Está bien terminar una temporada con el testamento lírico de Verdi. Incluso sirve para resistir mejor el calor y otras desgracias, como que a uno se le vayan muriendo amigos de ‘toda una vida’ (Aunque Gustavo ya no me pueda leer, como entre otras cosas compartíamos nuestro juvenil fanatismo por el Cascarrabias Máximo -o sea - he visto esta función pensando en qué habría dicho y trato de escribir como si él hubiera escrito -aunque nuestros gustos parecidísimos nunca fueron iguales al ciento por ciento).
El Liceu hizo bien también al elegir la producción de Laurent que ya había visto en Bruselas y comentado aquí mismo. Me sigue pareciendo como hace unos meses, y director de escena y equipo se merecen los aplausos recibidos en la primera función (finalmente una puesta que no es un dislate ni una pérdida de dinero y tiempo). Así que me repetiré.
Un director inquieto, elegante, a veces un tanto superficial pero siempre ingenioso, que no le tiene miedo a las transposiciones, pero pocas veces pierde de vista la partitura y el respeto a la misma. Como esta ópera es bien difícil se ha decantado por el buen humor con un punto de ironía, ha reducido y ampliado espacios, ha trasladado la acción a la Inglaterra de principios del siglo pasado (aunque su vestuario masculino y femenino parezca responder el primero a una época más temprana y conservadora, siempre en una óptica un tanto exagerada), pero ha trabajado mucho y bien sobre los personajes aunque tal vez el más original y acabado sea el de Mrs. Quickly, con la ayuda de una Daniela magistral aunque vocalmente un tanto prudente.
Así que Barcellona repitió, en mejor: su escena del segundo acto alcanzó momentos magistrales. El protagonista de fue muy bueno, y supongo que será mejor cuando lo lleve hecho más veces (hasta esta vez sólo lo había hecho en Nápoles). Vocalmente no le supone ningún problema y alguna frase hablada no molesta. Creo que podrá sacar más partido del monólogo inicial del tercer acto, que de todos modos hace su efecto.
La deserción de Igor Golovatenko dejó a solo para las ocho representaciones casi seguidas de Ford. Y se le debe reconocer. Actúa bien, la voz es buena y en el agudo encuentra sus mejores momentos. Centro y grave no son muy importantes y como fraseo resultó el único monótono.
, a quien recordaba de su paso por el Concurso Viñas (en 2021 si no me equivoco), probablemente no tenga en Alice el mejor de los personajes para su debut ‘in loco’. Ahora el agudo es brillante y eficaz, pero no sé por qué su centro y su grave son tan oscuros y opacos como si se tratara de una soprano dramática. Eso provoca engolamiento y sobre todo dificulta la comprensión del texto, y en este caso eso es un problema no menor. Se mueve bien y probablemente haya sido la Alice más ‘sexy’ que he visto, tal vez demasiado.
cantó muy bien su Nannetta con notas luminosas y ‘armoniosas’ como le pide su canción de la reina de las hadas, además de sus otras intervenciones. Su galán, Fenton, estuvo bien interpretado y correctamente cantado por , cuyas notas altas me resultaron más fijas que en anteriores ocasiones aquí mismo.
fue una Meg divertida y eficaz, un óptimo Cajus desde todos los puntos de vista, exhibió sus importantes medios y simpatía como un Pistola punk, y el Bardolfo de García-López comiquísimo -en el primer acto un tanto pasado de revoluciones- y si no de bello timbre sí bien cantado.
El coro estuvo bien en sus breves pero importantes intervenciones en el último acto, como siempre preparado por . La orquesta evidenció su buena forma, en la que la deja con este título , director musical durante largo tiempo, y cuyo mejor legado ha sido justamente la solución de problemas técnicos en un organismo que hoy es sobradamente profesional y con muy buenas posibilidades.
Su Verdi nunca me ha parecido memorable, pero en este dificilísimo caso exhibió una gran claridad en la marcación instrumental, su notoria preferencia por los metales fue menos evidente que en otras ocasiones, y aunque la gente rió en varios momentos su seriedad no hizo reír ni brillar a la orquesta (véase el famoso ‘un sacco di monete’ en el dúo de Ford y Falstaff del segundo acto), y demostró más afinidad con la energía y vivacidad de la acción que con los momentos más líricos.
El público, muy numeroso aunque sin agotar localidades, soportó mejor el calor gracias a Verdi, y lo demostró con sus aplausos finales.
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