Discos

Extraordinaria Hallenberg

Raúl González Arévalo

viernes, 5 de abril de 2019
Arias for Luigi Marchesi, The Great Castrato of the Napoleonic Era. Arias de óperas de Giuseppe Sarti (Armida e Rinaldo, L’Olimpiade), Niccolò Antonio Zingarelli (Pirro), Johann Simon Mayr (Lauso e Lidia), Luigi Cherubini (Alessandro nell’Indie), Gaetano Pugnani (Demofoonte), Francesco Bianchi (Castor e Polluce), Domenico Cimarosa (L’Olimpiade), Josef Mysliveček (L’Olimpiade). Ann Halleberg (mezzosoprano), Francesca Cassinari (soprano). Stile Galante. Stefano Aresi, director. Un CD (DDD) de 71 minutos de duración. Grabado en la Sala Piatti de Bergamo (Italia) en abril de 2015. GLOSSA GCD 923505. Distribuidor en España: Semele Music.

Los recitales monográficos, independientemente del marco cronológico, se han articulado tradicionalmente en torno a dos grandes líneas: los compositores (Vivaldi ; Handel; Giacomelli ; Gluck ; Mozart), y los intérpretes míticos. Aquí la palma se le llevan los castrados, con Farinelli a la cabeza, que ha conocido discos de todos los colores desde la publicación del recital de Vivica Genaux dirigida por René Jacobs (Harmonia Mundi). Entre los que le siguieron destacan por derecho propio otros dos intérpretes: Philippe Jaroussky (Erato) y Ann Hallenberg (Aparté). Otros nombres míticos son Caffarelli, al que el francés el francés dedicó un disco extraordinario (Virgin) o Senesino, para el que son obligatorios Drew Minter (Harmonia Mundi) y Andreas Scholl (Decca). Todos pertenecen a la edad de oro de los castrados, durante el barroco tardío. 

Sin embargo, los egregios evirados siguieron teniendo una presencia importante sobre los escenarios hasta el primer cuarto del siglo XIX, pero aquí su papel se conoce peor. De Mozart (La clemenza di Tito) a Paisiello, Rossini (Aureliano in Palmira) y Meyerbeer (Il crociato in Egitto), todos los compositores del Clasicismo y el primer belcanto romántico compusieron para ellos. Pero prácticamente no han recibido atención individualizada, ni en recitales ni en grabaciones. Recientemente Franco Fagioli exploraba la figura de Giambattista Vellutti, el último gran castrado, con un programa que merecería fijarse en disco; además, el argentino también ha cantado el papel protagonista de la Giulietta e Romeo de Zingarelli, compuesto para otro astro, Girolamo Crescentini. En aquella ocasión le acompañó la mezzo Ann Hallenberg. Precisamente la sueca, después de la impecable grabación dedicada a Farinelli, registró el disco que comento, con arias para Luigi Marchesi.

Marchesi es básicamente recordado por haberse negado a cantar ante Napoleón después de la entrada del emperador francés en Milán en 1796, aunque nueve años más tarde estuvo presente en su coronación como rey de Italia. Del impresionante listado de óperas que cantó o estrenó en el último cuarto del siglo XVIII solo tengo conocimiento de que se haya grabado Ginevra di Scozia de Mayr (Opera Rara / 2001), en una reconstrucción realizada antes de que se localizara el manuscrito original de la obra. Entonces su parte, Ariodante, la encarnó de forma espectacular Daniella Barcellona. Entre aquella grabación y esta pasaron tres lustros. Y por este motivo tiene un interés indiscutible el programa ideado por el musicólogo Stefano Aresi, autor de las detalladas notas de la grabación, y actualmente inmerso en un nuevo proyecto sobre Farinelli.

Mayr, Cherubini, Cimarosa y Zingarelli son nombres ligados a la producción lírica en Italia durante la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico. La memoria de su arte ha quedado ligado generalmente a un solo título: Medea in Corinto del primero, Médée / Medea del segundo, Il matrimonio segreto del tercero y Giulietta e Romeo el cuarto. Ninguna de ellas comparece en esta ocasión, y por ello cobra más valor la posibilidad de profundizar en su catálogo, junto con otros nombres menos recordados, como los de Sarti, Pugnani, Bianchi –de cuya La morte di Cesare Raffaele Pe recuperaba dos arias magníficas en un recital memorable para este mismo sello Glossa– o Mysliveček. 

Por impresionante que fueran las capacidades musicales de los nombres citados, no cabe duda de que trabajar junto con un intérprete superdotado como era Marchesi les permitió ampliar horizontes y dar lo mejor de sí mismos. La variedad dramática y musical de las arias seleccionadas es impresionante, realzadas además por otra circunstancia bastante insólita: en la mayoría de los casos se han conservado los adornos y variaciones personales del propio intérprete, lo que permite conocer con mayor detalle el acercamiento estilístico y teatral, la personalidad artística en definitiva, de un intérprete absolutamente singular.

Semejante empresa requería de un artista tan extraordinario como el original. Ann Hallenberg lo es. La capacidad para pasar del patetismo a las explosiones de coloratura de las arias de Sarti, el dramatismo que imprime en el recitativo de Zingarelli o las dos versiones alternativas para el embellecimiento de un aria de Cherubini es absolutamente extraordinaria. El virtuosismo va mucho más allá del apabullante despliegue de coloratura, con cadencias, trinos y saltos de dos octavas impecables e impresionantes: mayor dificultad tiene si cabe la expresión de los afectos que subyacen en cada papel.

A su lado la dirección de Stefano Aresi es impecable, en la elección de los tiempos, en el pulso con el que mantiene la tensión, en el modo de subrayar los efectos musicales sobre cada momento dramático, con la complicidad absoluta de su conjunto, Stile Galante, que suena glorioso a lo largo de todo el programa. El resultado es un disco indispensable para el conocimiento de un período musical y unos compositores que no han sido particularmente mimados por la discografía. Pero, sobre todo, y más allá de los méritos musicológicos de la grabación, el resultado es tan impresionante que se escucha una y otra vez sin cansancio. No se puede pedir más.

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