José van Dam como «Don Quijote» © Johan Jacobs | artistsman.ch
Cuando escribo una necrológica -cada vez con menos ganas- sobre un artista lo hago casi únicamente sobre alguien que he apreciado en particular y experimentado en vivo y me ha dejado algo más que un buen recuerdo o un buen momento. Y eso no tiene que ver con la fama que puedan haber alcanzado (sobre todo desde que hay medios tan cuestionables de ganarla). Puede ser que el nombre de Van Dam suene: incluso a algunos más que por su carrera de cantante lírico por su aparición como protagonista en el film Le Maître de Musique (1988, Gérard Corbiau) en caso de que se sea un poco cinéfilo (no mucho) y no sólo seguidor de ‘blockbusters’.
También estuvo -antes- en el famoso Don Giovanni de Mozart filmado por Joseph Losey, en uno de sus papeles más aplaudidos, Leporello, que hizo un cierto furor en su momento (1979). Como se ve hablo de entre cuarenta y cincuenta años atrás, lo que probablemente signifique la noche de los tiempos (no lo fue, aunque no eran nada fáciles).
En general rehúyo escribir datos biográficos y de carrera porque se trata de algo sumamente impersonal y que lo hace mejor, seguro, Internet (o por lo menos es lo que la gente cree, y allí puede dirigirse como a la Biblia). Más bien trato de recordar qué fue lo que me impresionó en su momento del artista en cuestión y si tuve algún contacto personal con él si es que supera la anécdota personal y puede significar algo de mayor interés.
La primera vez que lo vi fue en la Ópera de París (sólo estaba Garnier como ópera) del gran Rolf Liebermann … su Fígaro de Le nozze di Figaro era excepcional, individual y al mismo tiempo siguiendo la tradición, como hacían sus compañeros a quienes no nombro porque a algunos les haría rechinar los dientes de envidia y a otros les llevaría tal vez a preguntarse quiénes eran y si de veras eran tan buenos como los de hoy. Como he tenido contactos con algunos artistas importantes (de veras) de la actualidad con motivo de este fallecimiento, puedo decir, por ejemplo, que Erwin Schrott recuerda sus lecciones para preparar Carmen y, precisamente, el mismo papel de la ópera de Mozart.
Tardé en volver a verlo en escena, pero tuve suerte porque coincidió mi estancia en Bruselas con una asidua actividad suya allí en concierto y en ópera (a su vez, en forma de concierto o escénica). Lo vi también en Salzburgo y París, obviamente, donde también estaba muy activo (y ya era docente: en esa época no se daban masterclasses si no se tenía detrás una carrera sólida).
No voy a enumerar papeles, porque correría el riesgo de olvidar algunos, ni conciertos de cámara. Me remitiré a un Elias de Mendelssohn en el Palais des Beaux Arts (me resisto un tanto a la actualización ‘Bozar’ para facilitar impropiamente la pronunciación de la fonética francesa cometiendo un atropello lingüístico que nunca ha suscitado escándalo). No se trata de un ‘papel’ difícil, pero sí que hay que saber cantarlo y sobre todo hay que saber ‘decirlo’. La pronunciación de Van Dam fue siempre clarísima (incluso cuando al final de su carrera tenía algunos olvidos con papeles nuevos que tuvieron poco recorrido), pero más lo era la intención con que decía sus palabras. Este ‘héroe’ resultaba para él igual de importante que sus Boris de la ópera homónima de Mussorgski o su Philippe II (lo recuerdo siempre en la edición francesa de la ópera de Verdi).
No era Van Dam un artista extrovertido; había un gesto, una mirada, un paseo por la escena que daban el sentido justo y ‘desnudaban’ al personaje. En este sentido lo vi dos veces en un título que francamente a mí no me dice mucho (lo siento, uno tiene sus límites) que es el San Francisco de Asís de Messiaen, una obra desmesurada a la que estuvo unido desde el vamos. La obra es agotadora y la presencia del protagonista prácticamente está todo el tiempo en escena. Recuerdo sobre todo la que a mí me sacaba de mis casillas, que es aquella en la que el santo dialoga con los pájaros y los va llamando por su nombre uno a uno: se necesita un Van Dam para que aquello no se convierta en un catálogo de aves (no exóticas, precisamente, pero sí en gran variedad) y adquiera sentido.
