La columna de Ángel Mayo

Carmen y Amparo

Angel-Fernando Mayo (1939-2003)

viernes, 1 de mayo de 1998
Este artículo fue redactado con destino al programa del Festival 1998 de Amigos de la Ópera de A Coruña. Dado que es evidente que su interés excede con creces el marco local de Marineda (nombre literario de A Coruña en las novelas de Emilia Pardo Bazán) y la ocasión del Festival, hemos decidido ofrecer a los lectores de Mundoclasic.com esta deliciosa reflexión sobre las similitudes y disparidades de dos cigarreras, Carmen y Amparo, sobre el telón de fondo de la dura vida cotidiana en las fábricas de tabacos.Carmen es obviamente la heroína de Merimée, la mujer fatal y presunto arquetipo de la raza española, inmortalizada por Bizet en la ópera más popular de todo el repertorio [1]. Amparo, muchísimo menos conocida, es la protagonista de La Tribuna, la primera novela en castellano decididamente naturalista e incluso social o proletaria, debida a la inquieta pluma de esa gran dama del espíritu y de las letras que fue Emilia Pardo Bazán. ¿Qué puede haber en común entre estas dos criaturas de ficción, si bien con raíces realistas, y que razones son invocables para hablar de Amparo al escribir este comentario para el retorno de Carmen a Madrid? La primera respuesta que se me ocurre, a mí, no muy ducho en este campo de la escena lírica, donde, además, muchos tienen formada opinión propia, es que no creo que hasta ahora, salvo quizá en análisis literarios, se haya establecido paralelismo alguno entre la novela y la ópera, el cual, como se verá enseguida, no es disparatado.Por otra parte, a estas alturas de la larga vida de Carmen parece superfluo insistir en el desgraciado destino de Bizet, fallecido a los 36 años cuando su obra maestra acababa de subir 33 veces al escenario de la Ópera Cómica. Tampoco merece la pena perderse aquí en los vericuetos de las ediciones, en los pros y contras sobre la versión original con diálogos hablados y la revisión de Ernest Guiraud para Viena, del mismo año 1875, con los diálogos convertidos en recitativos. ¿Cómo añadir asimismo nada a las innumerables visiones de Carmen y de su personalidad, salvo la de convertirla en desalmada traficante de droga que embauca a un agente de la brigada de represión, don José, cosa que si no se ha hecho ya acabará ocurriéndosele a algún director de escena puesto al día? ¿Para qué entrar al trapo de la vieja controversia sobre si Merimée --hombre culto, frío y observador-- se atuvo a la España real o profunda, aunque vista sólo parcialmente, o incurrió en la españolada? [2]Hablemos, pues, de Carmen y Amparo sin más circunloquios, empezando por su trabajo.Las fábricas de tabacosCoruña es una de las 11 ciudades españolas que tuvieron fábrica de manufactura de tabacos. La primera que fucionó fue la de Sevilla (1620), si bien el monumental edificio de la acción de Carmen procede de la época de Felipe V, quien dio la orden de construcción. La más importante estaba en Madrid [3], seguida por la de Alicante, la de Sevilla y justamente la de Coruña, aunque, a pesar de la fuerte guarnición militar, el consumo no guardaba aquí relación con la elevada producción. En la época en que se desarrolla La Tribuna (1866-1872), la Palloza daba ocupación a 4.000 operarias procedentes de la ciudad y del campo mientras Sevilla empleaba a 6.000; los hombres --también quedará aclarado luego el porqué-- no llegaban al uno por ciento de esta cifra. Naturalmente, la industrialización y el maquinismo, que mejoraron las condiciones laborales físicas, redujeron y modificaron paulatinamente tales plantillas.Para Merimée, al igual que para Henry Meilhac y Ludovic Halévy, los libretistas de Bizet, la fábrica de tabacos de Sevilla, o mejor, su fachada, es sólo uno de los fondos ambientales de la acción, concentrada en el drama de Carmen y don José. Aun así, tiene importancia: existe cierta connivencia o comunidad de las desenvueltas cigarreras y sus vigilantes, simbolizada por los pitillos que ellos