resulte aún más emocionante.
Igor Levit se sumerge en la música y elige, en ocasiones, tempos peligrosamente lentos; peligrosos porque el hilo de la tensión puede romperse en algún momento. No siempre consigue mantener la tensión a lo largo de las frases largas y lentas con la misma eficacia en todos los movimientos, pero de todas maneras conduce al espectador de forma narrativa a través de la austera oscuridad de los pasajes conciliadores.
Beethoven nunca se rebaja ante el intérprete, y tampoco Levit se muestra condescendiente con sus oyentes, tratando estas obras como el entretenimiento de alta calidad que son, muy dignas de la atención de un intérprete profesional de primer nivel. El par de sonatas en dos movimientos de la op 49 (que datan de la década de 1790, a pesar del número de opus) que vinieron a continuación recibieron igualmente interpretaciones pulidas y apreciativas.
El piano es, sin lugar a dudas, el instrumento predilecto de Beethoven porque le permite, al tiempo que respeta la forma y sus rigores, jugar con la libertad que le inspira, traspasando sus límites. Más que ningún otro músico, exige a este instrumento que insinúe y sugiera. Igor Levit lo sabe y pone el énfasis tanto en esa arquitectura rigurosa como en el espíritu de libertad con el que adorna sus interpretaciones. Hasta el punto de llevar el contraste al extremo, oponiendo momentos de densidad épica, casi martilleante, a pasajes de lirismo casi evanescente.
El público se puso unánime y espontáneamente de pie en la sala para aclamar a gritos a Levit, gesto que este agradeció con una miniatura, el noveno de los Doce estudios en tono menor, op 39, de Charles-Valentin Alkan, que le permitió distender algo los dedos de su mano derecha tras la vehemente interpretación de la Appassionata, en la que mostró una comprensión asombrosa de la estructura y el dramatismo de la pieza.
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