La Deutsche Oper am Rhein de Düsseldorf tiene una larga tradición con las puestas en escena de Electra, de Richard Strauss. Fue la primera producción estrenada en 1956 cuando esta casa de ópera se inauguró tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En aquel entonces la obra fue dirigida por Karl Böhm; y Astrid Varnay interpretaba el papel protagonista.
Hasta la fecha, este escenario ha presentado cerca de media docena de nuevas producciones de la referida ópera de Strauss, tan difícil de escenificar como en su estreno mundial en la Ópera Real de Dresde en 1909. Strauss venía de estrenar una escandalosa ópera en un acto, Salomé, creada también Dresde en 1905; ambas bajo la dirección de Ernst von Schuch.
En la presente oportunidad el director general musical Vitali Alekssenok, al frente de la orquesta Duisburger Philharmoniker, y el elenco entero de solistas, con la extraordinaria y electrizante (valga el redundante término) soprano dramática Ingela Brimberg a la cabeza, fueron aclamados y vitoreados hasta el paroxismo por la platea. Brimberg sustituyó por enfermedad a Magdalena Anna Hofmann.
Pero la descolorida régie de Stephan Kimmig y su equipo (escenografía Katja Hass; vestuario Anja Rabes), quienes debutaron esta tarde en la Ópera de Düsseldorf, recibió en cambio un alud (algo exagerado) de abucheos, como muy pocas veces se escuchan en este teatro.
Tanto otrora como hoy, se trata siempre de una producción excepcional en todos los sentidos, que pone de relieve a una obra con una fuerza de extraordinaria intensidad y notoriamente difícil de llevar a escena. Pocas narrativas operísticas son tan potentes como . El drama de Hugo von , basado en la tragedia homónima de Sófocles, estrenada en Atenas alrededor del 430 a. C., se representó por primera vez el 30 de octubre de 1903 en el Kleines Theater de Berlín, en una producción dirigida por Max Reinhardt y protagonizada por Gertrud Eysoldt en el papel principal, en presencia de Richard Strauss. Dos años después, la ópera se estrenaba en Dresde y se convertía en un éxito mundial.
A Richard Strauss le lleva en definitiva 105 minutos adentrarse en esta modernidad musical con un desmesurado volumen, una brutal fuerza orquestal y un canto casi violento, esta tarde a través de la Filarmónica de Duisburgo, bajo la égida de Vitali , director titular hasta 2027. Este supera con creces la prueba de esta apasionada partitura.
No hay ni siquiera una obertura que prepare sutilmente al público para lo que se avecina. Todo lo contrario; el estremecedor estruendo de los metales lo lanza de lleno a la arena. La opulencia sonora inunda ocasionalmente la sala a expensas de las disonancias nítidamente definidas.
Cuando importa, Alekseenok lo controla todo con precisión. Maderas apagadas y amenazantes, cuerdas que se deslizan, acordes ominosamente brumosos, guiños al impresionismo, ritmos meticulosamente observados.
Se oye a veces una articulación excesivamente melódica e imprecisa y momentos de arrollamiento en lugar de matices detallados.
La Orquesta Filarmónica de Duisburgo muestra algunas debilidades, pero todas las fortalezas de su sonido individual, asegurando así una velada de estreno musicalmente emocionante. Músicos y cantantes son merecidamente aclamados.
Pero no solo la poderosa música marca nuevas pautas. Con su libreto, el vienés Hugo von Hofmannsthal abre el camino al psicoanálisis de la tragedia griega. Aunque el poeta sigue la trama externa de Sófocles, desplaza decididamente el foco hacia los abismos psíquicos de los personajes.
Todo director escénico se enfrenta a la dramaturgia del exceso. Y Kimmig no fue la excepción. Este la aprovecha con su arte de habitar un texto y proponer un concepto teatral total. Lo demuestra mediante una dirección meticulosamente elaborada de los actores, considerando cada detalle de sus actitudes e incluso de sus gestos y miradas, que el vídeo en directo (Ulrike Schild) capta de lleno con estremecedores primeros planos.
Se centra en una exploración minuciosa y profunda de las interacciones entre los tres personajes femeninos y la fuerza a menudo primigenia de sus confrontaciones. Esto es particularmente evidente en el diálogo entre Electra y Crisótemis (Liana Aleksanyan), la hermana menor que anhela escapar de la tragedia que ata el destino de la familia. Suyo es el forte sostenido con voz de acero y rango expresivo limitado. El miedo y la necesidad de amor permanecen sin explorar su sus poderosos notas.
Luego está el conflicto entre Electra y Clitemnestra (Linda Watson), vestida con un atuendo de lentejuelas verde reptil ponzoñoso. La madre, intentando superar el muro de odio que la separa de esta joven solitaria a la que quiso desterrar y de quien ahora busca consejo. Con su canto fresco y lleno de matices, retrata no a una asesina cínica, sino a una mujer profundamente atormentada, sacudida por la angustia interior. Watson brilló hace 13 años en el papel de Electra en esta misma Ópera de Düsseldorf, de la que es Kammersängerin y miembro honorario de la Deutsche Oper am Rhein, desde que se retiró del elenco en 2022.
Finalmente, está el conflicto entre Electra y un Orestes (Richard Šveda) sorprendentemente normal, un barítono melodioso, durante ese abrumador momento de reencuentro, que paradójicamente solo desemboca en una contenida explosión de emociones. Su confidente, Thorsten Grümbel, también se defiende con soltura, sin forzar la audacia.
