Johannes Erath ha logrado una atractiva escenificación de María de Buenos Aires, única ópera de Astor Piazzolla, con la laureada mezzosoprano Maria Kataeva en el papel protagonista, y dirección musical de Mariano Chiacchiarini, calurosamente aplaudida por el público que colmaba la sala de la Ópera de Düsseldorf este sábado.
La espectacular y atrevida producción de Erath procura rendir homenaje al tango (en la figura de María, una joven venida de los arrabales porteños), al bandoneón (creado a mediados del siglo XIX por el músico Heinrich Band), y a Piazzolla como el creador que revolucionó el género del tango, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La régie ambienta la pieza en alguno de esos antros y locales nocturnos de Buenos Aires (escenografía Katrin Connan; vestuario Jorge Jara), donde María ve finalmente arruinada su vida y muere, antes de renacer.
De las innumerables puestas de esta “operita”, con libreto del poeta Horacio Ferrer, estrenada en 1968 en la legendaria Sala Planeta de Buenos Aires, cada director ha buscado siempre, con mayor o menor éxito, algún ángulo nuevo para presentar de forma más universal esta historia onírica y surrealista.
Aquel histórico estreno fue ya toda una aventura personal porque ni ni tenían experiencia alguna en el campo de la ópera. Estructurada en 17 números, el carácter fragmentario de María de Buenos Aires hace que no sea fácil, tanto para la régie como para la dirección musical, hallar soluciones para cohesionar la narración, y lograr que sea comprensible a espectadores de otras culturas, sin recurrir a una mera forma lineal.
La dirección escénica de Johannes logra a duras penas abrazar esta estructura y potenciar la expresividad de cada escena, cuidando tanto el estilo como el tratamiento del material temático y su coreografía. En su audacia, Erath no teme mostrar estampas de la hipócrita seudorreligiosidad y superstición de la sociedad argentina. Un instante antes de que caiga el telón, al término del primer acto, un obispo (el barítono Jorge Espino) se encarga de apuñalar en el corazón a la estatuilla de la vírgen María al término de una de esas “devotas” procesiones populares.
La régie y el director musical Mariano tampoco eluden servirse de la energía de la Misa en si menor o de la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach (admirado por Piazzolla desde su infancia) -tocado aquí al bandoneón (a modo de órgano) por la solista Carmela Delgado- para apoyar la coherencia del relato. Aunque fracasan en varios pasajes en los que se pierde el sentido del injerto, que para nada estaba previsto en la idea original de Piazzolla y Ferrer.
De todas formas, contribuyen sobremanera a este objetivo el arte interpretativo e histriónico de Maria (¡maravillosa!), así como (en sus múltiples papeles, uno de ellos el de payador), el recitador Alejandro Guyot, encarnando a El Duende de las noches porteñas, y la bella soprano dramática Morenike Fadayomi, como la sombra de María tras su muerte.
Cuando se llega a la escena del circo de los psicólogos nadie entiende más nada y todos se preguntan qué tiene que ver el psicoanálisis con Buenos Aires (hoy por hoy su capital mundial); y cuando apenas se toca la tradición de “las amasadoras de tallarines” se pierde por completo el hilo de la historia. Lo dicho más arriba: es una obra muy difícil de traducir (al alemán con sobretítulos) más allá de las fronteras del ámbito rioplatense. Pero la música de Piazzolla salva todas estas lagunas y la danza del tango sigue siendo tan fascinante como siempre.
Bajo la diestra y precisa égida de Chiacchiarini, la orquesta Düsseldorfer Symphoniker es apuntalada por una formación de cuerdas, flauta, guitarra eléctrica, piano y percusión que suena evocadoramente como los conjuntos originales que dirigiera el propio Astor Piazzolla desde la década de 1960. El coro de la Deutsche Oper am Rhein comenta las escenas y acontecimientos, buscando el deseado equilibrio entre la precisión rítmica y la vaguedad de la poética y lunfarda narración de Ferrer, tan hondamente local.
Un trío de bailarines argentinos (Mariano Agustín Messad, Andrés Sautel, y Agostina Tarchini) se encarga de los pasos, cortes, quebradas y demás fantasías espectaculares propias del tango como danza, así como de mostrar sus raíces (para quien pueda comprender este lenguaje) en la milonga, el folclore, la habanera y los aportes de origen africano en el Río de la Plata.
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