La Deutsche Kammerakademie Neuss abrió su temporada 2026/2027 con un magistral concierto bajo la égida de Isabelle van Keulen, titulado Virtuose Begegnungen (Encuentros virtuosos), con el joven y laureado violinista Jacques Forestier, como invitado, cuyo debut discográfico (sello Warner Classics) ha sido reseñado en estas páginas.
El excelente programa, confeccionado por la orquesta y la directora Isabelle van Keulen (además violinista y violista), comenzó con la brillante interpretación de la encantadora Serenata para cuerdas op 12 de Sir Lennox Berkeley, una obra en cuatro breves movimientos (Vivace; Andantino; Allegro moderato; y Lento) punzante, conmovedora, y desenfadada desde su inicio.
La Serenata es una de esas piezas musicales muy raras y excepcionales escrita en 1939 por Berkeley, un compositor de cualidades envidiables e injustamente casi olvidado. La obra, su primer gran éxito en aquel entonces, es segura, chispeante, positiva y enormemente agradable, todo lo contrario, en estilo y buen gusto, a la compuesta bajo el mismo título por Edward Elgar medio siglo antes.
Sin embargo, en cuestión de segundos un contraste nítidamente delineado entre el forte y un pianissimo parece confirmar que Isabelle van también buscaba algún lado más oscuro de esta obra. El mezzo-forte se convirtió a menudo en un claro forte y la obra quedó así firmemente situada en su contexto histórico.
Las marcadas disonancias del final se resaltaron aún más gracias a la impecable afinación y a las texturas nítidas de esta muy buena interpretación; singularmente, la fabulosa articulación y el delicioso staccato del inicio de la obra no dan la impresión de ser música de aquellos tiempos de guerra (1939-1945).
se formó en Holt (Norfolk), Oxford y París (con Nadia , entre 1927 y 1932), donde conoció a Igor Stravinski, Darius , Arthur y Albert , así como a Francis y Maurice Ravel, estableciendo su conexión francesa.
Quizá sea esta la razón por la que la música de Berkeley no haya alcanzado tanta popularidad. Para algunos chovinistas no se trata de música británica y, en ocasiones, le han ridiculizado, afirmando (de manera injusta) que su música es francesa.
La segunda obra de esta tarde fue el impactante Divertimento para orquesta de cuerdas de Grażyna Bacewicz, quizá la obra más llamativa de la velada, de una figura relativamente desconocida y de las pocas compositoras polacas que ha alcanzado reconocimiento internacional. Su Divertimento, compuesto en 1965, pocos años antes de su muerte, transportó al público presente a otro universo, a todas luces herméticamente cerrado.
Isabelle van Keulen logró que el recinto del auditorio se sintiera pequeño e íntimo, permitiendo tanto a la Kammerakademie Neuss como a los espectadores examinar minuciosamente los elementos y los hilos conductores de lo que es una curiosa pieza, pero decididamente eficaz.
Se trataba de una música que intentaba abrirse paso hacia la melodía, pero que era físicamente incapaz o no estaba dispuesta a hacerlo, con notas deslizantes que se lanzaban entre registros y caían en cuadrículas rítmicas motóricas. El segundo de los tres movimientos (I. Allegro; II. Adagio; III. Giocoso) tomó otro rumbo, acercándose a algo palpable, una extraña mezcla de lirismo e intimidación, con las cuerdas agudas con sordina teñidas por profundos racimos de contrabajo.
Todo resultaba sorprendentemente conmovedor, como si la música estuviera buscando en tiempo real su propia voz. El título de la obra hay que tomárselo con mucha cautela: a pesar de su carácter enigmático, el Divertimento de fue, sin duda, la obra más seria y emocionalmente potente de la velada, ofreciendo un tentador atisbo de una compositora cuya obra merece claramente una mayor difusión.
Con la tercera obra, Moz-Art à la Haydn para dos violines, dos pequeñas orquestas de cuerda y contrabajo (1976) de Alfred Schnittke, hizo su debut con la Deutsche Kammerakademie Neuss el joven y virtuoso violinista Jacques Forestier, ganador en 2024, con tan solo 19 años, del Concurso Internacional Joseph-Joachim en la ciudad de Hanover.
Schnittke describía esta composición, basada en la Música para una pantomima de Wolfgang Amadé Mozart, K466/416d (1783), de la que solo se conserva la parte del primer violín, como una broma musical, un collage humorístico, y aunque Jacques Forestier e Isabelle van Keulen interpretaron la obra con el tono juguetón adecuado, bajo la jovialidad subyacía un hondo sentimiento espiritual.
