Discos

Entre el telón y el retablo

Raúl González Arévalo

viernes, 2 de marzo de 2018
Charles Gounod: Cantates et musique sacrée. Marie Stuart et Rizzio (1837), Fernand (1839), La Vendetta (1838), Messe vocale (1841), Christus factus est (1842), Hymne sacrée (1843), Messe de Saint-Louis-des-Français (1843). Gabrielle Philiponet, Chantal Santon-Jeffrey, Judith van Wanroij (sopranos), Caroline Meg (mezzosoprano), Artavazd Sargsyan, Sébastien Droy, Yu Shao (tenores), Alexandre Duhamel (barítono), Nicolas Courjal (bajo). Flemish Radio Choir. Brussels Philarmonic. Hervé Niquet, director. Dos CD (DDD) de 128 minutos de duración. Grabado en Bruselas y Hervelee en abril y junio de 2016 y septiembre de 2017. EDICIONES SINGULARES - COLLECTION PRIX DE ROME VOL. 6 ES 1030. Distribuidor en España: Semele.

De la misma manera que la producción lírica de compositores de grandes obras de concierto o sinfónicas ha pasado frecuentemente desapercibida (ahí está Antonio Vivaldi), a la inversa los grandes compositores de ópera parecen no haber escrito otra cosa. Como mucho, misas, como los Requiem de Mozart, Donizetti y Verdi. Y aunque la obra instrumental, sinfónica y de cámara, del austríaco es sobradamente conocida y no han sido mutuamente excluyentes en ningún sentido, no ocurre lo mismo con los italianos: las composiciones camerísticas o para piano solo de Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi y Puccini, por citar los principales nombres del siglo XIX, siguen siendo rarezas a día de hoy y muchas continúan sin haber sido grabadas.

Si a esta circunstancia añadimos géneros poco transitados o encargos específicos, la invisibilidad aumenta. Es el caso de la cantata, composición barroca por excelencia que, sin embargo, siguió vigente durante el siglo XIX. Para muestra, las cantatas de Rossini: desgraciadamente el proyecto de Riccardo Chailly con Decca quedó a mitad y solo se publicaron los dos primeros volúmenes, de obligado conocimiento para los amantes del Cisne de Pesaro. Imaginemos si encima se trata de un tipo de composición asociado a un estilo, el barroco, y a una escuela: la italiana y la alemana (imposible olvidar aquí las cantatas de Bach en primer lugar). Por ese motivo, serán muchos los melómanos que se sorprendan al encontrar tres cantatas inéditas  de la mano de uno de los grandes compositores franceses del siglo XIX: Charles Gounod.

La explicación es sencilla: el prestigioso Prix de Rome convocado por la Academia de Bellas Artes francesa, inaugurado en 1663, incorporó desde 1803 la modalidad de composición musical. La prueba principal consistía en la composición de una cantata. De modo que hasta su extinción en 1968 cientos de compositores, jóvenes aspirantes, compitieron por el premio, una estancia de larga duración en Villa Medici en Roma con todos los gastos pagados. En consecuencia, hablamos de centenas de cantatas que duermen el sueño de los justos. No hay nombre que se precie que no figure en la lista de candidatos y, en el caso de los mejores, de los ganadores. Naturalmente, se dan situaciones paradójicas: la magnífica La mort de Cleopatre de Berlioz no le procuró el premio; con Herminie quedó en segundo lugar y La Mort de Sardapanale le otorgó finalmente el ansiado premio. Massenet, Ibert o Halévy fueron otros de los vencedores. Una vez en Roma había que componer una gran obra religiosa. En el caso de Bizet ya contábamos con ambas cosas, la cantata Clovis et Clotilde y un Te Deum, grabados por Naxos en 2009. 

La discográfica Ediciones Singulares sigue con su andadura singular –valga la redundancia– dedicada al repertorio galo con apoyo de la Fundación Palazzetto Bru Zane. A la colección principal, dedicada a la ópera francesa, se unen la de retratos y la del Premio de Roma, que ya va por su sexto volumen tras los dedicados a Claude Debussy, Camille Saint-Saëns, Gustave Charpentier, Max D'Ollone y Paul Dukas. Le ha tocado ahora el turno a Charles Gounod, de quien se celebra el bicentenario del nacimiento, así que más oportuno no podía ser el lanzamiento.