y ellas fuman, precedente indudable de la importancia ambiental que este vicio ha tenido después en el cine, en particular en el de la gran época de Hollywood; la fábrica es también, inevitablemente, semillero de rencillas entre tantas mujeres y más al mezclarse las gitanas y las payas [4], hecho habitual que un día cualquiera pone en marcha el encuentro fatal dispuesto por el destino.Para doña Emilia, la Olmeda de su imaginada Marineda es, por el contrario, junto con el Barrio Bajo (la Pescadería), el Páramo de Solares, que separa los dos núcleos urbanos principales, y el suburbio uno de los espacios necesarios para que surja y avance La Tribuna. Llegados a este punto, veamos la descripción que Edmundo D'Amicis hace de la fábrica de tabacos de Sevilla (La España, 1875), relato sin duda superficial pero lleno de color:"Las operarias se hallan casi todas en tres salas grandísimas, divididas cada una por otras tantas filas de columnas. La primera impresión es soberbia; a un mismo tiempo aparecen a la vista 800 mujeres, sentadas alrededor de la mesa de trabajo; las que están lejos, ya confusas, y las últimas, apenas visibles. Son todas jóvenes; pocas, niñas; 800 cabelleras negrísimas y 800 rostros morenos de las varias provincias andaluzas, desde Jaén a Cádiz y desde Granada a Sevilla. Se oye un estrépito como el de una plaza de pueblo llena. De la puerta de salida a la de entrada, en las tres salas, las paredes están llenas de sayas, mantillas, pañuelos y faldas, y, cosa curiosísima, todo aquel conjunto ofrece dos colores dominantes, ambos continuos, uno sobre otro, como los colores de una larga bandera: el negro de las mantillas encima y el rojo y rosa de las sayas debajo. Las muchachas vuelven a ponerse aquellos vestidos antes de salir. Como el calor es insoportable, se aligeran todas lo más posible; por manera que entre aquellas 6.000 apenas habrá unas 50 de quienes el visitante no logre contemplar el brazo, el escote o parte de la espalda [5] . Hay caras lindísimas, y aun las que no lo son tienen algo que solicita las miradas y se imprime en la memoria: el color, los ojos, las cejas y la sonrisa. Muchas, especialmente las gitanas, son de un moreno oscuro, como las mulatas, y tienen los labios hinchados; otras, ojos tan grandes que su retrato fiel parecería una exageración monstruosa; la mayor parte son pequeñas y bien formadas y casi todas llevan una rosa o clavel o un ramo de flores en las trenzas. Se les paga en razón del trabajo que hacen: las más hábiles ganan tres pesetas al día (...) Las madres trabajan, columpiando con una cuerda la cuna de sus hijos. De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de la de los pitillos a la de picadura, y por todas partes se ven sayas de colores vivos, trenzas negras y ojazos inmensos.¡Cuántas historias de amor, de celos, de abandonos y miserias encierra cualquiera de aquellas salas!". La descripción de la Pardo Bazán, fruto de varios meses de visitas a la Palloza, es muy otra: naturalista, recargada, negra, transida de compasión. He aquí los tres pasajes dedicados a lo que la escritora llama Purgatorio, Paraíso e Infierno, según se suceden en la novela:"La atmósfera estaba saturada del olor ingrato y herbáceo del virginia humedecido y de la hoja medio verde, mezclado con las emanaciones de tanto cuerpo humano y con el fétido vaho de las letrinas próximas" [6]. Por otra parte, el aspecto de aquellas grandes salas de cigarros comunes era para entristecer el ánimo. Vastas estanterías de madera ennegrecida por el uso, colocadas en el centro de la estancia, parecían hileras de nichos. Entre los operarias, alineadas a un lado y a otro, había sin duda algunos rostros juveniles y lindos; pero así como en una menestra se destaca la legumbre que más abunda, en tan enorme ensalada femenina no se distinguían al pronto sino greñas incultas, rostros arados por la vejez o curtidos por el trabajo, manos nudosas como ramas de árbol seco.El colorido de los semblantes, el de las ropas y el