Si uno lee o relee las páginas dedicadas a esta importante obra de Meyerbeer, que asoma tímidamente la cabeza después de años de desprecio y olvido, en el viejo libro de L. Dauriac, Meyerbeer (3ª.ed, París, 1930 . Ed. Alcan, cap.II, pp 136-158) y las compara con lo que ha presenciado, visto, y oído se rasca la cabeza confundido. Dauriac tenía un saber musicológico enorme y sus críticas ‘musicales’ son difíciles de refutar, pero cuando entra a tallar el ‘espíritu de la época’ y sus supuestos o prejuicios, como pasa siempre, uno ve caer bajo el hacha escenas, momentos e incluso personajes que en esta representación supusieron los momentos de mayor tensión y reconocimiento. Sólo en la escena de la coronación y en el final del acto tercero las reacciones parecen idénticas, lo que bastaría para decretar su calidad (¿o no?). Después de…
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