Kimmig ofrece un estudio psicológico que lleva a cada personaje al límite, impulsado por una fuerza interior más que por un realismo superficial. , psicóloga de formación, interpreta de forma magistral los sutiles matices de su papel y la vulnerabilidad psicológica en la expresión musical.
Lejos de una atmósfera histérica, la dirección establece una tensión creciente e inexorable que no rehúye los momentos de ternura. Además, sitúa la trama en un espacio mental más amplio que incluye el fantasma de Agamenón (Aliaksei Liubezny), rey de Micenas, según la mitología griega. Liubeszny (artista del Cirque du Soleil) lo encarna como el espíritu de un muerto, disfrazado de payaso, con el rostro pintado de blanco y rojo, y mostrando gran agilidad acrobática.
Y utiliza el espacio físico del patio interior de un edificio de viviendas de clase media (quizá en un país de la Europa meridional) con una limusina BMW serie 5 de la década de 1980 (montada sobre cuatro soportes; Electra, vestida con overol trabaja con una gran llave inglesa en la reparación del coche) para referir que estas patologías psíquicas ocurren también hoy -no solo en un palacio real o en la Casa Blanca de Washington- y que no tienen ni solución mecánica ni coactiva.
Ingela Brimberg cantó con un fraseo expresivo y no necesitó forzar la voz a menos que la orquesta la llevara a ello. Su primera expresión: «¡Sola!», tuvo un tono escalofriante, y su súplica a Agamenón para que se revelara a su hija sonó tierna y conmovedora.
Esto implica inevitablemente tomarse algunas libertades con las acotaciones escénicas. La régie sigue su curso hábilmente. Una estela de violencia recorre la maldita estirpe de los Atridas, mucho antes de que comience esta ópera: el abuelo de Electra sirvió a su hermano a sus propios hijos como manjar; su padre, Agamenón, sacrificó a la hermana de Electra, Ifigenia, y la desesperada madre, Clitemnestra, y su amante, Egisto (Cornel Frey) asesinaron a Agamenón con un hacha en el baño. Este cómplice, que parece uno de esos oficinistas comunes y corrientes que regresan a casa de su trabajo, es un Egisto ornamentado en su voz, mas sin caer en la estridencia de la comedia.
Los hijos tampoco encuentran paz: Electra no puede llorar su pérdida; desesperada y con rudeza, se sumerge en su odio. La venganza debe ser consumada de la misma forma: la madre asesina y el amante deben morir. Su hermana Crisótemis se niega a seguirla; su hermano Orestes debe llevar a cabo la venganza por su amado padre: la siguiente generación toma el hacha…escondida en el maletero del BMW.
Asesinada, Clitemnestra yace en un ataúd blanco que es transportado en una carretilla al patio. Sus tres vástagos, repentinamente empáticos, se encargaban de limpiar el rostro, las manos y los pies de la difunta, borrando las huellas de la violencia. En el concepto de Stephan Kimmig, expuesto en el programa de mano, dizque a través del “toque táctil” del cadáver de su madre, el trío se “rehumaniza”.
La densa obra en un acto de Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal, para gran orquesta y voces de gran potencia dramática, enfrenta aún hoy a los extremos de la psique humana. El director Stephan Kimmig, aclamado en el teatro y la ópera por sus fuertes retratos psicológicos, se llevó una impresión muy negativa de su primera recepción en la Deutsche Oper am Rhein. La soprano Ingela Brimberg tuvo poco tiempo para preparar su actuación. Pero recientemente había sido aclamada en otra producción de Electra que tuvo por escenario la Elbphilharmonie de Hamburgo.
Si bien el texto no dice explícitamente quién comete el segundo asesinato, está claro que Orestes es el responsable. Sin duda, este detalle final busca dar mayor profundidad al papel de una mujer no tan débil como podría parecer. Y, en general, otorgar igual peso dramático a los tres personajes femeninos. Porque aquí, nadie domina a nadie. Finalmente, el énfasis puesto en el colapso mental que afecta simultáneamente a Orestes y a Electra al final de la ópera es particularmente acertado.
Mara Guseynova (la confidente) y Charlotte Langner (la acarreadora) dejan que sus voces brillen en los pocos momentos en que aparecen; el quinteto de doncellas (Maria Polańska, Ezgi Kutlu, Kimberley Boettger-Soller, Maria Koroleva, Heidi Elisabeth Meier), que rodea a la celadora (Romana Noack), suena también con serenidad en la voz y gran belleza.
La venganza de Electra no termina en una catarsis heroica, sino en una danza frenética, extática, como la de las ménades, que finalmente la lleva a la muerte. Hofmannsthal reacciona ante el clima intelectual de su época: el odio fanático de Electra hacia Clitemnestra se presenta como un síntoma de sexualidad reprimida. Es un delirio sugerido desde el principio y luego visualizado a través de un vídeo (Lisa Reutelsterz), que cubre el fondo del escenario, mostrando un límpido cielo azul y remplaza la imagen de la sangre.
Orestes, cuyo destino es ser sacrificado a las vengativas erinias hasta perder la razón, abandona el escenario durante las convulsiones finales de la música, vagando como un autómata. Al término de una velada espectacular en la Ópera de Düsseldorf, esta producción de Electra no pasará de ninguna manera al olvido ni para bien ni para mal.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios