Había mucha curiosidad por verla debutar en el popular ciclo sinfónico Klassik am Odeonsplatz y finalmente la violinista María Dueñas se convirtió en la gran estrella de la velada ante los más de 7 000 asistentes que colmaban la céntrica, soleada e histórica, plaza Odeón de Múnich, así como de los millones de espectadores que la siguieron también emocionados por la televisión alemana.
El concierto al aire libre de la orquesta Münchner Philharmoniker bajo la égida de su director titular designado, Lahav Shani, combinó con gran acierto un programa con la Obertura de El holandés errante de Richard , el célebre Concierto para violín número 1 en sol menor op 26 de y la Sinfonía nº 3 en la menor op 56 “Escocesa” de Felix Bartholdy.
tuvo que sustituir poco antes a Janine Jansen, quien canceló por enfermedad, y cautivó en todo momento al público, tocando con variedad, precisión en los detalles y entrega el Concierto de Bruch; la pieza perfecta para inyectar energía y calidez a un recital. La solista y su brillante violín del siglo XVIII, convertido en una extensión de sí misma, se amalgamaron en un sonido e interpretación personalísimos y lo consiguieron con creces.
Más de 150 años después de su exitoso estreno a cargo de Joseph Joachim en Bremen, este opus 26 de Max Bruch sigue siendo uno de los mayores éxitos de la música clásica; al punto de eclipsar todas sus demás composiciones. Dueñas ofreció aquí una prueba irrefutable más del atractivo perdurable del Concierto para violín nº 1 y, a juzgar por el encanto que mostraba sobre el escenario, estuvo descubriendo una y otra vez nuevos matices de la obra.
La velada comenzó de forma muy prometedora con la Obertura de , muy bien interpretada por la Orquesta Filarmónica de Múnich dirigida por (sin batuta, a manos libres todo el tiempo), llena de energía en los poderosos pasajes de tormenta y lírica en la melancólica música de amor. El sonido fue inmediatamente muy agradable, vívido, abierto y espacioso.
El contraste estilístico con Bruch no podía haber sido mayor; comenzando con la grandiosidad dramática del 'Preludio'. Su Concierto para violín rebosaba de energia al igual que los músicos de la Münchner Philharmoniker dirigidos por Shani. Dueñas impresionó a la platea con su virtuosismo y exquisitas frases, provocando respuestas apasionadas de la orquesta.
La sección inicial del 'Preludio' comienza con un aire de serena y reflexiva melancolía antes de estallar en un apasionado 'Allegro' en toda su regla. Así va creciendo hasta alcanzar dos clímax importantes antes de apagarse en su agotamiento emocional. Este inicio sirve principalmente como introducción al segundo movimiento, el 'Adagio', que es el más importante.
A continuación, Bruch, de la mano de María Dueñas, pasa sin pausa al conmovedor 'Adagio central', que comienza con una atmósfera similar a la de una plegaria, para luego ganar gradualmente tanto en actividad como en expresividad. Ni que decir tiene que el 'Adagio' del Concierto para violín nº 1 de Max Bruch contiene algunas de las páginas más bellas de toda la literatura para violín.
Bruch, con el mágico violín de Dueñas, concluye el concierto con un final enérgico y de sabor gitano que anticipa ya el último movimiento del concierto que Johannes Brahms compuso diez años más tarde, una obra dedicada también a y estrenada asimismo por él. Este final fue todo lo que se puede desear, una pieza vibrante con una sólida estructura sinfónica, que culminó en la emocionante coda presto. Se trata sin duda de una danza, pero en consonancia con el carácter del Concierto, sigue siendo una coreografía bastante seria.
María Dueñas tocaba con gestos amplios y decididos, girando su torso hacia el director y la orquesta a medida que la melodía iba pasando por las distintas secciones, hasta alcanzar el clímax final de la pieza. Aunque nadie saltó de sus sillas (plegables) instaladas sobre la plaza Odeón, se oyeron (y presenciaron) largos aplausos y exclamaciones de aprobación del público. La solista los agradeció generosamente con un bis, Valse triste en do menor (1913), de Franz von Vecsey, otro agradable contraste, que tampoco puso a ninguno de pie, si bien fue de nuevo aclamada y vivada por los asistentes.
La segunda y última parte de la velada fue consagrada a la Sinfonía nº 3 en la menor, op 56, “Escocesa”, de Felix Mendelssohn Bartholdy (viajero incansable; junto con su Italiana la más popular de sus sinfonías). Los músicos de la orquesta Münchner Philharmoniker lograron crear una gran cohesión bajo la égida de Lahav Shani, su próximo director titular a partir de la inminente temporada 2026/2027. Durante un periplo a Escocia en el año 1829, Mendelssohn recogió las impresiones que dieron forma a esta sinfonía.
La introducción, con su melodía evocadora, sonó de inmediato como un recuerdo melancólico de la desdichada María Estuardo. Su esencia también resonaba en el tema principal, sencillo y elegíaco, que abría el Allegro un poco agitato en voz baja, como velado, y que más tarde incorporaba ideas líricas llenas de atmósfera. Rica en matices, la exposición parecía oscurecerse en esta interpretación con un tono apasionado e inquieto, pero finalmente la acción se aclaraba en el fluir de la lírica.
El final conciliador lo volvió a marcar la melodía introductoria, interpretada con intensidad y con su salvaje melancolía. A continuación, como imagen luminosa y alegre, siguió el Scherzo Vivace non troppo, un colorido juego de matices con melodías escocesas. Pacífico y sereno, el tema principal del Adagio transmitió la cálida y suave armonía de este movimiento, al que el ritmo de marcha fúnebre del sombrío segundo tema contribuyó eficazmente a un cambio dramático de atmósfera.
El final en dos partes, Allegro vivacissimo, comenzó con un tema de estructura marcada, a modo de marcha, cuyo ímpetu enérgico desembocaba a menudo en una lírica elegíaca. Un recuerdo aparentemente bélico dominó entonces la segunda parte, Allegro maestoso assai, donde un tema triunfal cobró forma sonora. El movimiento concluyó de forma fastuosa y enérgica.
Más aclamaciones y numerosos gritos de “¡bravo, bravo!” se elevaron entonces al aire en el auditorio; el cielo comenzaba a estar estrellado en Múnich y Lahav Shani entregó dos bises con la orquesta: de Lieder ohne Worte (Canciones sin palabras), nº 6, Allegretto tranquillo en fa sostenido menor, “Venetianische Gondellied” (Canción veneciana de góndola) de Felix Mendelssohn Bartholdy; y las Danzas rumanas números 5, 6 y 7 de Béla , antes de que estallaran de nuevo las ovaciones finales al cierre del magnífico concierto que puede verse en internet.
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