Que esta obra maestra siga siendo una rareza en teatros e incluso festivales sigue siendo inexplicable (véase mi lejana última reseña desde Lieja). Es cierto que parece fácil y es bien difícil, pero tiene un texto magnífico (justo lo contrario de la dichosa Ecuba) y una música en la que no sobra ni una nota ni un recitativo.
Aquí Pizzi estuvo más en su elemento al utilizar los mismos tres recintos de su Ecuba, pero llenándolos con puertas y personajes modernos, de época indefinida, que entraban y salían con total desenvoltura y naturalidad. Es cierto que hubo alguna insistencia en recursos cómicos fáciles (gestualidad) y en actitudes que ya no son modernas porque su frecuentación las ha hecho banales (el Conde que canta preparándose un cóctel, dos que bailan un dúo de forma ‘moderna’), pero la obra funcionó con sus pinturas abstractas de…
Comentarios