Alemania

Dover Quartet, fluidez y transparencia

Juan Carlos Tellechea
jueves, 20 de febrero de 2020
Dover Quartet © by doverquartet.com Dover Quartet © by doverquartet.com
Essen, jueves, 23 de enero de 2020. Gran sala Alfried Krupp de la Philharmonie Essen. Dover Quartet (Joel Link, violín; Bryan Lee, violín; Che-Hung Chen, viola; Camden Shaw, violonchelo). Wolfgang Amadé Mozart, Adagio y Fuga en do menor para cuerdas KV 546. Ludwig van Beethoven, Cuarteto de cuerda en fa menor op 95. Quartetto serioso. Johannes Brahms, Cuarteto de cuerda en si mayor op 67. 100% del aforo.
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Palabras ya bastante mayores en materia de música de cámara, el joven y varias veces laureado Dover Quartet cambió a último momento su programa y rindió homenaje a Ludwig van Beethoven en el 250º aniversario de su nacimiento, interpretando su Cuarteto de cuerda en fa menor opus 95 Quartetto serioso, en un extraordinario concierto ofrecido en la Philharmonie Essen.

Originariamente el cuarteto estadounidense, formado en 2008 en el Instituto Curtis y galardonado en 2010 (Fischoff) y en 2018 (todos los principales premios Banff), había previsto el Cuarteto de cuerda número 9 en mi bemol mayor op 117 de Dmitri Shostakóvich para su gira europea que lo lleva actualmente por Inglaterra, Francia, Alemania, Suiza y Eslovenia.

El cambio se debió a la enfermedad de la violista Milena Pajaro-van de Stadt, quien fue remplazada por Che-Hung Chen, excelente solista asimismo, junto a Joel Link (violín), Bryan Lee (violín) y Camden Shaw (violonchelo), cofundadores del colectivo.

Es el segundo concierto aquí desde 2018 del Dover Quartet que toma su nombre de la composición Dover Beach (1931) para voz media y cuarteto de cuerda opus 3 del célebre compositor Samuel Barber, también destacado alumno del Curtis. En aquel debut el cuarteto interpretó obras de Joseph Haydn, Alexander Borodin y Felix Mendelssohn Bartholdy.

Volviendo al opus 95 en fa menor (1810-1811), el propio Ludwig van Beethoven le dió el sobrenombre de Quartetto serioso, ya que, ciertamente, nos introduce en un mundo lleno de sombras, angustia, dolor y tensión. La pieza fue una especie de refugio para el compositor, buscando serenamiento por el amor profesado a su bella alumna Therese Malfatti y no correspondido por ésta. Grandes contrastes chocan en reducidos espacios en sus cuatro y breves movimientos.

El primero (Allegro con brio) combina un turbulento motivo principal con una lastimera y vacilante cantilena, sin mucha transición o desvíación en el medio. Emerge un estado de ánimo de insondable profundidad, una tensión que parece penetrar en cada fibra muscular de los músicos que lo interpretan con un sentimiento muy introspectivo.

Este temple se mantiene en los siguientes movimientos (Allegretto ma non troppo; Allegro assai vivace ma serioso; Larthetto espressivo – Allegretto agitato – Allegro) no en último término a través de sus audaces armonías. Hay suavidad, mesura, mucha delicadeza en la ejecución del Dover Quartet.

Después de que el scherzo retoma las bruscas tonalidades del comienzo se desemboca en un rondo final arrebatador y sensual que demanda otra vez, incluso desde el aspecto técnico, todas las fuerzas de los músicos.

Beethoven concibió un tema muy melancólico como idea central de este movimiento, pero cuanto más recurre a él más cambia éste y más deformado parece. La frase alcanza su clímax en un cambio repentino a fa mayor, probablemente fruto de instantes de creación más solaz, que el cuarteto estadounidense respeta hasta en el más mínimo detalle.

A este pasaje le sobreviene entonces una sección disparatadamente rápida, agitada e inquieta del primer violín que lleva a concluir la historia, como terminó en la realidad, sin un final feliz. Therese se casó en 1816 con un noble de la corte imperial austríaca y Beethoven quedó muy apenado, lamentándose, tal vez, de no pertenecer a su misma clase social. El compositor dedicó la pieza al violonchelista Nikolaus Zmeskall, testigo y confidente de aquellas desventuras amorosas.

El concierto había comenzado con el Adagio y fuga en do menor (1788) de Wolfgang Amadé Mozart que, al contrario del regusto seco que siempre dejan las fugas, reúne hábilmente pathos, anhelo y reglas. Seis años antes Mozart escribíría en una carta que todos los domingos a las 12 del mediodía iba a la casa del barón Gottfried van Swieten (un diplomático amante de la música y uno de sus mecenas más importantes) para escuchar obras de Georg Friedrich Händel y Johann Sebastian Bach.

Van Swieten tenía una gran biblioteca con partituras de esos compositores y se las prestó a Mozart para estudiarlas extensamente. Fue así que Mozart adoptó el lenguaje musical y las técnicas polifónicas del barroco. El encuentro con esta música fue un gran desafío artístico para él y le desencadenó la crisis creativa quizás más grande de su vida. En ningún momento de la biografía de Mozart ha habido tantos borradores y fragmentos de su puño y letra rechazados y apartados.

Una de las composiciones que prevaleció contra sus dudas fue la fuga para dos pianos en do menor KV 426 de 1783. Cinco años más tarde Mozart la editaría para cuerdas y la precedería de una gran introducción, Adagio, que con sus majestuosos puntillos evoca una obertura de ópera francesa. El par de movimientos, Adagio y Fuge, recibieron el número 546 del Köchel Verzeichnis.

En la fuga, Mozart supo saborear todas las perfectas técnicas que encontró en la música de Bach y Händel. El tema se mueve a un ritmo armoniosamente lento y, por lo tanto, es en particular adecuado para reflexiones y reversiones de todo tipo. En algunos momentos el Dover Quartet lo hace levitar en el aire; hay algo de enigmático y nostálgico en su conformación y los instantes de silencio que acota resultan tan elocuentes como las notas exhaladas por sus instrumentos.

Mozart sabe que le está permitido a la música sobrepasarse con algunos kilos de más, algo que en realidad nunca llega a tener. Algunas inferencias temáticas solo resultan simuladas. El sucinto comienzo del tema parece estar estrictamente de acuerdo con las reglas, pero luego irradia mucha libertad con sus luminosas figuras que los músicos transmiten con fluidez y transparencia.

Hábilmente el compositor equilibra el estrecho camino que se abre entre las reglas y la desviacion; todo esto coloreado con el dramático patetismo aferrado a la clave en do menor que subraya el cuarteto con exquisita sensibilidad. Dicho sea de paso, Beethoven también copió esta fuga para fines de estudio cuando estuvo por primera vez en Viena.

La interpretación expresiva y ponderada del Dover Quartet atrapa al público una y otra vez, como una fresca brisa. Cada uno de sus músicos tiene un carácter particular y una fuerte personalidad, pero los cuatro coordinan íntimamente a la perfección, de modo que la voz del conjunto brilla con luz propia.

El recital fue concluido con el último de los tres cuartetos de cuerda de Johannes Brahms, el opus 67 en si bemol mayor. Su editor musical lo había instado a componerlos. A Brahms le resultaba dificil escribir este tipo de piezas.

Era enorme para él la carga de la tradición vienesa (Haydn, Mozart, Beethoven) y postergaba la labor de forma autocrítica. En el género trabajó durante 20 años antes de publicar su propia creación en 1873, con la nota marginal de que anteriormente había compuesto más de 20 cuartetos y los había rechazado.

Hoy son el epítome de una labor temática y de contrapunto perfectamente integrada en la secuencia de las obras de Beethoven. En sus cuartetos de cuerda, Brahms siguió la tradición de aquellos compositores y a la vez anticipándose a su tiempo.

El tercer cuarteto de cuerdas de Brahms de 1875 (estrenado en 1876) es el más clásico de todos; no solo por las referencias al cuarteto de caza de Mozart, que no solo aparece de nuevo en la séptima variación al principio, sino también al final, antes de que la música se haga etérea y se esfume en el ambiente.

Brahms integró igualmente ritmos de danzas tradicionales como una polca (en el primer movimiento), una gavota (como tema del final) y otras expresiones barrocas o clásicas. La pieza se oye animada y ligera, alegre y desenfadada en las manos de estos descollantes jóvenes del Curtis Institute.

La magistral y nítida ejecución del conjunto, así como su profundo sentimiento musical fascinaron al público. El Dover Quartet destilaba aquí madurez, naturalidad, virtuosismo y excelencia técnica. La interpretación fue colorida, sutil, con mucha tensión en ciertos pasajes, y siempre nítida.

A los bises, los músicos interpretaron el animado Scherzo del Cuarteto número 1 en la menor de Robert Schumann. Las ovaciones y altisonantes expresiones de aprobación de la platea, que se puso entera de pie para homenajearlos, se prolongaron merecidamente durante largos y largo minutos.

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