Las tres cantatas que compuso, núcleo del primer disco, son pequeñas escenas dramáticas cerradas. La primera está dedicada a una figura romántica por excelencia, María Estuardo; la segunda tiene otra ambientación romántica clásica, en este caso imbuida de orientalismo, el Reino de Granada, adelantando en mucho la confrontación entre moros y cristianos de la postrera Le tribut de Zamora que se recuperará este año. La tercera tiene como tema central otro clásico romántico: la venganza, en este caso en torno a la figura de un corsario (imposible no evocar aquí Il pirata belliniano). En todas ellas se aprecia el talento y la madurez del joven compositor, cuya orquestación es refinada desde los inicios y cuyas líneas vocales, aún sin el sello inconfundible de sus grandes óperas, revelan facilidad y una naturaleza cantabile innata. Sorprende en la parte dedicada a la reina escocesa el dramatismo que destila, más vehemente que el que encontramos en las obras de madurez, aunque no es ajena, sin duda, la interpretación que le imprime Gabrielle Philiponet. Muy bien Chantal-Santon-Jeffrey como Marcella en La vendetta. Judith van Wanroij es habitual del sello (para muestra, Les Danaïdes de Salieri) y aquí revalida las razones para una colaboración tan continuada, como brillante Zelmire de Fernand.

Tres son también los tenores: Sébastien Droy, habitual de la casa (salió al rescate de La reine de Chypre de Halévy el año pasado), compone un buen Rizzio para la reina escocesa. Sin embargo, la verdadera sorpresa la constituyen los dos desconocidos. Yu Shao hace doblete como Alamir y Lucien, exhibiendo un timbre cálido, como el canto, además de una pronunciación y un estilo muy buenos pese a no ser el francés su lengua materna y una frescura siempre bienvenida. Por su parte, Artavazd Sargsyan destaca en particular por la belleza vocal y la juventud en las piezas religiosas, el Hymne sacrée y la Misa de San Luis de los Franceses.

Las propuestas de Gounod en música sacra, que ocupan el segundo disco, son sorprendentes. Se trata de los trabajos que remitió puntualmente para justificar el trabajo desarrollado en Villa Medici, de 1840 a 1842. La Messe vocale es un homenaje en toda regla a Palestrina, cuya Missa Papae Marcelli resuena en cada nota y en cada compás, el compositor se empapó del estilo y lo reprodujo de tal manera que haría dudar de la cronología de su composición en una escucha a ciegas. El cambio de registro con el Hymne sacrée es enorme, hay una épica que trae a la memoria la grandiosidad de La marsellesa. El barítono Alexandre Duhamel, que lleva el peso vocal, realiza en él muy buen desempeño. Por último, la Misa de San Luis de los Franceses tiene indudables ecos mozartianos en su composición y planteamiento. Aquí destaca la calidad de los graves y la rotundidad del timbre de la mezzosoprano Caroline Meng.

En todas ellas Gounod imprimió su fuerte fe religiosa, de modo que los dos discos son las dos caras de una misma vocación: el teatro y la iglesia. Hervé Niquet sabe diferenciar perfectamente lo que corresponde a cada una, conque resulta más dramático en el primer disco y más solemne en el segundo, con una elección de tempi siempre intachable. A sus órdenes la Filarmónica de Bruselas se muestra igualmente flexible, sonando más cálida y redonda en las cantatas y algo más contenida en las piezas sacras. Y lo mismo sucede con el coro de la radio flamenca, que adopta el estilo antiguo necesario para la Messe vocale, sin vibrato, con sonidos blancos, y una impostación más romántica para las demás. En definitiva, una contribución esencial para profundizar en uno de los pilares del repertorio francés decimonónico, explicada con todo lujo de detalles, como siempre con Ediciones Singulares. Los textos internos y la reproducción de las cartas de Gounod y de su madre son auténticos estudios de enorme calidad, a la altura de la grabación y de la propuesta.

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