de la decoración se armonizaba y fundía en un tono general de madera y tierra, todo a la vez crudo y apagado, combinación del castaño mate de la hoja, del amarillo sucio de la vena, del dudoso matiz de los serones de esparto, de la problemática blancura de las enyesadas paredes y de los tintes sordos, mortecinos al par que discordantes, de los pañuelos de cotonía, las sayas de percal, los casacos de paño, los mantones de lana y los paraguas de algodón". Hasta aquí la visión de la sala de cigarros. Veamos cómo se dulcifica el relato al pasar a la de cigarrillos: "Entre el taller de cigarros comunes y el de cigarrillos, que estaba un piso más arriba, mediaba gran diferencia: podía decirse que éste era a aquél lo que el Paraíso de Dante al Purgatorio. Desde las ventanas del taller de cigarrillos se registraba hermosa vista de mar y de país montañoso, y entraba sin tasa por ellas luz y aire. A pesar de su abuhardillado techo, las estancias eran desahogadas y capaces, y la infinidad de pontones y vigas de oscura madera que soportaban el armazón del tejado le daban cierto misterioso recogimiento de iglesia, formando como columnatas y rincones sombríos en que puede descansar la fatigada vista. Si bien en los desvanes se siente mucho el calor, el número relativamente escaso de operarias reunidas allí evitaba que la atmósfera se viciase, como en las salas de abajo. Asimismo la labor es más delicada y limpia, los olores más gratos, y hasta parece que la claridad del sol entra más alegre a bañar los muros. La limpia blancura de los librillos, el amarillo bajo de las pajas, el gris de estraza de las cajetillas componían una escala de tonos simpáticos a la pupila. Y los personajes armonizaban con la decoración. Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda; apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, arrebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas que quedan confiadas al cuidado de una vecina; en el recién nacido, que llorará por mamar, mientras a la madre le revientan los pechos de leche... Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse. La que tiene buen pelo lo peina con esmero y gracia, que para eso se lo dio Dios; la que presume de talle airoso se pone chaqueta ajustada; la que sabe que es blanca se adorna con una toquilla celeste". Mas, después de este paso por los Campos Elíseos, donde mora Amparo tras penar en el Purgatorio, entramos en el Averno: "Si los pitillos eran el Paraíso y los cigarros comunes el Purgatorio, la analogía continuaba en los talleres bajos, que merecían el nombre de Infierno (...) En el taller de desvenado daba frío ver, agazapadas sobre las negras baldosas y bajo sombría bóveda, sostenida por arcos de mampostería, y algo semejante a una cripta sepulcral, muchas mujeres, viejas la mayor parte, hundidas hasta la cintura en montones de hojas de tabaco, que revolvían con sus manos trémulas, separando la vena de la hoja. Otras empujaban enormes panes de prensado, del tamaño y forma de una rueda de molino, arrimándolos a la pared para que esperasen el turno de ser escogidos y desvenados (...) Dentro de una habitación caleada [7] , pero negruzca ya por todas partes, y a donde apenas se filtraba luz al través de los vidrios sucios de alta ventana, vieron las dos muchachas [8] hasta veinte hombres vestidos con zaragüelles de lienzo muy arremangados y camisa de estopa muy abierta, y saltando sin cesar. El tabaco los rodeaba; habíalos metidos en él hasta media pierna; a todos les volaba por hombros, cuellos y manos, y en la atmósfera flotaban remolinos de él. Los trabajadores estribaban en la punta de los pies, y lo que se movía para brincar era el resto del cuerpo, merced a repetido y automático esfuerzo de los músculos; el punto de apoyo permanecía fijo. Cada dos hombres tenían ante sí una mesa o tablero, y mientras el uno, saltando con rapidez, subía y bajaba la cuchilla picando la hoja, el otro, con los brazos enterrados en el tabaco, lo revolvía para que el ya picado