DVD - Reseñas

Así se hace Rossini

Raúl González Arévalo

martes, 29 de octubre de 2019
Gioachino Rossini: L’italiana in Algeri, dramma giocoso en dos actos (1813). Cecilia Bartoli (Isabella), Mustafà (Ildar Abdrazakov), Edgardo Rocha (Lindoro), Alessandro Coreblli (Taddeo), José Coca Loza (Haly), Rebeca Olvera (Elvira), Rosa Bove (Zulma). Lica Quintavalle (pianoforte). Philharmonia Chor Wien. Ensemble Matheus. Jean-Christophe Spinosi, director. Moshe Leiser y Patrice Caurier, dirección artística. Christian Fenouillat, escenografía. Agostino Cavalca, vestuario. Christophe Forey, iluminación. Etienne Guiol, dirección de vídeo. Subtítulos en inglés, alemán, francés, italiano, coreano y japonés. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato audio: PCM Stereo, DTS 5.1. Dos DVD de 163 minutos de duración. Grabado en la Haus für Mozart de Salzburgo (Austria) en mayo de 2018. UNITEL 801808. Distribuidor en España: Música Directa.

El origen del espectáculo y la razón de esta grabación están en Cecilia Bartoli, de modo que parece obligado empezar por ella. Cuando ya nadie esperaba que abordara Isabella, va y se descuelga con inesperadamente con ella. Su recorrido con Rossini es llamativo cuanto menos: en la década de los 90 se prodigó con los que eran dos roles fetiche, Rosina y Angiolina. Pero la protagonista de L’italiana in Algeri no era una mezzo clara, fue compuesta para Marietta Marcolini, una contralto, de modo que la línea vocal, más grave, no se adecuaba a su organización vocal, a pesar de lo cual grabó las dos arias, “Cruda sorte” y “Pensa alla patria”, en su primer recital para Decca, Rossini Arias, en 1988. El dúo “Ai capricci della sorte” fue un capricho simpático en Duets, el disco de dúos grabados con Bryn Terfel (Decca 1999). Y eso había sido todo hasta 2018.

Entre medias lo que llegaron fueron papeles para soprano, como Fiorilla de Il turco in Italia (antológica la grabación con Chailly) y la inesperada Comtesse Adèle de Le Comte Ory. En otra vuelta de tuerca incorporó dos papeles Colbran, la magnífica Desdemona de Otello y Elena de La donna del lago, la única que no ha sido publicada, al menos por ahora. Toda esta trayectoria no hace sino más llamativa la vuelta a un papel particularmente grave. ¿Cómo es la Isabella de la Bartoli? Una joya. Como siempre, aborda el personaje desde sus medios, sin forzarlos en ningún momento. Apenas algún grave en el que exhibir un registro de pecho importante, aunque siempre con fines dramáticos. Por otra parte, este acercamiento significa que la romana barre para casa en cuanto tiene ocasión, es decir, las variaciones las hace siempre hacia el agudo. No es nada importante, tanto menos sacrílego, primero porque lo hace siempre en estilo y segundo porque se conservan los adornos de la cavatina de entrada utilizadas por Laure Cinti-Damoreau, la soprano elegida por Rossini para sus obras parisinas.

Respecto a las grabaciones existentes en DVD, la mezzo italiana se sitúa directamente en la cabecera, compartiendo posición de honor con la Berganza. Ciertamente, la Bartoli no tiene el centro pastoso ni el terciopelo de doña Teresa, siempre enorme (obligatorio conocer su DVD junto a Bruscantini en Hardy Classic en el ápice de su magisterio, 1957), pero posee una mayor desenvoltura y fantasía con la palabra, precisamente lo que faltaba a la otra gran Isabella (en disco –Warner– mejor que en DVD –DG–), la monolítica de Marilyn Horne. Ninguna de las demás, de Doris Soffel a Jennifer Larmore, o más recientemente Christianne Stotijn, Marianna Pizzolato o Anna Goryachova, se le acerca ni de lejos, por más que vocalmente puedan resultar más adecuadas: una cosa es cantar y otra interpretar. Y en este caso Bartoli hace las dos cosas como ninguna, con una encarnación moderna y fresca, irreverente y divertida (la identificación con la producción de sus directores fetiches, como siempre, es total), con un dominio absoluto del papel, sus trampas y sus oportunidades de lucimiento. El control del fiato le permite un legato de manual, regalando momentos como “Per lui che adoro” difíciles de creer. Sencillamente antológica, lejos de extravagancias canoras o visuales como la portada del próximo recital, Farinelli, o el DVD de Sacrificium.

En cualquier caso, el espectáculo de la diva única ya se sabe que no funciona y afortunadamente Bartoli se suele rodear de buenos intérpretes. Esta Italiana no escapa a la norma. Inesperado también el Mustafà de Ildar Abdrazakov, habitualmente empeñado en el repertorio ruso (¡ese Príncipe Igor de Borodin!) y Verdi con igual fortuna. Desde Samuel Ramey, del que no hay retrato audiovisual, ningún otro bajo había demostrado semejante poderío como bey de Argel. Ciertamente, la coloratura no corre con la fluidez del americano y otros intérpretes del pasado reciente y el presente –Michele Pertusi, Alex Esposito, Mirko Palazzi– están más versados en el estilo del pesarés, pero el ruso canta con una autoridad y una contundencia al alcance de muy pocos, al punto de hacerme pensar qué sería capaz de ofrecer con el Enrique VIII de la Bolena donizettiana, un papel del que su referente Ghiaurov dejó un retrato redondo. Pero hasta que llegue, si llega, su Mustafà es otra muestra de versatilidad. Aunque no haya variaciones en “Già d’insolito ardor nel petto”, y aun sin llegar al dominio de la palabra y la prosodia de su compañera, Abdrazakov es un grandísimo intérprete, vocalmente seguro, de agudos resonantes (esos Pap-pa-taci son auténticos cañonazos) y graves impresionantes, y sobre todo de comicidad justa, perfecta, equilibrada, sin complejos, imponiéndose al buen retrato de Marco Vinco (ArtHaus y Dynamic) y compitiendo con solvencia con Alex Esposito desde una óptica diferente y complementaria (Opus Arte). No podría ser de otra forma sin dar perfecta réplica a esos monstruos rossinianos que son Bartoli y Corbelli.