Los músicos encontraron también aquí humor rebosante y abundante patetismo, al tiempo que interpretaban las imaginativas texturas de la música con un cuidado excepcional, haciendole un guiño a Joseph Haydn.
Ferviente admirador
Al principio, los armónicos agudos del único contrabajo recibieron un tratamiento totalmente etéreo, suave y plateado en la sala. El pasaje central, inspirado en fragmentos descubiertos de la referida Pantomima de Mozart, vino acompañado de un repentino resplandor en el tono. En primera línea, los dos solistas, van Keulen y Forestier (primero y segundo violín), tocaron con entusiasmo, manteniendo entre ellos una conversación intensamente animada.
La música concluyó con los solistas y los demás integrantes de la Kammerakademie Neuss encaminándose lenta y silenciosamente hacia el fondo del escenario para terminar de tocar de espaldas al público y mirando al foro; un sorprendente y fascinante efecto dramático logrado a la perfección, tanto desde el punto de vista visual como musical.
Schnittke compuso Moz-art à la Haydn como resultado de su estrecha colaboración con el violinista Gidon Kremer, a quien conoció hacia mediados del decenio de 1970. Al escuchar la música de Schnittke, Kremer se convirtió de inmediato en un ferviente admirador y colaborador del compositor.
Otrora con máscaras
Fue quien pidió a que escribiera una versión para dos violines, cuyo estreno fue en 1976, para la cual el compositor ofreció una serie de indicaciones escénicas, como se supone que habría hecho Mozart en su tiempo, dejando al director solo en el escenario, dirigiendo incluso después de que la música hubiera cesado (de forma muy similar a la Sinfonía de la Despedida de Haydn); algo que Schnittke ya había experimentado también en su Primera Sinfonía.
Es difícil determinar qué llevó a Schnittke a recurrir a esta obra incompleta de Mozart. Probablemente sea su naturaleza estilística tan variada: los marcados contrastes de estilo entre las trece escenas que se conservan (de las quince originales) recuerdan al poliestilismo que el propio Schnittke teorizó y puso en práctica.
Además, es posible que se sintiera atraído por ella debido a sus rasgos de la commedia dell’arte: los estereotipos de los personajes y la improvisación, lo que probablemente también explica por qué, en el estreno mundial, Gidon Kremer y el resto de intérpretes interpretaron la pieza con máscaras.
Schnittke entremezcla, desarrolla y comenta los temas de Mozart con un enfoque fragmentario, lo que permite al espectador/oyente imaginar si y de qué otra forma podrían enriquecerse. Esta intertextualidad demuestra, una vez más, que las fronteras de la música nunca son rígidas, sino que forman parte de una compleja red de referencias a otras obras musicales. Los textos musicales dialogan entre sí.
Es desde esta perspectiva que Schnittke se erige como un paradigma de la música contemporánea; su enorme popularidad se debe a los puentes que tendió entre las más diversas corrientes musicales, enmarcadas en el ambiente ecléctico de su época.
El espléndido recital concluyó con la Sinfonía concertante para violín y viola, KV. 364. Mozart compuso la partitura en Salzburgo durante el verano de 1779, tras su regreso de París, donde, al parecer, se había inspirado en su visita a Mannheim. Cabe señalar que esta magnífica partitura, en la audaz y heroica tonalidad de mi bemol mayor, es técnicamente más compleja de lo que su encanto exterior podría sugerir y merece ser incluida con mayor frecuencia en los programas de concierto.
Jacques , acompañado esta vez por la violista Isabelle van Keulen, confirió un maravilloso matiz agridulce a esta música radiante. El sustancial Allegro maestoso inicial tiene una ambición sinfónica, pero conserva un carácter agradable y bastante reflexivo. En la gloriosa escritura del Andante, la sensación de profunda introspección quedó espléndidamente transmitida por la interpretación cálida y sensible del dúo. El Presto final, animado y gloriosamente melódico al estilo de un rondó, tiene un carácter desenfadado que el binomio interpretó mediante un diálogo ágil y vibrante.
La magnífica interpretación de Forestier, muy centrada, mostró un control impecable y un virtuosismo natural, al tiempo que mantuvo una elocuencia infalible. La hermosa línea melódica que produjo este joven y talentoso artista resultó especialmente impresionante. La Deutsche Kammerakademie Neuss fue dirigida por van Keulen. Todos ofrecieron una interpretación firme y segura, vibrante y sensiblemente expresiva, vívidamente clara y satisfactoriamente equilibrada. El incontenible alud de merecidísimos aplausos de la platea no se hizo esperar al termino del recital y fue apabullante.
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