El concierto de la orquesta Berliner Philharmoniker fue excepcional en todos los sentidos esta tarde en la gran sala auditorio de la Filarmónica de Berlín. A punto de cumplir 99 años el director Herbert Blomstedt, desplazándose en andador y con un asistente a su lado, subió al podio para dirigir con admirable firmeza y precisión la Sinfonía nº 7 en mi mayor de Anton Bruckner, única obra de la velada y quizá la más accesible de todas sus sinfonías.
Lo melódico pasa a primer plano en esta composición; las superposiciones rítmicas que complican el desarrollo están presentes al igual que en las obras hermanas, pero son mucho menos llamativas. En la temporada pasada, y con motivo del bicentenario del nacimiento de , dirigió aquí la Novena con la Filarmónica de Berlín, destacando la radicalidad sonora de esta obra tardía, que el compositor ya no pudo terminar.
Sentado sobre una banqueta de piano, con el atril y la partitura delante, el director dio comienzo a la interpretación con una melodía casi interminable, prolongada y de gran amplitud, que se extiende en forma de onda y hace brillar a toda la orquesta.
Blomstedt puso otra vez de manifiesto la calidad de sus interpretaciones de Bruckner. En este compositor no hay meras voces de acompañamiento. El maestro resalta cómo cada parte es temáticamente importante y contribuye así al todo, pero lo hace mediante una gradación de las voces que se suceden en la conducción.
Como siempre sin batuta, y moviendo las manos y el dedo índice, hizo que entraran los violochelos, bajo el argénteo destello de los febriles trémolos de los violines; primero junto con la trompa solista, luego con las violas y, finalmente, con el primer clarinete. El director sabe comunicarse con la orquesta con total concentración, le bastan los gestos para transmitir sus intenciones.
De forma casi imperceptible, la melodía cambia de color y matiz, oscilando entre tonos sonoros, broncíneos, pálidos y ardientes, en mezclas siempre nuevas. Quienquiera que desee llegar al fondo sonoro del misticismo de la sinfonía de Bruckner, solo tiene que escuchar este comienzo, con el que se abre un nuevo compás, una nueva era.
No es que Herbert Blomstedt y la Filarmónica de Berlín hayan reinventado esta obra tan a menudo interpretada. Pero la devoción con la que se lo hizo fue asombrosa. Una y otra vez, la ejecución dejó cautivados a los espectadores por la serenidad y la delicadeza técnica con la que el director y músicos lograron equilibrar las voces entrelazadas entre sí, manteniendo su propia vida. De este modo surgió un movimiento en el que todas las partes tuvieron el mismo peso. Ello fue así en el segundo tema del Allegro moderato inicial, y en el período vocal del Adagio. Muy solemne y lento.
En el estreno en Leipzig, dirigido por Arthur Nikisch el 30 de diciembre de 1884, la Séptima de Bruckner, como última pieza del programa antes del descanso, ocupó el centro de un concierto puramente «neotemático» entre Les Préludes y Réminiscences de Don Juan de Franz , alternadas con extractos de Götterdämmerung de Richard .
La llamada «Escuela Neotemática» era un movimiento musical progresista, liderado por compositores como Liszt y Wagner. Inmediatamente, un crítico percibió en la sinfonía de Bruckner ecos de las obras de Wagner por doquier y sembró la fea sospecha de imitación. Aún hoy se establece una relación cruzada entre esta sinfonía y diversas óperas de Wagner: quien quiera, puede escuchar el preludio de El oro del Rin en el final del primer movimiento, la marcha fúnebre de Sigfrido en el adagio, la cabalgata de las valquirias en el scherzo o el Parsifal de principio a fin.
Estas afinidades elásticas son difíciles de ignorar, pues el propio Bruckner incluyó en su sinfonía una declaración de admiración hacia Wagner al referir expresamente la llamada «música fúnebre», el canto de despedida al final del adagio, a la muerte de Richard Wagner en Venecia el 13 de febrero de 1883. Y el compositor añadió posteriormente a la partitura cuatro «tubas wagnerianas», un instrumento especial tocado por los trompistas, por así decirlo un híbrido entre la trompa y la tuba, tal y como lo había previsto el difunto homónimo para su ciclo de El Anillo del Nibelungo.
Al día siguiente del estreno de la Séptima en Múnich, en marzo de 1885, el director Hermann Levi invitó a Bruckner a una representación de La valquiria de Richard Wagner en el Teatro Nacional. A medianoche, cuando la sala hacía tiempo que se había vaciado, Bruckner seguía sentado en exclusiva como invitado de honor en el teatro de la ópera, como solía hacerlo el rey bávaro Luis II (dedicatario de la Séptima Sinfonía), gran admirador y mentor de Wagner. Y solo para Bruckner, la orquesta interpretó la «música fúnebre» del movimiento lento. «¡Señores!», dijo Levi a sus músicos:
En esta casa hemos tocado a menudo obras maestras ante el rey a solas. Tenemos entre nosotros a un príncipe del reino de los sonidos. Les ruego que toquen para él otra parte del Adagio de su sinfonía.