fuera deslizándose y quedase sólo en la mesa el entero, operación que requería gran agilidad y tino, porque era fácil que, al caer la cuchilla, segase los dedos o la mano que encontrase a su alcance. Como se trabajaba a destajo, los segadores no se daban punto de reposo: corría el sudor de todos los poros de su miserable cuerpo, y la ligereza del traje y violencia de las actitudes patentizaban la delgadez de sus miembros, el hundimiento del jadeante esternón, la pobreza de las garrosas[9] canillas, el térreo color de las consumidas carnes. Desde la puerta el primer golpe de vista era singular: aquellos hombres, medio desnudos, color de tabaco y rebotando como pelotas, semejaban indios cumpliendo alguna ceremonia o rito de sus extraños cultos[10]". Pese a las grandes diferencias existentes entre D'Amicis y Pardo Bazán --donde tienen su parte las actitudes y las intenciones del cronista y de la novelista, las características antropológicas y hasta el clima, que en Andalucía propicia las vestimentas de colores vivos y en Galicia las de tonos apagados y la presencia del inevitable paraguas-- la estructura de ambas fábricas de tabacos es la misma, aunque el edificio de Sevilla ocupaba 28.000 metros cuadrados y disponía de 28 patios, y su correspondiente Paraíso es a su vez el mismo, la sala de pitillos, donde laboraban, por decirlo llanamente, las chicas guapas, a buen seguro bien recomendadas. En la escritora gallega, no se da la imagen humana de las madres columpiando a sus hijos (lo hacían con los dedos del pie), pues en la Palloza parece que no se admitían criaturas. Por el contrario, doña Emilia añade la denuncia de la enfermedad consuntiva que afecta en particular a las moradoras y moradores del Purgatorio y del Infierno, quienes respiran constantemente el polvo de tabaco en suspensión. ¿Hubo estudios clínicos de las enfermedades comunes en las fábricas de tabacos? Confieso mi ignorancia. La descripción que hace la Pardo Bazán parece ir asociada a la dureza de la tarea, a la pura insalubridad del medio ambiente y a la deficiente nutrición. La madre de Amparo, cigarrera ella misma durante treinta años, yace en su cama, baldada, y su cuadro clínico no es en absoluto oncológico-pulmonar.Conviene decir todavía, aunque es casi obvio, que La Tribuna no tiene relación alguna con la fiesta de los toros. La escritora se refiere en una sola ocasión al "trapo de los toreros", para destacar el efecto del atavío de Amparo entre los comensales del banquete que el Círculo Rojo ofrece a los delegados de Cantabria y de, como se destaca con sorna, Cantabrialta. La plaza de toros vieja de Coruña, espaciosa (10.027 localidades) y moderna en su tiempo, no fue construida hasta 1884 e inaugurada el 2 de julio de 1885 por Frascuelo y Lagartija [11]. Sin embargo, Galicia, que dio al mundo un buen torero, Celita, ha tenido más actividad taurina de la imaginable en una región sin tradición ni ganadería de bravo, y contó con plazas de fábrica, además de la coruñesa, en Ferrol, Ginzo de Limia, Noya, Pontevedra, Santiago, Vigo y Vivero. Mas, como queda dicho, Carmen y La Tribuna carecen aquí de paralelismo alguno. Tampoco hay en La Tribuna referencias al contrabando, de rancia tradición en Sevilla, pero asimismo documentado históricamente en Galicia desde al menos la época del cura Balboa, encarcelado en 1694. Según Baudilio Barreiro, Balboa era el capo de una organización que suministraba tabaco a Lisboa y Bilbao.Amparo y CarmenSí nos importa, porque existe, el paralelismo entre Amparo y Carmen, situadas ahora en orden inverso, y en mucha menor medida entre Baltasar Sobrado, el frío seductor, y don José Lizarrabengoa, el apasionado conquistado. Para evitar más literatura, la constante utilización de los nombres y la pérdida potencial de ilación, me ha parecido útil pergeñar el siguiente cuadro a dos columnas: Paralelismo Amparo-CarmenAMPARO:1 Extracción social baja (suburbio). Padres conocidos, pero sin apellidos: el señor Rosendo, barquillero; la