De la fecundísima colaboración entre Richard y Hugo , La mujer sin sombra es la obra menos frecuentemente representada. Desde un punto de vista puramente técnico, plantea grandes exigencias vocales e instrumentales, lo que la hace difícil de abordar en muchos teatros y temporadas. La historia que cuenta, además, está llena de símbolos, y el hilo argumental se ramifica y se enreda hasta el punto de resultar oscuro o difícil de seguir. Todo ello hizo que en su estreno en 1919 no consiguiera un gran éxito, e incluso hoy en día sigue siendo una ópera difícil de ver en directo.
Todo ello ha hecho que la expectación ante la producción que el Festival d’Aix-en-Provence ha presentado este año haya sido máxima. Un título poco frecuente, y un equipo artístico de primer nivel: Klaus es, sin duda, uno de los nombres más importantes en la dirección orquestal actual en su primera experiencia operística completa, y Barrie , a su vez, es uno de los grandes directores de escena del panorama actual. Como cabezas del equipo creativo es difícil encontrar dos nombres que susciten tanta atención.
Si además el reparto incluye nombres de primera altura, y una de ellas es Nina , que fácilmente puede ser considerada leyenda de la ópera, resulta lógico que la cita straussiana del Festival de este año fuera considerada el plato fuerte de la veraniega cita provenzal.
Y las expectativas no se vieron defraudadas en ningún caso. Comenzando por Mäkelä, quien al frente de la Orquesta de París dio una auténtica lección de dirección y compromiso con la partitura. La escritura de Strauss no es precisamente sencilla ni la plantilla exactamente pequeña, pero todo parecía estar concentrado en el gesto de sus manos, exacto y fluido al mismo tiempo. Consigue pasar del piano más delicado al más tormentoso de los fortissimi sin que parezca que hace un gran esfuerzo, lo que evidentemente demuestra el concienzudo y profundísimo trabajo que hay detrás. No perdió una entrada de los cantantes, y el público deliró en el momento de su saludo final, en que la sala se vino abajo. Y el comentario sobre la dirección es extensible al desempeño de la Orquesta, francamente no creo que se pueda tocar mejor.
Tampoco defraudó ninguno de los cinco protagonistas, y eso que algunos de los papeles son de altísimo riesgo. Vida era la Emperatriz, un papel inmisericorde que requiere agudos estratosféricos y delicadeza a partes iguales. La soprano lituana interpretó el rol con entrega y autoridad, emocionando con esa mezcla de fortaleza y fragilidad. Su pareja en la obra, el Emperador, era Michael . Es el papel más breve del quinteto protagonista, pero no el menos difícil, con constantes subidas al registro agudo que resolvió con solvencia. Su timbre es claro y la proyección es buena, lo que le ayudó a superar el maremoto orquestal con el que Strauss acompaña alguna de sus intervenciones.
Ambur deslumbró como la Tintorera, su timbre sensual y opulento, su seguridad vocal y su entrega como actriz hicieron de su intervención una de las más aplaudidas de la función. Y a su lado, el Barak de Brian emocionó al público con un timbre hermosísimo y una actuación de una humanidad contagiosa. Bravo.
Y qué decir de Nina Stemme. Sigue siendo una presencia escénica apabullante, basta tenerla a ella en el escenario y no hace falta mucho más. Su voz, que evidentemente ya no está en su mejor momento, sigue sonando rotunda y hermosa, y un papel como el de la nodriza es perfecto para ella en esta etapa. Un puro placer verla y escucharla. También a muy buen nivel el resto de papeles más pequeños, y espléndido el Coro de la Ópera de París dirigido por Richard .
La producción de Barrie Kosky es efectiva sin ser efectista. Plantea en general un contraste entre los dos mundos de la historia: el mundo mágico y espiritual del que provienen la Emperatriz y la Nodriza, caracterizado por un gran minimalismo sin apenas elementos escénicos, y el mundo mucho más terrenal de los hombres y mujeres, es decir, la casa de Barak, con una estructura de tres pisos que recordaba a una especie de favela en miniatura, o a esas imágenes de barrios pobres en el sudeste asiático en los que miles de elementos se superponen sin orden ni concierto.
Impresionante la aparición del Emperador cabalgando un balancín gigante cuyas patas eran a su vez cuchillas. Gran idea escénica el desdoble del hombre que la nodriza conjura para seducir a la mujer de Barak: vemos en escena a un joven bailarín con el cuerpo plateado mientras oímos la voz cantar desde la sala. La fuente de la vida se transforma en una perturbadora imagen de una gigantesca cabeza de muñeca de porcelana. En el último acto, tan solo un inmenso vacío blanco simboliza el laberinto espiritual que atraviesan los personajes.
Como siempre, algún elemento puede ser más discutible, pero el resultado en conjunto es de una enorme coherencia y potencia visual. Una grandísima noche de ópera, no se la pierdan si pueden.
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