Chequia

De Bohemia a Rusia

Vicente Carreres

jueves, 19 de septiembre de 2019
Praga, miércoles, 4 de septiembre de 2019. Rudolfinum. Elena Stikhina, soprano. Filarmónica Checa. Director: Semyon Bychkov. Bedřich Smetana, La novia vendida, obertura y danzas. Piotr Illich Chaicovski, Eugene Oneguin, escena de la carta. Dmitri Shostacovich, Octava sinfonía. Concierto inaugural de la temporada nº 124
Semyon Bychkov © 2019 by Filarmónica Checa

Para muchos aficionados españoles la orquesta Filarmónica Checa es una institución emblemática. No solo fue la imagen más luminosa de su país en los tiempos del comunismo, sino que representa el último eslabón de una de las tradiciones musicales más ricas de toda Europa, por la cantidad y la calidad de sus músicos. El concierto demostró que esa tradición sigue viva y seguramente se encuentra en uno de sus momentos dulces.

Fallecido tristemente hace dos años el anterior director titular, el checo Jiří Bĕlohlávek, la orquesta decidió dar un golpe de timón contratando a una estrella internacional: el ruso Semyon Bychkov. No se ha equivocado. Lo que escuchamos el miércoles fue en gran parte mérito suyo. La interpretación no se desplegó en esa zona de seguridad donde tendía a instalarse el siempre solvente Bĕlohlávek. Porque Bychkov puede y quiere explorar los límites, de la expresión y del sonido.

Pero el acierto del ruso comenzó por la propia selección del programa, toda una declaración de intenciones, como exigía la ocasión: era el concierto inaugural de la temporada. Y esto no es cualquier cosa aquí en Praga. La música está en el ADN de la ciudad y del país entero. La gente la tiene metida en la piel. Comparar la proyección de Albéniz o Falla en España con la de Smetana y Dvořák aquí ni remotamente da una idea de la relación del pueblo checo con sus grandes músicos clásicos. Son héroes nacionales, y su obra tiene tanta fuerza emotiva como simbólica. Hablamos, pues, de un evento social y mediático de primer orden, que por supuesto retransmitía la cadena nacional de televisión.

Bychkov lo sabía: por eso quiso ligar al Smetana más nacionalista de la obertura y las danzas de La novia vendida con dos compositores rusos con quienes él se siente identificado musical y emocionalmente: el Chaicovski de la escena de la carta de Eugenio Oneguin y el Shostakovich de la Octava sinfonía, dos obras asociadas también con Praga: la primera por haber sido dirigida aquí por el propio Chaicovski, y la segunda porque fue en la capital checa donde se interpretó por primera vez fuera de Rusia. De manera que lo que parecía un viaje musical a un repertorio extranjero era también un retorno. Un retorno y una nueva alianza del director con su orquesta y con la propia ciudad. Además, la sucesión de las obras le servía para dibujar todo un arco histórico y expresivo: del mundo romántico al mundo moderno, de la danza a la tragedia.

El concierto fue vibrante desde el principio. El momento más logrado de la primera parte fue también el más significativo desde el punto de vista simbólico: la polka de La novia vendida. No olvidemos que la polka es de origen checo, y esta de Smetana se escucha y hasta se baila como danza nacional. Bychkov la hizo suya, se la creyó, inyectándole una vitalidad contagiosa: energía en los ataques, swing, equilibrio orquestal y variedad en el fraseo y la articulación. Arcos melódicos sinuosos salpicaban puntualmente el paso percusivo y cortante de la danza. Menos convincente me pareció la skočná o “Danza de los comediantes”: el tempo relativamente moderado marcado por Bychkov nos privó del frenesí que la trepidante música de Smetana ha producido en otras manos, como las del gran Georg Szell; la brillantez de la coda tuvo algo de convencional.

El cambio de registro expresivo llegó con Chaicovski. Con él sonaron por primera vez en la velada acentos elegiacos. La joven soprano rusa Elena Stikhina no tiene todavía la fama de otras compatriotas como Netrebko o Garifullina, pero tiene una magnífica voz de spinto: densa, homogénea, redonda en los agudos y con unos graves carnosos y oscuros. Y sabe decir, sabe expresar. Con medias voces, pianos y potentes expansiones dinámicas la soprano fue desgranando los cambios de ánimo que se producen en el curso de la escena. Bychkov la siguió como solo pueden hacerlo los verdaderos directores de ópera, mirándola, esperándola, haciendo respirar con ella a los instrumentos, arropando su voz, sustentándola con las cuerdas y sin buscar protagonismo para él ni la orquesta. Sin embargo, brillaron especialmente las maderas, que en la rica orquestación de Chaicovski dialogan y replican las frases de la cantante.

Pero fue en la segunda parte, con Shostakovich, cuando la temperatura subió al máximo. Se vio entonces que aquí estaba el punto focal del programa. Se vio que era esta obra la que daba sentido a toda la secuenciación: Smetana y Chaicovski habían servido de trampolín para saltar a este océano orquestal y expresivo que es la octava de Shostakovich. Parece difícil imaginar hoy una identificación más sincera, más emocional con esta música. Se acuerda uno de los mejores intérpretes de la producción sinfónica del compositor y muy particularmente del también ruso Mravinsky. Como él, Bychkov es en el fondo un romántico (no es casual la presencia de Chaicovski en el programa). Y como Mravinsky, Bychkov concibió la octava a gran escala, sobre todo el extenso primer movimiento. No fue una sucesión de efectos.

Desde el principio hasta el final, cada momento era una premonición: tenía un sentido, tenía un destino. La música estaba cargada de tensión, de expectación. Los motivos principales se destacaban con claridad cristalina, donde quiera que estuvieran, aunque fuera en el registro más profundo de la cuerda grave, dando coherencia a la sintaxis. Y la dinámica se fue expandiendo de forma paulatina, respondiendo al desarrollo de la propia sustancia musical. Es verdad que hay en el mundo un reducido dream team de orquestas cuyas cuerdas pueden fabricar pianísimos de absoluta pureza con volumen casi inexistente. La Filarmónica Checa probablemente no está entre ellas, pero se aproximó más que nunca. Bychkov le arrancó sonidos levísimos, nunca oídos con su antecesor Bĕlohlávek. Pero también llevó la orquesta al polo opuesto, descargando la tensión en explosiones atronadoras. No eran fuegos de artificio, sino episodios orgánicos de una tragedia sin palabras.

Y, sin embargo, las dinámicas extremas no mermaron la musicalidad ni el equilibrio de fuerzas que requiere esta escritura sinfónica de filigrana, donde se canta, se grita y se susurra, donde la orquesta es una sola voz y a la vez muchas, dispersándose en grupos de instrumentos para luego volver a unirse. Se lucieron las diversas secciones, dialogando y confrontándose con vigor y técnica sólida, y se lucieron los instrumentos individuales, como el corno inglés, que con lirismo y plenitud de sonido nos regaló el momento hipnótico de la noche: su solo del primer movimiento, tras un clímax de máxima violencia y sobre el trémolo amenazador de las cuerdas.

En resumen, un concierto especial, de esos que no se olvidan. Y sobre todo, una asociación que promete muchas cosas: la de una orquesta y un director. Quédense con estos nombres: Filarmónica Checa, Semyon Bychkov.

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