madre, una tullida.2 Durante la acción pasa de los 13 a los 18 años.3 Morena, grandes ojos (negros), linda de talle, altiva, gallarda, cierto sabor rústico, virgen.4 Cuida su imagen, le gusta el rojo [12].5 Su vida está en la calle, en el trasiego (ansia de libertad) [13].6 "Es usted la Libertad".7 "Superficial y vehemente, gustaba de experiencias y exterioridades; le lisonjeaba andar en lenguas y envidiada, nunca compadecida".8 Adora la música, el baile: malagueñas, habaneras, zapateados (boleros), tañe las castañuelas[14].9 Es religiosa, pero late en ella un fondo supersticioso.10 No tiene conciencia clara de los hombres y de su mundo, aunque los considera peligrosos.11 Sus confidentes son dos compañeras de trabajo: la Guardiana y la Comadreja.12 El trabajo en la fábrica la emancipa y le presta su dignidad personal.13 Es pitillera (lo más distinguido).14 No fuma, lo considera un atentado contra su profesión, casi un pecado.15 Sabe leer, si bien escribe mal, y tiene un pico de oro.16 Busca la popularidad en un activismo político banal, que la convierte en la Tribuna del pueblo.17 Queda deslumbrada por un hombre de clase superior: Baltasar.18 Ama y se equivoca, pero no se somete.19 Acepta el destino de la vida en el hijo (no duda en tenerlo).CARMEN:1 Extracción social baja (gitana). Padre desconocido; tiene a su madre en Navarra; tampoco se conocen los apellidos.2 No se da la edad, pero no supera los 20.3 Morena, grandes ojos (negros), linda de talle, altiva, gallarda, sabor popular. No es virgen.4 Cuida su imagen, más recargada. Aunque no se da el dato, el rojo casa con Carmen.5 Su vida es la calle, la fiesta, correr libre sin ataduras.6 "Carmen, ¿eres el diablo?".7 Esta caracterización es perfectamente aplicable a Carmen.8 Adora la música, el baile que lleva en la sangre; pero le gusta ser lasciva, seducir con la danza a los hombres.9 No es religiosa, pero sí supersticiosa; cree en el fátum inexorable.10 No tiene conciencia clara de los hombres y de su mundo, aunque sí sabe que debe dominarlos.11 Sus confidentes son dos compañeras de trabajo: Frasquita y Mercedes.12 El trabajo en la fábrica la emancipa, pero aspira a otra vida aventurera y lujosa.13 Es pitillera (lo más distinguido).14 Fuma porque el pitillo es suyo, la hace sentirse libre y seductora.15 Seguramente es analfabeta, aunque Merimée la hace hablar en vascuence. Su verbo es expresivo.16 Busca la popularidad por sí misma, como Carmen. La gitana: es la Carmencita.17 Queda deslumbrada por la autoridad, don José, y sobre todo por el triunfador, Escamillo.18 Ni ama ni se equivoca; ella es quien somete.19 Acepta el destino de la muerte.Paralelismo Baltasar - Don JoséBALTASAR1 Origen burgués alto2 Militar (capitán).3 Es coruñés, pero durante algún tiempo va destinado a Navarra.4 Hombre de orden.5 Frío, calculador, práctico.6 Seduce y abandona a Amparo.7 Es amenazado de muerte por Amparo.DON JOSÉ1 Origen hidalgo.2 Militar (brigadier).3 Es navarro, pero destinado forzoso en Sevilla.4 Hombre de orden.5 Apasionado, generoso, idealista.6 Ama con desesperación a Carmen.7 Mata a Carmen.Volutas de humoHasta aquí estos apuntes sobre Carmen y La Tribuna. Emilia Pardo Bazán, mujer culta, liberal, llena de vitalidad, abierta a todo, estuvo siempre puesta al día en cuestiones literarias, históricas, políticas y sociológicas, como lo acreditan sus novelas y la infinitud de artículos que publicó en numerosos medios. Feminista femenina, mujer hecha y derecha, de rompe y rasga, adoraba a Concepción Arenal. Si comenzó interesándose por Stendhal, Balzac, Flaubert y siguió con Zola, sus últimas preocupaciones llegaron hasta el análisis de Maeterlinck y de Tagore. Sin duda leyó la Carmen de Merimée. En cuanto a la ópera de Bizet, y aun contando con su afición musical [15], casi con toda seguridad pudo conocerla sólo en fecha posterior a la ideación de La Tribuna (1882). Deliberadamente no he querido investigar ahora el caso aun a riesgo de perder el Norte. Lo que importaba era atraer un