La palabra diafanidad, tan a menudo utilizada, es demasiado débil para describir adecuadamente este arte porque no logra designar lo esencial: la comunicación entre los instrumentos, con sus múltiples hilos. Lo que guió esos pasajes fue la idea de que esta sinfonía, pese a toda su gran monumentalidad, debe interpretarse en última instancia como una obra de música de cámara ampliada.
Para Blomstedt, la experiencia con las obras no significa repetir lo que ya se ha asimilado. Esto queda especialmente patente en sus interpretaciones de las sinfonías de Bruckner, que a menudo ocupan un lugar central en sus últimos conciertos. La interpretación de la Séptima sorprendió porque Blomstedt abordó los tempos dentro de los movimientos con mayor flexibilidad que antes.
En el caso de Bruckner, esto tiene una base histórica: Arthur , el director del estreno de la Séptima, utilizó los rubati, al igual que, en la generación siguiente, directores tan opuestos como Wilhelm Furtwängler y Carl Schuricht.
Esto dice aún más en favor del enfoque fresco de Blomstedt hacia la Séptima de Bruckner, ya que este enfoque inusual le ha convencido. Blomstedt no varía el tempo en los puntos de transición formales para poner un signo de exclamación, verbigracia sobre algo que parezca nuevo, sino que lo ensancha allí donde hay que tomar aliento para un nuevo impulso.
Al público le quedó la impresión de que Blomstedt y los Filarmónicos de Berlín desenterraban juntos, con delicadeza y extrema sensibilidad, un grial oculto en la partitura. El acto es inefable porque aunque la égida del director estaba en todo momento presente, el prestigioso colectivo musical vibraba al unísono, coordinado y escuchándose a sí mismo. El director captaba sus impulsos y los equilibraba con absoluta precisión. A veces su torso se ponía en movimiento con los brazos en alto, pero no en los pasajes fuertes, sino más bien para acentuar un gesto.
En el Finale. Animado, pero no rápido, breve (para sus estándares), Anton Bruckner, por el contrario, sitúa al principio un tema ágil y elegante, pegadizo y casi para silbarlo. Sin embargo, a casi nadie se le ocurriría, al escucharlo por primera vez, que se trata más o menos de la misma secuencia de notas que al comienzo de la sinfonía, solo que con diferente instrumentación, ritmo, acortada y acelerada: dos caras de la misma personalidad musical.
Solo al cierre, en los últimos nueve compases, Bruckner desvela el secreto de su metamorfosis temática, cuando transforma al descendiente arrebatador en la forma original solemne del comienzo. Pero esta relación metafísica revela también un lado abismal, el deseo de convertir algo en su exacto contrario.
En la , el juego con los reflejos, las inversiones y los movimientos opuestos se encuentra, de todos modos, por todas partes: los románticos siempre habían tenido, también en la música, una predilección por los sosias, las figuras invertidas y las siluetas.
La Filarmónica de Berlín llevó todo esto a la práctica. La sinfonía aparentemente más sencilla de Bruckner se percibió así como un juego de desesperación abismal y gran alegría. Al final, resultaba difícil imaginar que junto a ella pudiera caber alguna otra obra más en el programa de esta velada.
Aunque la forma de esta presentación, en medio de los músicos y rompiendo con todos los protocolos habituales, pueda deberse a la fragilidad del anciano, pone de manifiesto la tan alabada modestia de este director, probablemente única entre sus colegas de profesión. A sus casi 99 años Herbert Blomstedt es no solo el director de orquesta en activo más veterano del mundo, sino también uno de los más destacados.
Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que se reconociera y valorara su excepcionalidad. Ahora sus conciertos se celebran como momentos estelares de la temporada 2025/2026. Este es el caso de la Filarmónica de Berlín. Blomstedt, quien marca el compás pero no produce ninguna nota, tampoco se situó al frente de músicos y músicas altamente cualificados como director de orquesta en todos los años anteriores, sino que tocaba junto a ellos.
Las ovaciones y vivas al final de la interpretación se extendieron asimismo por largos y más largos minutos. Tres veces salió y tuvo que entrar de nuevo al escenario Herbert Blomstedt para agradecer al público por su gran efusividad y a los músicos por esta impresionante e inolvidable interpretación que puede verse en todo momento en el digitalconcerthall de la Berliner Philharmoniker.
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