Alemania

Malos tratos y lesiones

J.G. Messerschmidt
jueves, 3 de noviembre de 2022
Thomas Hengelbrock © Florence Grandidier Thomas Hengelbrock © Florence Grandidier
Múnich, viernes, 28 de octubre de 2022. Isarphilharmonie. Alexandre Kantorow, piano. Orquesta Filarmónica de Múnich. Thomas Hengelbrock, director. Richard Wagner: Obertura de "El holandés errante". Serguei Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta nº. 1 en fa sostenido menor op 1. Johannes Brahms: Sinfonía nº 1 en do menor op 68. Intérpretes:
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No diríamos que Thomas Hengelbrock sea precisamente un director wagneriano, pero de todos modos, tratándose de un músico competente, esperábamos poder escuchar una correcta versión de la Obertura de El holandés errante. Ya la primera entrada no acabó de ser todo lo exacta que habría debido. A partir de aquí los desaciertos fueron acumulándose casi sin interrupción. 

La orquesta ofreció un sonido borroso, espeso. Los motivos que componen la pieza fueron mal presentados, de manera poco diáfana, formando un discurso musical mal trabado. Por momentos se advirtió un colorido tímbrico algo estridente, como si la Filarmónica de Múnich hubiera perdido la majestuosa oscuridad que le es propia. En el plano expresivo faltaron dramatismo, hondura y una línea conceptual clara. Al acabar la pieza se tiene la sensación de haber oído una versión más bien errática y descuidada, en la que el director no parece tener claro qué es lo que quiere decir.

En los compases iniciales del Primer concierto para piano de Rachmaninov podría creerse que la orquesta ofrecerá una interpretación adecuada. Pero, a medida que avanza la obra, se vuelve a caer en las mismas inconsecuencias, a las que se suman momentos de volumen a veces excesivo, que ahoga al piano solista. En realidad, esto no es una verdadera pérdida, pues el Rachmaninov de Alexandre Kantorow es muy poca cosa. Su poco feliz uso del pedal, su pulsación percusiva, sus prisas en determinados pasajes, unos muy inoportunos arranques de virtuosismo puramente mecánico, así como una notoria incapacidad para reconocer estructura, carácter y engarce de los temas, logran volver casi irreconocibles muchos compases de este concierto. De Rachmaninov queda poco. En el segundo movimiento, donde las indicaciones de tempo obligan a una cierta serenidad, la interpretación de Kantorow es banal y deshilvanada. En el tercero, llama la atención la pesada, tosca mano izquierda. 

A lo largo de toda la obra el legato brilla por su ausencia, el fraseo y la acentuación son duros, incoherentes y en algunos momentos, paradójicamente, el volumen es insuficiente. Ni virtuosismo es aporreo a todo trapo sin errar notas, ni romanticismo imitar a Richard Clayderman en los movimientos lentos.

Después de haber sido testigos de los malos tratos y las lesiones infligidas a las partituras de Wagner y Rachmaninov, optamos por retirarnos para no asistir a la comisión de nuevas crueldades, de las que con toda probabilidad habrá sido víctima la primera sinfonía de Brahms.

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