poco la atención sobre la Palloza y Amparo, esta tangencial Carmen del noroeste, y encontrar, ahora que el tabaquismo es perseguido con furia apocalíptica [16] y ha desaparecido la movilidad del mundo militar, pequeñas afinidades, tenues hilos, concordancias de una época y una vida que han periclitado para bien y para mal: "L'amour est un oiseau rebelle/que nul ne peut apprivoiser". En definitiva, volutas de humo de la Sevilla de Merimée y de Bizet flotando de nuevo sobre la Palloza de la condesa de Pardo Bazán.Notas1 Después de descubrir el filón de oro que tenían en las manos, los al principio reticentes franceses la han representado en la Ópera Cómica más de 2.900 veces hasta que en 1959 se decidió abrirle solemnemente las puertas --había sólo el antecedente de 1907-- de la Gran Ópera. Es asimismo la ópera más representada en el MET y en el Covent Garden. Ha sido cantada al menos en 24 idiomas, incluido el japonés (Tokio, 1935).2 Gran políglota, dominaba también las formas dialectales. Con independencia de que hacer de Carmen una gitana navarra desarraigada (¡en Sevilla!) parece algo fantasioso, si bien no debe olvidarse que los gitanos son universales, Merimée transcribe y ubicó perfectamente los topónimos Elizondo y Echalar. El apellido de don José, por el contrario, parece erróneo: Lizzarabengoa (Lizarragabengoa). 3 Justo al redactar este comentario, a finales de julio, la prensa madrileña trae la noticia de que Tabacalera ha vendido el vetusto edificio de la calle de General Lacy, que tiene 15.349 metros cuadrados. La fachada será conservada y en el solar se construirán 120 viviendas. Esta fábrica, muy insalubre, estaba en la llamada, por mal nombre, Cuesta de las meonas. Después se dirá el porqué del dicho.4 La buena conciencia antirracista hace que se hable hoy de gitanos y de payos a tontas y a locas. Para el gitano, profundamente racista, payo es todo aquel que no pertenece a su etnia; pero, además, la voz tiene la acepción de aldeano, de campesino ignorante y rudo. Así, la astuta gitanería veía ayer en los payos rurales y hoy en los urbanos a bobos fáciles de embaucar. Entiéndase esto en sentido amplio y con toda clase de excepciones.5 Posiblemente, la primera producción que presentó a las cigarreras en ropa interior --corsés, enaguas-- fue la de John Copley y Stefanos Lazaridis, en el Sadler's Wells (1979). La desaparecida Pilar Miró hizo suya tal originalidad (Madrid, 1982). Aunque erróneo, este cuadro femenino tenía un fundamento. La repulsa del público madrileño, justificada en cuanto al conjunto del pobre y torpe espectáculo, revelaba aquí, al intensificarse, la más supina de las ignorancias. 6 Las instalaciones sanitarias de la Palloza eran malas, pero las de la fábrica de Madrid aún debían de ser peores: las cigarreras madrileñas salían a la calle, para aliviarse, y de aquí el mal nombre del lugar.7 La escritora quiere decir, sin duda, encalada. No sé si detrás de la voz utilizada, inexistente en castellano, subyace un galleguismo. 8 Amparo y la Comadreja.9 Esta voz tampoco existe en castellano.10 Descripción muy anterior a las películas del Oeste.11 No se trata del famoso Rafael Molina Lagartijo.12 Entrada en el Círculo Rojo: "Penetró airosa, vestida con bata de percal claro y un pañolón de Manila de un rojo vivo que atraía la luz de gas, el rojo del trapo de los toreros". 13 "La calle era su paraíso. El gentío la enamoraba; los codazos y empujones la halagaban cual si fueran caricias". 14 "Bailaba con la ingenuidad, con el desinterés, con la casta desenvoltura que distingue a las mujeres cuando saben que nos las ve varón alguno, ni hay quien pueda interpretar malignamente sus pasos y movimientos".15 En La Tribuna se hace referencia de pasada a la Traviata, Norma y El barbero de Sevilla.16 Quien firma este comentario no ha sido jamás fumador habitual y no cata el tabaco desde hace veinte años, cuando un Cohiba (bueno, medio), lo dejó para el arrastre.

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