Cuando presencias algo que no te interesa especialmente, pero un artista lo convierte en tan fundamental como para que lo recuerdes treinta y pico años después y además te tomas dos tazas sin que nadie te obligue, o sea que vas una vez más a verlo (casi para comprobar si ocurría lo mismo, y sí, ocurría), algo habrá tenido aquel señor no muy alto, con una hermosa calva, intensos ojos azules, y una ‘reserva’ –creo que no le gustaba llamar la atención, cosa inevitable.
Y tendré que recordar, cómo no, con profunda emoción su despedida de la ópera en La Monnaie el mismo año en que yo me despedía de Bruselas (2010; está por suerte el video o dvd, ya que fue además una de las puestas en escena más poéticas de Laurent Pelly). Como nunca vi a Nicolai Ghiaurov en escena (sólo en concierto la escena de la muerte) porque se la mezquinaron todos los teatros -queda por suerte esa grabación única con Crespin y Bacquier, para recordar de paso entre qué artistas se movía Van Dam- tengo que decir que he tenido la suerte de ver este título algunas veces y la interpretación que del ingenioso hidalgo hacía Van Dam, al terminar su carrera y con una voz sin duda ‘algo’ mermada por el paso del tiempo, es probablemente la que más atesoro y quedará siempre entre mis referencias de alta escuela de interpretación y de canto (además francés, que no es lo mismo que el italiano, el ruso, el alemán o el inglés, también ya que estamos).
Lo conocí muy fugazmente en una función en un teatro (no diré el nombre ni el de la ópera que se daba en una velada más bien mediocre). Ni siquiera me presenté porque di vuelta por un pasillo en la pausa y allí estaba, solo. Tuve uno de esos momentos que a veces tenía cuando era más joven y sin más le dije ‘Maestro, si usted estuviera esta noche aquí…’. Tuvo una mirada tranquila, irónica y me dijo: ‘Usted y yo podemos pensar que hay en esta obra un papel para mí…Usted me dice eso porque me ve como espectador y piensa, tal vez con razón, que estoy libre y alguna función podría cantar. Tal vez tenga usted razón, pero para eso ni usted ni yo podemos hacer nada salvo esperar que alguien más lo piense y se decida a invitarme.’
Me dio brevemente la mano y siguió su camino. Y yo me quedé entre emocionado e inútilmente rabioso.
Podría acabar aquí, pero siempre he pensado que para evocar a un artista es siempre mejor que lo haga otro artista (no necesariamente del mismo oficio, aunque si puede ser, mejor aún). Me voy a permitir citar dos pequeños extractos. Uno procede de una cuenta en Facebook (yo me he ido de eso luego de una semana, así que me lo ha copiado un compañero de liceo de mi misma edad porque cuando lo vio pensó en mí). La cuenta se llama ‘´por siempre coloneros’ (obviamente, referido al dichoso Colón de Buenos Aires).
hay un recuerdo que volvió con una claridad física. El Winterreise de Schubert…. Algunos estudiantes…estábamos en la cazuela…como tantas veces cuando éramos estudiantes y no había plata, pero sí hambre de música. Cerrábamos los ojos. Un silencio sobrecogedor en el público. Escuchábamos desde arriba, incómodos, escondidos. Así se escuchaba distinto. Así se aprende siempre. Van Dam no ‘actuaba’ el dolor….
Estaba por cerrar, pero a veces está bien esperar porque apareció la evocación de Ludovic Tézier en Instagram. Y esta es una perla de un maestro hablando de otro así que dejo como final la última parte en el francés original que no voy a traducir (hay máquinas ya preparadas para eso y creo que en el mismo sitio):
Cette disparition, douloureuse et abrupte, remet sur lui le projecteur de nos scènes, qu’il aura si génialement habitées. Et c’est un signal aux jeunes générations, dont il s’est occupé affectueusement jusqu’au bout: écoutez et étudiez José, et vous approcherez ce qui est vraiment grand à l’opéra. Bravo à toi, merveilleux vaisseau du beau et du sacré. Je me lève et t’applaudis, comme on embrasse un père, avec pudeur et amour. Adieu! Merci pour ton amitié, ton humour espiègle et le chemin que tu as ouvert à qui aura voulu le suivre. Ton Ludo
El texto en negrita es mío, porque ese es el sentido de cualquier tradición seria.
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