Para el gran Alessandro se acaban los adjetivos. A veinte años de distancia de su grabación en París con Bruno Campanella, donde es el mejor del reparto (TDK 1988) parece milagrosamente que el tiempo no hubiera pasado por sus cuerdas vocales. La voz no se ha deteriorado, la frescura del timbre permanece casi intacta, apenas un poco reseco; el dominio del papel es absoluto, como corresponde a quien conoce el secreto del sillabato y el estilo auténtico y genuino que define al bajo bufo de la primera mitad del Ochocientos italiano. Un Taddeo, como era fácil esperar, igualmente antológico, ágil y sutilmente cómico, como confirma en su gran escena en la que es nombrado Kaimakan. Es un placer rendirse ante semejante magisterio.

El más joven de todos los principales era el tenor Edgardo Rocha, que ya había plasmado en DVD papeles secundarios en La gazzetta (Alberto) y Otello (Iago). A propósito de la primera escribí hace poco que “para consagrarse como rossiniano de pura cepa debería medirse discográficamente con otros papeles clave de su cuerda”. Lindoro es uno de esos papeles. Y no uno cualquiera. No deja de resultar llamativo que ninguno de los grandes tenores rossinianos que en las últimas décadas han plasmado Almavivas y Ramiros referenciales –Matteuzzi, Blake, Flórez– haya pasado de grabar el aria de entrada, “Languir per una bella”. Francisco Araiza grabó los tres papeles para Philips, pero no era un rossiniano nato. Solo Raúl Giménez dejó tres retratos de altura. El uruguayo supera al mexicano sobradamente en estilo, y no solo por la coloratura ligada a regola d’arte y no aspirada, el fraseo también es indiscutiblemente superior. Además, tiene un instrumento más redondo y cálido que el argentino, grandísimo estilista de voz seca y pobre de vibraciones. Los agudos de Rocha están perfectamente colocados y las agilidades fluyen con facilidad, ligeramente variadas con gusto. Como intérprete es el menos singular del cuarteto principal –tampoco es que el papel dé para mucho más– pero su canto siempre es elegante y musical. A estas alturas que Flórez sigue otros derroteros, sin duda es una de las mejores opciones actuales para el papel, con permiso de Camarena, que tampoco parece probable que se acerque a Lindoro.

Las dos secundarias están sencillamente perfectas. Rebeca Olvera es una Elvira vivaz, no se limita a componer una esposa resignada y llorona. Su timbre cristalino se deja notar en los números de conjunto. A su lado Rosa Bove, que hace de su sirvienta Zulma, se postula con fuerza como futura protagonista, sobre todo a la luz de otros secundarios de más peso, como su Semira en el Artaserse de Hasse. Con su rica voz de contralto está reclamando a gritos papeles principales. El bajo José Coca Loza suena prometedor en el aria de Haly, aunque con los monstruos de su cuerda sobre la escena pasa un tanto desapercibido.

El Ensemble Matheus suena espléndido a lo largo de toda la ópera, con texturas ligeras y brillantes, ágiles, con suficiente entidad para subrayar sutilmente el famoso crescendo rossiniano, con particular eficacia en el primer final. Ciertamente es posible porque se trata de una formación que toca con instrumentos originales, por lo que la percepción cambia respecto a las grabaciones clásicas con formaciones sinfónicas, aunque estuvieran algo aligeradas. Fuera de su frecuentación habitual con Vivaldi –director y orquesta protagonizan con la Bartoli su último álbum, dedicado al Prete Rosso– Jean-Christophe Spinosi es un elemento decisivo para mantener la chispa y el ritmo de la obra con gran sentido del humor. Una prueba magnífica.

Queda la producción: puro teatro. La ópera no deja de ser teatro en música, de modo que el aspecto teatral es decisivo en el resultado final. Se podría decir que Moshe Leiser y Patrice Caurier encajan perfectamente con Cecilia Bartoli, que ha elegido sus propuestas para fijar en DVD Clari de Halévy, así como Otello y Le Comte Ory de Rossini. Con esta Italiana vuelven a firmar un trabajo de altura. La acción se traslada a la Argelia moderna, ambientada con efectos como el canto del almuédano llamando a la oración y graznidos de gaviotas. Tanto la escenografía como el vestuario, muy coloridos, juegan con los estereotipos para aumentar la comicidad de la obra, absolutamente irreverente cuando así lo deciden: Rocha canta su aria con un porro en la mano y tanto Abdrazakov como Corbelli llegan a deambular en ropa interior, potenciando la burla al macho alfa y modernizando el modo en que el libreto original lo ridiculiza. Isabella encarna en todo momento la mujer independiente y empoderada que reclama el Feminismo, aunque juega sus cartas astutamente, según dictaban las convenciones en el momento del estreno.

Solo puedo concluir una cosa: así se hace Rossini.

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